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Las controvertidas marchas

Las controvertidas marchas

Para mí fue emocionante ver desfilar a miles de jóvenes reclamando derechos.

05 de julio 2021 , 11:49 p. m.

Releyendo ‘Ariel’, esa joya de la literatura humanística publicada a principios del siglo XX y escrita por el uruguayo José Enrique Rodó para la juventud de América, encontré una frase que me puso a meditar sobre el significado y alcances de las controvertidas marchas que vimos y sufrimos los colombianos en semanas anteriores. La frase dice: “La multitud, la masa anónima, no es nada por sí misma. La multitud será un instrumento de barbarie o de civilización según carezca o no del coeficiente de una alta dirección moral”.

Por la manera como trascurrieron esas movilizaciones puede inferirse que si algo faltó fue una alta dirección moral entre aquellas exorbitadas y bárbaras, de las que no era difícil adivinar que fueron manejadas por hábiles titiriteros para alcanzar fines políticos. Aún quedan rezagos de ellas, con intención de aguijonear a las autoridades y exasperar a la sociedad. Por fortuna, también hubo expresiones ordenadas y civilizadas, lamentablemente opacadas por aquellas.

Para mí fue emocionante ver desfilar a miles de jóvenes –altivos, y hasta festivos– reclamando unos derechos, para ellos tenidos como la razón de su presente y su futuro. Rememoré mis años universitarios, cuando marchamos pacíficamente en demanda de justicia frente a un gobierno de corte totalitario. Y recordé a Rodó: “La juventud que vivís –decía– es una fuerza de cuya aplicación sois los obreros y un tesoro de cuya inversión sois responsables”. Rodó aspiraba a que la juventud entendiera el papel que estaba obligada a desempeñar en el desarrollo y bienestar de sus propios países y del Continente todo. No era luchar para adquirir prebendas individuales, sino para propiciar la felicidad general. Esa fuerza juvenil debía ponerse al servicio de causas nobles. Precisamente, Rodó tituló su libro ‘Ariel’, que es la parte alada y noble del espíritu, pues su intención era llegar al espíritu de las jóvenes generaciones. Sin duda, Rodó fue un gran director moral.

Uno de los reclamos de los jóvenes marchantes era que fueran escuchados por quienes manejan el Estado, para lo cual estaban dispuestos a dialogar. Tiene que ser así. El diálogo es propio de gente civilizada. Dialogar es la conversación entre dos partes, cada cual poseedora de sus propios puntos de vista. Llegar a un acuerdo para dirimir un asunto en controversia es lo inteligente. Es el triunfo de la razón en un ambiente de cordialidad.

Entre las expresiones de barbarie observadas en las recientes marchas, derribar estatuas ha sido una constante. Al respecto, el escritor hispanista Edward Wilson Lee decía que “al fin y al cabo, la historia ha sido una prolongada guerra contra las estatuas, en la que cada nueva época declara malvados a los ídolos del pasado, y se lanza a destruirlas”. Me pregunto: “¿Tiene sentido destruir por el solo deseo de destruir?”. Ese odio se llama iconoclasia y es propio de fanáticos, de quienes rechazan toda autoridad y hacen de la historia una burla.

Esto de la iconoclasia no es algo nuevo entre nosotros. En 1976, para conmemorar el noveno aniversario de la muerte del guerrillero extranjero Che Guevara, un grupúsculo de estudiantes de la Universidad Nacional derribó y decapitó la estatua del jurisconsulto y fundador de la educación pública en Colombia, Francisco de Paula Santander, que reposaba en la plaza principal del campus, y cuya elaboración había sido ordenada por el presidente Eduardo Santos en 1940. El consejo directivo de la Universidad calificó en su momento aquel acto de “salvaje cobardía”. Desde entonces las directivas de la universidad no se han atrevido a restituir la estatua a su sitio natural, pese a la insistencia de unos pocos amantes de la historia patria, entre los cuales me cuento, para mucho orgullo.

Aprovechando estos momentos de efervescencia, cuando las palabras libertad, democracia, diálogo, justicia, están a flor de labios de los jóvenes inconformes, qué bueno fuera que se organizara una mesa de diálogo en la Universidad Nacional para ventilar la controversia Santander-Che Guevara, es decir, para darle la razón a una de los dos partes. Desde ahora me ofrezco para ser uno de los interlocutores.

FERNANDO SÁNCHEZ TORRES

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