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La ignorancia y la pobreza

La ignorancia y la pobreza

Nuestros jóvenes no saldrán de la pobreza si no les demos oportunidades para usar su inteligencia.

24 de mayo 2021 , 09:25 p. m.

En estos días difíciles nos asalta el vocabulario de la desesperanza: aumento de la pobreza monetaria, tasas de desempleo crecientes, destrucción de grandes sectores del aparato productivo, recrudecimiento de la violencia y miles de jóvenes desesperados, de quienes sabemos muy poco porque nadie los representa y nada tienen que perder en un trasegar trágico por las calles.

Hace más de un año se cerraron los colegios donde millones de niños y adolescentes podían compartir con sus compañeros, desarrollar sus capacidades y recibir una ración alimenticia diaria. Ya no parecen interesados en estar medio conectados a aparatos electrónicos. La calle los ha puesto en contacto con quienes terminaron bachillerato hace uno, dos, tres años y hacen parte de las oleadas de manifestantes que no encontraron opción de seguir sus estudios o trabajar dignamente.

Esta deserción anímica del proceso educativo tiende a convertirse en efectiva acelerando la reproducción de la pobreza. Ser uno de los países más inequitativos del mundo tiene un precio enorme y ahora se ha hecho evidente de la peor forma posible. Con el atraso educativo que estamos fabricando será mucho peor: quienes pretenden victorias políticas hoy no dicen que la cuenta gorda la pagarán durante muchos años los que menos tienen, como siempre.

Somos un país pobre porque no hemos encontrado ningún camino que podamos andar juntos. Hemos vivido inmersos en confrontaciones viscerales, con una clase dirigente centrada en intereses particulares y mezquinos y con un atraso educativo evidenciado una y otra vez, tanto en las oportunidades de acceso al conocimiento como en la calidad de lo que se ofrece a las clases populares. Esto es lo que nos hace pobres.

Nos hace pobres la ausencia de una utopía de carácter ético, capaz de acercar las diferencias. Diferentes procesos han mostrado que el deseo de vivir en paz es una ilusión que periódicamente revive porque estamos hartos de la violencia, de ser vistos por el mundo como salvajes, ansiosos de que las nuevas generaciones tengan una nueva oportunidad.

Por desgracia, quienes pusieron en la presidencia a Iván Duque no quisieron ver que, más allá del articulado y de las reservas que se discutían en las élites, el acuerdo con las Farc además de un respiro para las comunidades víctimas de la guerra era, sobre todo, un imperativo ético para todos. Los combatientes siempre son pobres: soldados, guerrilleros, policías, niños y niñas reclutados por grupos de uno y otro bando. Los hijos de quienes aúpan el conflicto no combaten, no se asoman por allá porque están haciendo negocios o estudiando en universidades extranjeras. Los miedos con los que atizaron el odio sí son de ellos, pues veían en los acuerdos amenazas a sus eternos privilegios.

Ahora la impotencia y frustración colectivas son como una enfermedad peor que la pandemia. La sensación de que la vida no vale nada se hace patente viendo las multitudes agolparse en las marchas pacíficas o en las batallas a muerte, sin importar que esa otra muerte infecciosa deambule entre quienes por una vez sienten la euforia de estar juntos en algo.

Los dirigentes del Gobierno y del paro (que también son clase dirigente) centrados en defender sus terquedades no tienen prisa, sin acabar de reconocer que no representan a casi nadie: el Gobierno por su desprestigio y debilidad, y los líderes del paro por creer que obtienen una gran victoria bloqueando el país sin importar qué se deba hacer para reconstruirlo, ni a quién se lleven por delante. Luego nadie se hace responsable del aumento de precios de la comida, la pérdida de puestos de trabajo o el cierre perpetuo de los colegios. Los males siempre caen sobre los más débiles.

Nuestros jóvenes, que muestran su angustia en las calles, no saldrán jamás de la pobreza mientras no les demos oportunidades para usar su inteligencia.

Francisco Cajiao

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