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Un mundo extraño

Un mundo extraño

Los jóvenes de hoy dependen más de máquinas y aparatos que de sus propias capacidades.

17 de octubre 2021 , 10:16 p. m.

El filósofo alemán Hans Jonas (fallecido en 1993) comentaba: “Hasta la edad avanzada que tengo ha seguido viva una sensibilidad innata, apenas atenuada por los años, para el arte visual y poético; todavía me emocionan las obras que aprendí a amar y con las que he envejecido. Pero el actual me resulta extraño, no comprendo su lenguaje y en este aspecto ya me siento como un forastero en este mundo”.

Hago mías sus palabras. Sí, para mí son extraños el abstraccionismo, el arte conceptual, el instalacionismo, el llamado ‘performance’. No los entiendo. Razón tenía el pensador Ortega y Gasset cuando afirmaba que el arte nuevo pareciera que estuviera dirigido a una minoría especialmente dotada. Si es así, yo no formo parte de estos privilegiados.

Igual me pasa con las nuevas costumbres. Por ejemplo, el vocabulario que usan los jóvenes, y algunos medios de información, es una jerga que cada vez me es más extraña. Los anglicismos y los términos técnicos han avasallado de tal forma el español, que hoy se utiliza un idioma híbrido que para los viejos –por lo menos para mí– es poco comprensible (espanglish). A veces me pregunto si no debiera hacer un esfuerzo y actualizarme, ponerme al día en el idioma y la tecnología. No lo hago porque sería invertir lo poco que me resta de vida para hacer una ganancia que no podría usufructuar. Vivo el ‘carpe diem’, aprovecho el día al máximo. En plan de anacoreta consumo las horas releyendo a mis autores preferidos y escuchando la música de tradición culta que tanta ataraxia me ha proporcionado. A veces entrego algunos minutos a escribir esta columna con el ánimo de que otros sepan que aún existo y de que todavía pienso. Por fortuna, mis lóbulos frontales se mantienen activos, lo que me permite deducir que si pienso es porque existo.

Mi teléfono móvil es antediluviano. Yo lo llamo el ‘petrófono’, recordando a Pedro Picapiedra. Me da pena usarlo cuando hay extraños a mi alrededor. Solo lo utilizo para recibir llamadas y comunicarme con mis familiares y con las pocas amistades que me quedan. Aunque me obsequiaron uno moderno, multifuncional –de los que llaman ‘smartphone’– enlazado a redes, lo mantengo guardado, pues no sería capaz de exponerme a recibir una avalancha de información que suele ser chismografía, o de imágenes que poco me importan. Como no soy narcisista, no necesito ingresar al club de las selfis.

Los jóvenes de hoy, los ‘millennials’, o generación digital, y los ‘zillenials’, o generación Z, dependen más de máquinas y aparatos que de sus propias capacidades. El embrujo que les producen los aparatos les impide levantar la vista para fijar sus ojos en el otro. Sin negar los progresos que ha traído consigo la llamada Cuarta Revolución Industrial, se ha acompañado de una funesta deshumanización, de una robotización de la gente, pues la inteligencia artificial, al suplantar la inteligencia natural, la vuelve esclava de la tecnología y la deshumaniza. Creo que el mundo, este extraño mundo en que vivo, está pagando las consecuencias de tan apabullante progreso.

El famoso neurólogo y escritor inglés Oliver Sacks (1933-2015), en su libro de aparición póstuma ‘Todo en su sitio’ (2019), mostraba su desagrado por el empleo generalizado y adictivo de los artilugios como el teléfono móvil y las tabletas, que nos han sumido en una realidad virtual, absorbente y deshumanizada. “Cada momento –dice–, cada segundo, hay que pasarlo con un dispositivo en la mano. Los que viven atrapados en el mundo virtual, en gran medida han renunciado a los placeres y logros de la civilización: la soledad y el ocio, la libertad de ser uno mismo, la capacidad de concentración, ya sea para contemplar una obra de arte, una teoría científica, un atardecer o la cara del ser amado”.

FERNANDO SÁNCHEZ TORRES

(Lea todas las columnas de Fernando Sánchez Torres en EL TIEMPO, aquí).

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