Libertad de cátedra

Libertad de cátedra

Es deber del maestro que la modelación a cargo suyo tenga como meta despertar inquietudes.

27 de marzo 2019 , 07:07 p.m.

Un día de 1976 vi desfilar en las calles de La Habana a miles de niños, de uno y otro sexo, que iniciaban sus estudios primarios matriculados en la llamada Unión de Pioneros Cubanos, es decir que a partir de ese momento irían a recibir educación o adoctrinamiento intensivo en principios revolucionarios.

Mirándolos pasar ataviados con boina roja y traje azul, el rostro tierno –pero serio, marcial–, marchando al compás de una banda de guerra que encabezaba el cortejo, pensaba si tal estrategia política no fuera susceptible de cuestionamiento ético. “¡Claro que lo es!”, me dije interiormente, y añadí: “Pero es que estoy en un país comunista, donde el fin justifica los medios”. Y seguí mirando el desfile...

Aquel que se aprovecha de la indefensión intelectual de sus estudiantes para sembrar ideas a favor de una única y determinada corriente política, comete un atropello con ventaja y alevosía.

La anterior remembranza salió a flote al leer los comentarios que suscitó la propuesta fallida del representante a la Cámara Edward Rodríguez, miembro del Centro Democrático, encaminada a que se estableciera control del discurso de los maestros a sus alumnos, aduciendo que algunos le mezclan política partidista a la docencia escolar. Tal proyecto de ley no tuvo buen recibo y fue retirado. Por mi parte, me pregunto ahora: ¿qué tanta validez ética tiene el adoctrinamiento político a favor de una determinada causa, impartido por una autoridad, en este caso el profesor, en un país democrático, donde se supone que la libertad de cátedra lo permite?

En su obra De animales a dioses, el historiador hebreo Yuval Noah Harari afirma que “al igual que la igualdad, los derechos y las sociedades anónimas, la libertad es una invención que solo existe en la imaginación”. A la libertad yo le añadiría la autonomía, que es un complemento suyo. Analizando lo que ocurre en la realidad, hay que aceptar que Harari tiene razón.

‘Libertad’ y ‘autonomía’ son palabras esgrimidas por doquier, adquiriendo interpretaciones proclives, lo que hace que sean derechos relativos. Una y otra tienen sus límites; legalmente están condicionadas a las circunstancias y al interés social.

Concretándome a la libertad de cátedra, esta es un principio emanado de la ley en los países regidos democráticamente y tenido como una gran conquista. Por eso mismo funcionan instituciones de carácter político o religioso que, invocando su autonomía, determinan qué y cómo hay que enseñar. Están en su derecho si pertenecen al ámbito privado. Si lo son del sector público, la libertad de cátedra tiene una connotación más laxa, de más imaginación liberal, que apareja riesgos si no se interpreta de manera correcta.

Desde el punto de vista ético, lo correcto de todo maestro, independientemente del nivel académico, es despertar la inteligencia de los estudiantes, enseñándoles a utilizar sus facultades plena y libremente. Tratándose de niños y adolescentes, la enseñanza obliga a que se dispense con suma responsabilidad, teniendo en cuenta que su cerebro es un terreno virgen, una tabla rasa dispuesta a grabar influjos externos para comenzar su proceso de formación.

En otras palabras, es deber del maestro que la modelación a cargo suyo tenga como meta despertar inquietudes, abrir horizontes. De manera alguna estrecharlos. Aquel que se aprovecha de la indefensión intelectual de sus estudiantes para sembrar ideas a favor de una única y determinada corriente política, filosófica o religiosa comete un atropello con ventaja y alevosía. Es violentar la conciencia del estudiante, haciendo de la libertad de cátedra una patente de corso. Esa forma de alienación es un pecado de lesa humanidad. Fue lo que pensé viendo pasar el desfile de párvulos matriculados en la Unión de Pioneros Cubanos.

Sal de la rutina

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