Salud y periodismo

Salud y periodismo

Cuando el informador no es experto en salud, puede ocurrir que ponga a circular información espuria.

28 de diciembre 2018 , 07:57 p.m.

Los medios de información son, por excelencia, los encargados de llegar a la opinión pública para mantenerla al tanto de lo que ocurre en su mundo, cercano y distante; vale decir que cumplen la función social de actualizar, ilustrar y, además, orientar. Por su trascendencia, esta función apareja una grave responsabilidad, compartida, es cierto, con los receptores. Los medios pueden cumplir esa misión para bien o para mal. Todo depende de la honestidad y preparación de quienes envían los mensajes, como también del nivel intelectivo de los destinatarios.

Hoy, los llamados ‘medios de comunicación de masas’ –prensa escrita, radio, televisión, multimedios– se han constituido en instrumentos de ágil y profunda penetración en todos los distintos estratos de la sociedad. Poseen un poder de alcances increíbles, potencialmente peligroso, como que se puede prestar para manipular de manera deliberada o desprevenida la opinión, en especial la franja compuesta por individuos no bien formados intelectualmente, con pobre capacidad de crítica.

Cuando los medios, adoptando una actitud paternalista, tratan a los receptores como si fueran niños o incompetentes mentales transmitiendo lo que quieren y diciéndoles qué es lo que más les conviene, pensando por ellos, están manipulándolos. Ese tipo de alienación no es extraño en el campo político; en el ámbito de la salud puede tener plena justificación ética. Para que el comunicador actúe de manera correcta debe sentir respeto por aquellos a quienes se dirige. Una información queda al amparo de cualquier sospecha ética cuando es verdadera, orientadora, carente de proclividad. Infortunadamente, esos requisitos no siempre se conjugan juntos, y entonces lo informado puede convertirse en falso, en restringido o exagerado, en desorientador o irrelevante.

En la actualidad, gracias a internet, todo tipo de información relacionada con la salud está al alcance del curioso y el investigador. Los pacientes suelen estar igual o más informados que su médico acerca de las enfermedades que padecen, creando a veces conflictos de saberes, debido a que aquellos no siempre interpretan correctamente los mensajes.

Además, cuando en los medios el informador no es experto en temas de salud, o carece de ética profesional, puede ocurrir que el afán de notoriedad, el sensacionalismo o intereses proclives lo lleven a poner en circulación información espuria, carente de respaldo científico, despertando falsas expectativas en los receptores, a veces con lamentables resultados.

Entre nosotros, hay que reconocerlo, los medios son responsables al tratarse de cuestiones atinentes a la salud. Estas suelen ser abordadas por escritores o periodistas familiarizados con el tema. Para la muestra, un botón: el asesor de la sección Salud de este periódico es un connotado médico y, a la vez, periodista titulado. Mi colega Carlos Francisco Fernández es ya un respetado personaje en el mundo de la salud y de los medios de comunicación.

A través de estas páginas y de la TV, ha hecho de la información en asuntos sanitarios una cátedra de la que se benefician millones de colombianos, incluyéndonos los médicos. Sí, cualquier tema que él trata está bien documentado y bien actualizado, lo que pone de presente el grado de responsabilidad frente a sus lectores y sus televidentes. Como producto de su misión de comunicador-docente, puso en circulación un libro en el que cuenta problemas de salud con criterio didáctico.

Aun cuando no lo he leído, puedo intuir que en sus páginas encontrará el lector maná del bueno para saciar la curiosidad sobre asuntos relacionados con las enfermedades y las maneras de prevenirlas y curarlas. Además, tratándose de un escritor ameno, que maneja con estilo coloquial los asuntos médicos –que no son siempre fáciles de entender y digerir–, grande será el provecho para quienes se embarquen en su lectura.

Sal de la rutina

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