20 años con EL TIEMPO

20 años con EL TIEMPO

Escribo para provocar debates desde mi condición de mujer, de docente y de feminista.

17 de septiembre 2019 , 07:00 p.m.

Hace casi exactamente 20 años escribía mi primera columna en EL TIEMPO. Es decir que he escrito unas 440 columnas. Y si mi memoria es buena –que de hecho ya no lo es–, creo que la primera columna trató del Reinado Nacional de Belleza. Sí, del reinado que, en ese entonces, comparé con una vil feria de yeguas. Empecé así, y probablemente el tono de esta referencia al reinado de 1999 les iba a dar el carácter definitivo a mis escritos en este diario. Aprovecho este momento para expresar un gran reconocimiento a los editores de este diario y, por supuesto, también al director de ese momento, Enrique Santos, quien me invitó a hacer parte del equipo de los columnistas. Ni él ni su sucesor, Roberto Pombo, me han cambiado una sola palabra, ni nunca en estos 20 años me han aconsejado endulzar o mitigar un poco esta voz mía o, más exactamente, esta escritura quincenal, aun cuando tocaba temas difíciles, por no decir bastante espinosos, en estos albores del siglo XXI.

Y por supuesto que he tenido columnas ingratas y duras, como las que se referían a la legalización del aborto, que me valieron vetos de algunos lectores pero nunca de EL TIEMPO. Les recuerdo que fue solo en el 2006 cuando la legalización fue un hecho.
Antes de esta fecha, de alguna manera, hablar del aborto era tabú, y un tabú peligroso.

Pero, al lado de columnas duras en este adolorido país, he tenido columnas tristes y desesperadas, como la de Alba Lucía, la joven paisa condenada a 46 años de cárcel por un acto que nunca cometió, o también la columna sobre la masacre de Bojayá, para la cual ni siquiera encontré palabras que fueran capaces de expresar tanto dolor, pues frente a actos de deshumanización total no hay palabras. Ese día, EL TIEMPO publicó mi columna en blanco con el título ‘No hay palabras’. Vendrían después los temas de violencias contra las mujeres, feminicidios y demás...

También, columnas controvertidas, como una que llamé ‘Tu nombre me sabe a hierba’.
Por cierto, reitero, porque no recuerdo si lo había mencionado en esta época, que la marihuana es mil veces menos mortal que el alcohol, y no lo digo yo, lo dicen hoy cientos de estudios internacionales. Asimismo escribí varias columnas que controvertían los dictámenes de los obispos cuando estos sentaban cátedra sobre nuestros úteros y su uso.

Claro, hay algunas columnas que son mis preferidas y consentidas: la de la defensa de mis arrugas frente al bisturí asesino de memorias; la de mi declaratoria de amor a Miguel Bosé o la de mi nostalgia por el país que conocí hace hoy más de 50 años.
Muchas columnas también sobre este difícil arte de amar y el difícil aprendizaje que es el de la soledad.

Y hay columnas que nunca mandé porque mi seguridad estaba en juego, o también las de mis amores no confesados o no confesables, las de mis odios reprimidos y las de una que otra depresión que me invade al leer la prensa al amanecer.

De manera que escribo para provocar debates desde donde puedo hacerlo, es decir, desde mi condición de mujer, de docente y de feminista. Escribo para mover ideas y deconstruir viejos discursos y viejas narrativas. Como lo dice Gilles Deleuze: “Siempre se debe escribir para dar vida, para liberarla cuando se encuentra prisionera, para trazar líneas de huida”. Traté modestamente de hacerlo. Y de nuevo, gracias a EL TIEMPO.

* Coordinadora del grupo Mujer y Sociedad

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