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Tener cinco años en un diciembre de 1948

Tener cinco años en un diciembre de 1948

Una cultura judeocristiana logró construir ritos e imaginarios que compartimos muchos y muchas.

Tengo cinco años. Es un 24 de diciembre de 1948 en un pueblo normando donde reside mi abuela, a unos 30 km de Ruan, donde vivo con mis dos hermanos y mis padres. Estamos en plena posguerra y Francia se está reconstruyendo. Esa distancia es un muy largo viaje para mis cinco años. Mis hermanos y yo no cabemos de la emoción. El viejo Renault de mi padre se llenaba de bolsos y de algunos regalos (escondidos en el baúl porque yo, la más chiquita, aún creo en este viejo Papá Noel barbudo que tendrá que bajar por la chimenea a las 12 de la noche).

Hace frío. Quizás nieva. Llegamos a la casa de la abuela ya de noche. Los primos también ya habían llegado. De la cocina salen los olores del pavo (en francés, la dinde, que es femenino y no sé si es exactamente el pavo o la hembra del pavo), con sus 17 ingredientes para el relleno, acompañado del famoso puré de castaña, gran especialidad de la abuela, y de algunos buenos vinos que mi papá lograba encontrar en estos tiempos difíciles.

De postre, la imprescindible bûche navideña de chocolate. Comíamos hacia las ocho de la noche, entre tíos, tías y primos, para irnos a las diez a lo que en Colombia se llama la misa de gallo (¡en francés, messe de minuit, que nunca se oficia a las 12!), una misa que nos parecía eterna, pues solo después llegarían los regalos. Sin embargo, lográbamos distraernos mis hermanos, primos y yo, pues en esos tiempos y en este pueblo el pesebre era de verdad, quiero decir, con personajes vivos: una virgen, joven campesina del pueblo que no cabía de la dicha; un José barbudo que parecía tener 70 años y un Niño Dios, un bebé de verdad que, lo más a menudo, lloraba mucho. Y me acuerdo de que entraban también en la iglesia (y esto era lo mejor) algunas ovejas para acompañar el pesebre, ovejas que paseaban y se perdían en la iglesia. No puedo olvidar tampoco el desafinado coro del pueblo.

Terminada la misa, llegaba por fin el momento de los regalos que misteriosamente se encontraban al pie de un pequeño árbol de Navidad confeccionado por mi abuela. No muchos, pues la posguerra obligaba a la austeridad; un camión de bomberos para los niños y unos muñecos para las niñas. ¡Claro, estamos en 1948 y los tiempos de los debates sobre los estereotipos culturales de género no habían llegado aún! Sin embargo, tengo que decir que tuve la enorme suerte de escapar a la moda de las Barbies que llegarían unas décadas más tarde. Los nuestros eran unos muñecos unisex que podíamos vestir de niño o niña. Ya a las 12 de la noche nos acostábamos, pero era difícil encontrar el sueño después de semejante día. Los primos, en una alcoba; las niñas, en otra. Los padres, en unas mansardas debajo del techo de la casa de la abuela. Y si bien he hablado mucho de la abuela, es que en esta época pocos abuelos habían logrado sobrevivir a dos guerras mundiales. De hecho, no conocí ninguno de mis abuelos.

Evoqué estos tiempos lejanos de Navidades porque estoy casi segura de que mis amigas generacionales vivieron fiestas navideñas no muy distintas a las mías. Una potente cultura judeocristiana logró construir ritos e imaginarios que compartimos muchos y muchas de este planeta azul. Claro, sin olvidar que el multiculturalismo colombiano aportó muy seguramente algunos pequeños cambios como las novenas, que no existen en Francia ni en España (creo yo), o como los buñuelos y la natilla, manjares totalmente desconocidos en mi tierra natal.

FLORENCE THOMAS*Coordinadora del grupo Mujer y Sociedad

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