Una respuesta a Mario Vargas Llosa

Una respuesta a Mario Vargas Llosa

Lo que las mujeres denunciaron es un síntoma más de la “maquinaria patriarcal”.

25 de junio 2019 , 07:23 p.m.

Mario Vargas Llosa acaba de entrar a formar parte del grupo de hombres y algunas mujeres que reprochan a las feministas su fanatismo y resentimiento (15 de junio, El País de España), y esto a propósito de un encuentro en Guadalajara, durante la Tercera Bienal y el Premio de Novela que lleva su nombre, en el que un grupo de escritoras denunció la poca representación de mujeres en el evento.

Y si bien esto no es un crimen de lesa humanidad, el señor Vargas Llosa debería entender que a veces se nos rebosa la copa, porque lo que las mujeres denunciaron es, más allá de un cálculo mezquino de paridad aritmética, un síntoma más de todas las discriminaciones y violencias contra las mujeres y de la “maquinaria patriarcal” que resiste a toda forma de reivindicaciones de ellas hacia un mejor mundo, es decir, un mundo justo, equitativo y equilibrado entre hombres y mujeres que, según economistas expertos en equidad, solo podría ocurrir dentro de un siglo (si nos va bien).

No olvidemos que cada vez que dábamos un paso adelante, nos lo cobraban. Cada vez que queríamos decir algo, nos mandaban al patio de atrás, a la cocina o al costurero

Y, sí, a veces nos toca levantar la voz y sacar la curandera o la hechicera que tenemos dentro y afortunadamente no se durmió, para recordarles que ahí estamos y seguiremos levantando la voz cada vez que nos sintamos discriminadas. Y me extraña que haya que recordarle a un escritor de la talla de Vargas Llosa (que se nombra como solidario con la injusticia secular a la que las mujeres han sido sometidas) que nuestras voces han sido históricamente silenciadas y que precisamente en eventos literarios como este debería existir algo de discriminación positiva como herramienta provisional de reparación histórica con las mujeres y como una forma de recordar su historia de silenciamiento, ofrecerles hoy espacios seguros y mínimamente equitativos para debatir con ustedes, los grandes y tan habladores hombres. Solo un dato: hasta hoy son 97 hombres los que han recibido el Premio Nobel de Literatura, contra 13 mujeres, hecho que no tiene nada que ver con el poco talento de ellas, pero sí con un asunto histórico.

No olvidemos que cada vez que dábamos un paso adelante, nos lo cobraban. Cada vez que queríamos decir algo, nos mandaban al patio de atrás, a la cocina o al costurero, mientras ellos ordenaban y administraban el mundo. Nuestra lucha para saber lo que nadie quería que supiéramos, nuestra lucha por el saber, fue heroica. Y para dar rienda suelta a este deseo de saber, que intuían las mujeres como único camino para ser, a muchas les tocó vivir escondidas, volarse, casarse con Dios –acuérdense de la historia de sor Juana Inés de la Cruz– porque el dulce rezo obligatorio y la confesión sí permitían unas horas de meditaciones, de lecturas y de encuentro consigo misma.

Para abrirle camino a este deseo de saber, a cuántas mujeres les tocó disfrazarse de hombres, cambiar de apellido; a cuántas les tocó vivir en aquelarres y reanimar el fuego de las hogueras que calentaba su piel y su mente, o domar la serpiente de la sabiduría que dormía en ellas. Ellas ya sabían que, de alguna manera, el reconocimiento de la historia de las mujeres estaba atravesado por su acceso al saber, a la escritura y a la palabra. Solo quería recordar algo que los hombres olvidan fácilmente. Y si nos toca a veces levantar la voz para reivindicar un lugar en este mundo, un mundo tan poco hecho para nosotras, lo seguiremos haciendo. Señor Vargas Llosa, si hubiéramos tenido las mismas oportunidades que ustedes los hombres para acercarnos al saber, esto simplemente no pasaría.

* Coordinadora del grupo Mujer y Sociedad

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