¿Necesitamos un Aleido?

¿Necesitamos un Aleido?

Los hombres hablan desde hace siglos, pero parecen incapaces de hablar con mujeres como Aleida.

11 de junio 2019 , 07:00 p.m.

En el aniversario de los 20 años de creación de Aleida, le pedí formalmente a Vladdo que nos regale un Aleido. Intuyo que Aleida está cansada del silencio de los hombres. Ella nos ha contado a su manera sus vivencias de la soledad, de los engaños, de sus decepciones y del fracaso del matrimonio. Sí, ella ya nos dijo mil veces que “Divorciarse es tan aburrido que toca hacerlo con el marido”. Y es que Aleida no tiene ya 20 años; tiene unos 37, 40 o, incluso, 45, y se ha separado dos o tres veces.

Ella ya sabe que el matrimonio es una ceremonia que genera distancia. Ante los hombres, Aleida se siente sola. Si bien descubrió el valor de la soledad para las mujeres de su generación, anhela, de alguna manera, respuestas de los hombres, de sus amigos. Ya no quiere oír: “Dime con qué hombre andas, y te diré qué tan idiota eres”.

Los hombres hablan desde hace siglos, son los grandes escritores y oradores, pero parecen incapaces de hablar con mujeres como Aleida. ¿Les da pavor? Sí, claro, les da pánico estar frente a estas mujeres autónomas, inteligentes, que gritan o han gritado en las calles: “Mi cuerpo es mío y sobre mi cuerpo decido yo”; les da un pánico sideral, y los entiendo.

Esta revolución que iniciaron las mujeres, las madres y abuelas de Aleida y Aleida misma, revolución todavía en marcha, fue veloz, fue colosal, y nadie los preparó. Ni sus madres ni, mucho menos, sus padres. Y esta revolución (la única triunfante del siglo XX) representó, en palabras del gran historiador Georges Duby, una mutación sin precedentes, “tal vez el más importante de todos los cambios que afectan nuestra civilización en estos albores del tercer milenio”. Y nuestros sueños se volvieron unas verdaderas pesadillas para los hombres. Ellos siguieron hablando en las academias, en el Capitolio, en el Congreso, en la iglesia, y se volvieron mudos con las mujeres, con las Aleidas. No sé cómo explicarlo.

Les da pánico estar frente a estas mujeres autónomas, inteligentes, que gritan o han gritado en las calles: “Mi cuerpo es mío y sobre mi cuerpo decido yo”

Quizás es una cuestión existencial que hace que nosotras las mujeres –no todas, por supuesto– tengamos un especie de polo a tierra, algo que nos permite estar cerca de las cosas intrascendentales, de las pequeñas cosas de la vida; del calor y del frío, del hambre y del sueño; un polo a tierra que nos permite conectar con ese yo sin tanto afán de representación y de poder. Y allí está el error: pensamos que los hombres tienen ese mismo polo a tierra, y nos equivocamos. Los hombres viven en otro universo, un universo más del afuera, frío y, de alguna manera, deshabitado.

Además, Aleida siempre termina encontrándose con hombres imposibles, hombres inteligentes y neuróticos, silenciosos e incapaces de responder a sus afanadas preguntas, y esto no es fortuito, no es casual. Aleida, en el fondo de ella misma, no quiere tampoco comprometerse y busca (inconscientemente) hombres imposibles; se protege, protege esta soledad, esta autonomía que solo hace unas décadas lograron encontrar las mujeres. No hay caso de perder esto. Nos costó demasiado. No todas somos unas Simone de Beauvoir, que logró inventarse una manera de vivir con un hombre imposible llamado Jean-Paul Sartre.

Y entonces, Vladdo, ahora que lo pienso con calma, creo que no hay caso. Dile a Aleida que no habrá, por el momento, un Aleido capaz de explicarnos sus silencios, sus vacilaciones y sus miedos.

* Coordinadora del grupo Mujer y Sociedad

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