Entierro de pobre

Entierro de pobre

Duele ser testigo del triste final de una de las instituciones asistenciales más queridas.

17 de mayo 2019 , 08:34 p.m.

Al igual que ocurrió con el legendario hospital San Juan de Dios, de Bogotá, y con otras importantes instituciones asistenciales en el país, la clínica David Restrepo, también de la capital, cerró sus puertas al parecer de manera definitiva, en medio de la indiferencia de autoridades sanitarias y de la ciudadanía en general.

Aquel que transite por la calle 61 con carrera novena podrá observar en la esquina nororiental una edificación abandonada, invadida de maleza y basuras, con ratas y palomas como únicos inquilinos. Para quien conozca la historia de ese edificio, tal espectáculo lamentable tiene que suscitarle grima, rabia, y preguntarse: “¿qué pasó?, ¿por qué ocurrió esto?”, ¿qué fue de la Fundación David Restrepo que sostenía la Clínica?

Me duele de verdad ser testigo del triste final de una de las instituciones asistenciales más queridas por la clase media bogotana, destinada a la atención obstétrica y neonatal. Allí ejercí mi especialidad médica durante varios años y, asimismo, fui miembro de su junta administradora en representación de la Academia Nacional de Medicina en la década de los noventa. Cuando dejé el cargo funcionaba con algunas dificultades financieras, pero prestaba sus servicios con la misma eficiencia con que lo hizo durante media centuria. A manera de homenaje, utilizaré esta columna para rememorar los inicios de tan generosa institución.

Promediando el siglo inmediatamente anterior, Colombia contaba con 11 millones de habitantes y su capital alojaba a escaso millón y medio de ellos. Comenzaba a advertirse entonces un fenómeno demográfico que a la postre vendría a trastornar y hacer insoportable el transcurrir de las urbes mayores. Me refiero a la migración masiva de gentes de la provincia por causa de la violencia política. Para esas calendas, Bogotá era una apacible ciudad en donde se mantenían vigentes muchas costumbres inveteradas, entre ellas el nacimiento a domicilio.

La clínica David Restrepo cerró sus puertas en medio de la indiferencia de autoridades sanitarias y de la ciudadanía en general.

Aun cuando había médicos dedicados a la atención de partos, las comadronas –o ‘comadres sabias’, herederas de la tradición española– eran las encargadas de prestar dichos servicios, especialmente a las mujeres de las clases sociales media y baja. Para las últimas, la capital contaba con un centro de caridad especializado, el Instituto Materno Infantil, anexo al Hospital San Juan de Dios. Las pacientes económicamente pudientes acudían a la Clínica de Marly, o a la Clínica Calvo, o a la Clínica Palermo.

Como vemos, las mujeres huérfanas de toda fortuna que iban a ser madres tenían su hospital, y las poseedoras de recursos, sus clínicas. Las pertenecientes a la clase media, es decir, el grueso de la población, continuaban en manos de las comadronas, pese a haber hecho ya carrera la tesis de que el nacimiento era más seguro si ocurría en ambiente institucional especializado.

Un acaudalado caballero de la sociedad bogotana, don David Restrepo Mejía, de gran sensibilidad social, había captado cuán inequitativo era que esas mujeres quedaran desprotegidas médicamente durante la etapa gestacional. Adelantándose a lo que más tarde haría el Estado, a través del Seguro Social, en su testamento consignó que de su fortuna se construyera y sostuviera una clínica de maternidad destinada a aquellas. Algunos años después de su muerte se dio comienzo a la obra, de forma tal que el 5 de febrero de 1952 fue inaugurada.

El 21 de junio se registraba el primer nacimiento. Cumpliendo el querer testamentario, en sus inicios la prestación de los servicios estaba condicionada a que el jefe de familia tuviera un salario superior a 200 pesos mensuales, pero no mayor de 400 y que, además, no estuviera amparado por ningún seguro. Admirable, como que era la protección de un particular a las futuras madres de la clase media.

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