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El 8 de marzo de 1977

El 8 de marzo de 1977

Vale la pena reconocer que desde la celebración de la mujer de 1977 a hoy muchas cosas cambiaron.

En clave de optimismo, vale la pena reconocer que desde la celebración del 8 de marzo de 1977 –que fue, creo yo, mi primer 8 de marzo– a hoy, muchas cosas cambiaron. Y recuerdo, o creo recordar, que hace algo más de cuatro décadas, ese día (como otros 8 de marzo anteriores, que en Colombia se empezó a conmemorar desde los años 60) nos reunimos unas setenta mujeres en la plaza de las Nieves con pancartas alusivas a algunos derechos aun escasos, y en medio de las miradas curiosas y a veces agresivas de los paseantes de aquella séptima.

Hoy, 40 años más tarde, los feminismos a través de las redes sociales han impactado casi toda la sociedad y en muchos aspectos son un vector de comprensión y cambios ético-políticos ineludibles; de hecho, hoy no hay actividad humana que escape a la mirada de género. Pero volvamos al final de la década de los 70.

En estos tiempos, jamás un director del Dane hubiera clasificado por sexos la tasa de desempleo. Faltaban casi 20 años para nombrar derechos tan esenciales como los derechos sexuales y reproductivos. Era absolutamente impensable la incorporación de una agente transexual en la policía nacional. La palabra ‘aborto’ era demoniaca, y a más de una de nosotras, las feministas de la época, nos tocó recibir los insultos de la curia, de la prensa y de prácticamente todo el estamento político, incluidos muchos de mis compañeros socialistas y comunistas de la época.

Igualmente tocó esperar hasta el año 2000 para una pobre ley de cuotas del 30 por ciento para la participación política de las mujeres, aun cuando hoy, 40 años más tarde, seguimos siendo medio parias en el continente al respecto. Los gabinetes eran una estela de prohombres; las cortes, las empresas y toda la vida pública y productiva eran verdaderos clubes de machos.

Por supuesto, no existía ninguna legislación referida a las violencias contra las mujeres; la palabra ‘feminicidio’ no se había incorporado en el vocabulario. Y en cuanto a identidad, reinaba un binarismo arcaico que se pensaba inderogable. Uno nacía hombre o uno nacía mujer, y punto. No había debates sobre el lenguaje, y mucho menos sobre la escritura femenina o las mujeres artistas.

Sí, en ese 8 de marzo de 1977, éramos unas pocas en esa placita de las Nieves, al lado del teatro Lux, gritando nuestras consignas sin entender que éramos precursoras de un mundo que viviría una revolución silenciosa. Ya después de la agitación infructuosa de la tarde nos íbamos a tomar chocolate en la mítica panadería La Florida. Contentas de encontrarnos (cuando la solidaridad entre mujeres estaba apenas construyéndose), no sin una cierta amargura por la escasa concurrencia de este día.

No sé si nos imaginábamos que, 44 años más tarde, en Argentina, en México y aun en Colombia, existiría lo que nombramos ahora olas, verdes o moradas, olas de miles de mujeres que cambiarían legislaciones y nuestro lugar en el mundo; que una parte de la sociedad vería con muy malos ojos el nombramiento de solo hombres en los equipos de trabajo, que el fútbol femenino existiría, que el aborto estuviera a punto de despenalizarse del todo, que la solidaridad o sororidad entre mujeres estaba generando algún malestar entre los patriarcas y que la equidad ya no podía posponerse, tanto en lo personal como en lo económico y en lo político.

Florence Thomas
Coordinadora del grupo Mujer y Sociedad

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