Rememorando historia

Rememorando historia

Apostaron en la calle 13 soldados del Batallón Colombia, pero no eran veteranos de Corea. 

19 de junio 2019 , 07:00 p.m.

En la edición del 8 de junio último, en este periódico el avezado periodista Leopoldo Villar Borda hizo un recuento de lo ocurrido en Bogotá los días 8 y 9 de junio de 1954, fechas ingratas en la historia del país y, particularmente, en la del martirologio estudiantil. Como él lo registra, los acontecimientos luctuosos sucedidos en la Ciudad Universitaria y en la carrera séptima con calle 13 fueron y seguirán siendo motivo de investigación y de controvertidos comentarios. Precisamente, su análisis da lugar a algunas precisiones, que es lo que pretendo hacer en la presente columna.

Como testigo de excepción que fui de lo acontecido, considero que es de mi obligación seguir haciendo aportes a la búsqueda de la verdad de una ignominiosa página de nuestra historia. Para entonces yo era estudiante de medicina en la Universidad Nacional y presidente de la Federación Médica Estudiantil. Varios de mis compañeros fueron inmolados en aquellas aciagas fechas. En tributo a su memoria escribo estas líneas aclaratorias.

Yo creo que lo inteligente hubiera sido evitar un enfrentamiento de jóvenes acongojados con cualquier tipo de soldados o policías

En los días previos al 8 y el 9 de junio existía malestar en la Facultad de Odontología, pues su decano se había identificado con la política oficial de autorizar el ejercicio de la profesión a quienes venían haciéndolo en calidad de teguas o empíricos. Los pichones de odontólogos expresaban su inconformidad de manera ruidosa frente al despacho del decano. Este, en la tarde del jueves 8 de junio, temeroso de que el bullicio terminara en asonada, comunicó su sospecha a la Secretaría General, de donde salió la solicitud telefónica de que la Policía hiciera acto de presencia en el campus para aplacar los ánimos exaltados de los estudiantes. No fue, pues, que los policías ingresaran a la Ciudad Universitaria motu proprio. Como era de esperar, un grupo de estudiantes se percató de su presencia y comenzó a chiflarlos y a gritar ¡Fuera!, ¡fuera!, acompañado de epítetos de grueso calibre. Uno de los agentes disparó su fusil y mató a Uriel Gutiérrez Restrepo, alumno de medicina y filosofía.

Llegada la noche decidimos realizar una marcha de protesta el día siguiente para demandarle al Gobierno que el crimen de Uriel no quedara en la impunidad. Lo único que buscábamos era llegar hasta el Palacio de San Carlos, donde despachaba el presidente de la república, para expresarle nuestro repudio por la muerte, en el propio campus, de uno de nuestros compañeros a manos de los llamados ‘agentes del orden’, y para demandarle pacíficamente que se hiciera justicia. Para mala fortuna, es de suponer que los consejeros del gobernante vieran en esa altiva y adolorida muchedumbre estudiantil un peligroso enemigo. Por eso, para detener la marcha, apostaron en la calle 13 soldados del Batallón Colombia. Vale la pena aclarar que no eran veteranos de Corea, como sugiere Villar Borda y como yo registré en mi libro Recuerdos dispersos, afirmación esta que el general Álvaro Valencia Tovar desvirtuó en carta que me dirigió en su momento. Era personal que estaba siendo adiestrado para pelear en Corea. De todas maneras, su formación no era la indicada para enfrentarse a inermes estudiantes. Razón tiene el periodista Villar cuando afirma que esa tragedia se hubiera podido evitar enviando a cambio componentes del Batallón Miguel Antonio Caro (MAC), compuesto por estudiantes bachilleres. Yo creo que lo inteligente hubiera sido evitar un enfrentamiento de jóvenes acongojados con cualquier tipo de soldados o policías. No hubo quien aconsejara al general Rojas Pinilla que permitiera la llegada de la marcha a la plaza de Bolívar y enviara luego un emisario suyo con el recado de que una comisión estudiantil sería recibida y escuchada. Estoy seguro de que así se hubiera evitado la absurda masacre y el desfile se hubiera disuelto en sana paz. Queda por aclarar lo que ocurrió minutos antes de la masacre. Espero dar mi versión desde esta columna en otra oportunidad.

Sal de la rutina

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