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Mi vecino ‘Santrich’

Mi vecino ‘Santrich’

Lejos de sospechar que a contados pasos de nosotros se alojaba la cúpula de las Farc.

27 de junio 2021 , 01:32 a. m.

Tenemos la tendencia de juzgar el hoy con ojos y mente del ayer. Con criterio proclive tomamos el pasado como punto de referencia: “En mis tiempos todo era mejor”, solemos decir los viejos, pretendiendo ignorar los avances de la modernidad. Seguramente así ha ocurrido en todas las épocas de la humanidad. El poeta español Jorge Manrique (1440-1478), en su conocido poema ‘Coplas a la muerte de su padre’, decía: “...cómo, a nuestro parecer, cualquier tiempo pasado fue mejor”. Nos cuesta trabajo aceptar lo nuevo, y por eso echamos de menos los años lejanos, las costumbres idas. Permanecer anclados en el ayer es una manera de querer evitar que el tiempo nos empuje hacia adelante, hacia el final de la vida.

Quizás esto explique también la sensación de que en nuestra juventud las horas corrían lentas y en nuestra madurez y vejez lo hacen de manera vertiginosa.

El filósofo rumano E. Cioran afirmó que no importaba acumular años si la memoria y la curiosidad se conservan. Yo soy uno de esos afortunados. Con frecuencia rememoro mi pasado y me lleno de nostalgia cuando curioseo episodios gratos, que me proporcionaron fruición, como aquellos de la niñez y juventud, de la vida de barrio... El policía de la cuadra conocía bien la gallada, constituyéndose en vigilante y protector amigo a la vez.

Todos los vecinos eran conocidos; aún más, eran amigos, casi que miembros de la familia. Se sabía que estaban listos a prestarnos ayuda cuando fuera necesario. Después de haber jugado en la calle, íbamos a la tienda de la esquina para comer algo e hidratarnos. No pagábamos, pues el tendero conocía a cada uno de nosotros y apuntaba el consumo, que era pagado al final de mes por nuestros respectivos padres.

Todo eso quedó atrás, pasó a la historia. He ahí lo pesaroso. La sociabilidad, tanto de los jóvenes como de los adultos, es cosa anacrónica. En el sector donde resido desde hace cincuenta años alcanzamos a disfrutar la mutua relación de sus habitantes, hasta cuando se impuso la moda de derruir las viviendas de dos plantas para dar paso a torres de apartamentos, multifamiliares. En el espacio donde antes vivían cuatro o seis personas, hoy habita más de un centenar. Contadas son las casas que se conservan, entre ellas la nuestra. Todos nuestros vecinos se marcharon. Ya no conocemos a nadie. Vivimos en un vecindario de extraños, de personas sin nombre. A ninguno le interesa hacer relación con el otro, y menos intimar, como era la costumbre.

Voy a referir una anécdota reciente, que pone de presente la situación descrita: en dos ocasiones golpearon a nuestra puerta para preguntar si aquí vivía el señor Santrich. La respuesta, como era lógico, era negativa. “Aquí vive la familia Sánchez”, decía la empleada. La explicación de tal equivocación consistió en que quienes indagaban habían preguntado a un vigilante privado de un edificio vecino, y este, confundiendo Santrich con Sánchez, los enviaba a nuestra residencia.

Lejos de sospechar que a contados pasos de nosotros, en una de las pocas grandes casas que quedan en pie, se alojaba la cúpula de las Farc, recién desmovilizada, luego de haber suscrito la paz con el Gobierno. Lo único que habíamos notado era que al frente de ese predio permanecía parqueado un par de camionetas negras, blindadas. Habíamos especulado pensando que a quien teníamos de vecino probablemente era a un pesado ‘capo’. Solo cuando la prensa divulgó en qué parte se alojaban los exguerrilleros fue cuando caímos en cuenta de que teníamos de vecinos a unos personajes históricos, entre ellos a ‘Jesús Santrich’, bien conocido de autos, y que ahora ha vuelto a ser noticia.

Con el anterior relato reconfirmo lo que ya sabía: “en tiempos pasados todo era mejor”.

FERNANDO SÁNCHEZ TORRES

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