Cartografías urbanas en femenino

Cartografías urbanas en femenino

Los hombres relataron sus aconteceres olvidando que las mujeres hacen historia también.

13 de octubre 2020 , 09:25 p. m.

La estatuaria de una ciudad nos devela una historia incompleta llena de olvidos que reflejan una memoria siempre truncada. En la lectura tradicional de sus sentidos no hay sorpresas: cuentan una historia de héroes valientes y guerreros, en fin, una historia patriarcal. Es así en mi ciudad natal, Rouen, y en la ciudad en la cual vivo, Bogotá. La única diferencia es que en Rouen encontramos a Napoleón y en Bogotá, a Bolívar.

Hablemos de Bogotá: según las fuentes consultadas (Bogotá, un museo a cielo abierto, 2008), acompañan a Bolívar sesenta estatuas masculinas, de las cuales la mayoría son de próceres. No los voy a citar todos porque ustedes los conocen mejor que yo. Son, entre muchos otros, Francisco de Paula Santander, Tomás Cipriano de Mosquera, Antonio Nariño, Rafael Núñez, Gonzalo Jiménez de Quesada, Pedro Alcántara Herrán, muy pocos científicos y artistas como Pasteur, Mutis o Pedro Nel Ospina y, de nuevo, más y más próceres. Mal contados, repito, son 60 estatuas masculinas.

Las estatuas de mujeres que acompañan a estos heroicos hombres son apenas nueve, y solo tres hacen parte de la historia de este país de machos. Están, por supuesto, Policarpa e Isabel la Católica y, en un registro más reciente, Diana Turbay. Las acompañan la Virgen de Guadalupe; Sía, la diosa del agua, Minerva y la Rebeca. Estas últimas, si observamos con atención, representan atributos como la pureza, la abundancia y la sabiduría, cualidades típicamente femeninas; no hacen referencia a gestas heroicas.

Claro, sabemos que la historia fue escrita por los hombres, y ellos relataron sus aconteceres olvidando que las mujeres hacen historia también, quizás una historia menos épica, pero que es aquella que permite que los hombres se hagan hombres y puedan realizar sueños y proyectos de vida, heroicos o no. Además, quisiera recordar, y confieso que lo descubrí no hace mucho, que a Policarpa la acompañaron unas ciento cincuenta libertadoras que se la jugaron por la independencia de su patria. Sí, ciento cincuenta o más, y solo la Pola mereció entrar al panteón capitalino. Nombraré algunas: Andrea Ricaurte, Francisca Guerra, María Clemencia Caycedo y Bárbara Forero, entre muchísimas más. Todas, vidas apasionantes y heroicas en los tiempos de la independencia. Casi todas desterradas.

Mujeres olvidadas, mujeres exiliadas de un lugar en el espacio público. Claro, fueron 140 años de alcaldes hombres. Pero las cosas ya están cambiando. Ahora bien, la pregunta es si para las mujeres las estatuas son el lugar necesario de reconocimiento. En realidad, creería que a nosotras no nos trasnocha tanto la vanidad de la inmortalidad. No creemos que existan historias escritas de una vez y para siempre. Nosotras les apostamos a otras búsquedas, otras maneras de construir marcas para pensar y abrir nuevas preguntas.

No queremos más placas conmemorativas de mujeres asesinadas por la violencia patriarcal. Buscamos lugares que reivindiquen a las mujeres cuidadoras que concentran sus energías para que la vida de cada día siga su curso en nuestras ciudades: esas mujeres anónimas que se levantan a las cinco de la mañana y cuidan de los suyos para después seguir con el cuidado de otros. Le apostamos a la construcción de distintas cartografías, objetos, narrativas y espacios de goce femenino construidos en comunidad que puedan moldearse invocando la sororidad que se está gestando y que desafía lo inmutable de las estatuas.

Florence Thomas
Coordinadora del grupo Mujer y Sociedad

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