Honda y Ambalema: dos joyas olvidadas de Colombia (I)

Honda y Ambalema: dos joyas olvidadas de Colombia (I)

Estos municipios fueron bastiones económicos durante el siglo XIX y parte del XX.

08 de enero 2018 , 12:58 a.m.

Durante el pasado mes de diciembre y algunos días de este 2018, recorrí junto con mi familia parte del norte del departamento del Tolima, algunas ciudades del valle del Magdalena, el Magdalena Medio, el oriente de Antioquia, Medellín y algunos pueblos del occidente de ese departamento. Fue un recorrido cultural que me permitió hablar con la gente, visitar sus museos, conversar sobre historia regional y advertir con precisión algunos de los problemas más acuciantes como, por ejemplo, la delincuencia común, el abandono estatal y el microtráfico, que ha generado dificultades sociales sin precedentes.

Parecería que la firma de la paz con las Farc ha producido una modorra estatal que impide ver los problemas sociales y culturales de nuestros territorios. La paz sirvió, pero la consolidación es un asunto que no preocupa. No es gratuito que el ‘clan del Golfo’, el narcotráfico y la ilegalidad pululen sin que se percaten en Bogotá de que el Estado colombiano está funcionando a través de pactos ilegales con quienes controlan los territorios en su integridad. En pocas palabras, la transacción criminal al menudeo vino a reemplazar al Estado de derecho y las prácticas estatales.

En esta columna haré un balance sobre los municipios de Honda y Ambalema. Luego escribiré una sobre Antioquia y dejaré la última para la ciudad de Medellín.

Estos municipios del norte del Tolima se ubican sobre el río Magdalena y fueron bastiones económicos durante el siglo XIX y parte del XX por su rol como ruta de exportación e importación de productos del y hacia el interior del país.

Ambalema se encuentra en la hoya del río Magdalena. Para llegar es necesario vencer el olvido del Estado. Una carretera nos lleva desde Mariquita, pasando por la tragedia de Armero y luego un giro por una vía desértica que va hacia Cambao y Ambalema. Es una ida y vuelta hacia el siglo XIX con lo bueno y lo malo que eso tiene.

Un municipio que fue motor económico del país ‒tuvo, en el siglo XIX, casi 30.000 habitantes, hoy tiene 7.000‒; epicentro de los orígenes de la revolución comunera con José Antonio Galán; sede del primer banco de nuestra nación; lugar donde se instaló la compañía de tabaco más importante del país, perteneciente a Francisco Montoya, que nos llevó a vivir de ese producto, ya que cubría el mercado interno y lograba exportar.

Ese aprendizaje empresarial del tabaco se trasladó a Palmira, en el Valle, Girón y San Gil, en Santander, que llegaron a convertirse en productores en el siglo XIX. De ese municipio salían los recursos que le permitían vivir a la nación.

En 1905 se redujeron los cultivos de tabaco y la compañía de Montoya quebró. Esta fue comprada por la firma Fruhling y Goschen, que adquirió lo que se conocía como la Casa Inglesa y construyó la fábrica de tabacos La Patria, aprovechando que el tren comenzó a llegar en 1906. Luego fue comprada por el agente alemán William Vaughn, que exportó tabaco a Alemania. Los años pasaron y Ambalema terminó siendo productor de azúcar y asentamiento de actividades de ganadería. La hacienda Pajonales se instala en sus tierras y es uno de los ejes centrales del sindicalismo en Colombia.

Hoy sus gentes miran a la distancia un pasado que no existe y que les deja historias inverosímiles de magos como Lember, que iluminan la imaginación de los visitantes, o de las visitas obligatorias de los presidentes en el siglo XIX. Un pueblo de fantasmas.

Honda está menos olvidada que Ambalema; sin embargo, su lustre quedó atrás por el olvido estatal. Allí nacieron grandes hombres como el constitucionalista José María Samper, el expresidente Alfonso López Pumarejo y el cofrade Alfonso Palacio Rudas. Sus calles, sus puentes y sus construcciones recuerdan sus luces. Sede de los consulados de EE. UU., Inglaterra y España, teatros en ruinas, hoteles que debieron cerrar porque la luz era muy cara, un vetusto y derruido centro cultural o el hermoso barrio Alto del Rosario.

Queda el río Magdalena y su encuentro con el río Gualí, que se enfureció en 1985 llevando en su corazón el fin de Armero; los saltos de Honda que permitieron la existencia de este puerto porque obligaba a los champanes con sus bogas y ferris a hacer descender la gente en sus dos puertos ‒El Caracolí y el Arrancaplumas‒, como se cuenta en el Museo del Río.

Quedan sus gentes, como el historiador local Tiberio Murcia, que ama este lugar abandonado que carga historias en la calle de las trampas, de los virreyes, de la broma, de la cuesta de Mr. Owen, de la casa de los conquistadores, de la proclamación, del arzobispo Antonio Herrán Zaldúa, de las iglesias del Rosario o del Carmen y su plaza José León Armero; de los puentes Agudelo, López, Navarro; el mercado, que es uno de los más lindos de nuestro país, de los ahogados de los ríos y de los gritos de independencia cuando en esta población se firmó la Constitución del Estado de Mariquita en 1813 y Honda era la capital.

Pensar en Honda es meterse en los relatos de nuestro Gabo recorriendo las aguas del Magdalena o sus calurosas calles, o del pensador José María Samper, quien escribió a orillas del Gualí sus memorias ‘Historia de un alma’ en una casa, hoy desaparecida, cerca del puente Agudelo. Allí mismo, en Honda, un joven emprendedor, Pedro Aquilino López, hijo de don Ambrosio, gallero y artesano del siglo XIX, administró la casa comercial de los hermanos Samper y educó al expresidente López Pumarejo, padre del también expresidente Alfonso López Michelsen.

El fin del ferrocarril y la navegación por el Magdalena hizo caer una sombra de olvido sobre Ambalema y Honda. El deterioro de sus edificaciones del siglo XIX y el abandono de sus gentes deben recordarles a nuestros gobernantes que no debe acogerse aquella fórmula propia de que en Colombia cuando no se mata, se olvida.

Adenda. En buena hora, la enseñanza de la historia de nuestro país vuelve de forma obligatoria a los colegios. Sin raíces es muy difícil mostrarles a nuestras gentes que el pasado común va más allá de delincuentes como Pablo Escobar o el deleznable narcotráfico.

FRANCISCO BARBOSA

Columnistas

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