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Electores perplejos

Electores perplejos

El común denominador es la perplejidad frente a una decisión política inteligente.

17 de septiembre 2021 , 08:00 p. m.

No he sido político de profesión ni valido de ningún político. El único cargo público que he ocupado –la rectoría de la Universidad Nacional– no fue una dádiva o compensación por haberle sido útil al nominador de turno, el presidente de la república. Mi filiación política era contraria a la suya, y yo no era cercano a las directivas de mi partido –el Liberal–; por lo tanto, no tenía chance de ser cuota política. Cuando se me ofreció el cargo era decano de la Facultad de Medicina, es decir, formaba parte de la academia.

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Confesado lo anterior, debo también divulgar que no he sido indiferente con la política. Para Aristóteles, el hombre es por naturaleza un animal político. Desde cuando estudiaba bachillerato, la política formaba parte de mis inquietudes intelectuales, entendiéndola como la entendía el filósofo estagirita: una ciencia que busca el bien común. Cursé los últimos años de secundaria en el colegio de la Universidad Libre, donde se respiraba el espíritu liberal del fundador, Benjamín Herrera. Por mi récord académico me fue ofrecida una beca para estudiar Derecho y Ciencias Políticas; la decliné por haberme decidido desde tiempo atrás a ser médico. Es probable que si hubiera sido abogado, me hubiera contagiado de política y escalado posiciones burocráticas.

Cuando salía de clases me iba con unos condiscípulos al Congreso de la República a escuchar los debates que allí se suscitaban, y cuyos protagonistas eran figuras prominentes de la política, casi todos elocuentes oradores: Jorge Eliécer Gaitán, Laureano Gómez, Manuel Serrano Blanco, Carlos Lleras Restrepo, Augusto Ramírez Moreno, Silvio Villegas, Alfonso López Michelsen, Gilberto Alzate Avendaño... Infortunadamente, la animadversión partidista comenzaba a desprestigiar el Congreso y a envenenar su ambiente, a punto tal que de la pistola de un padre de la patria salieron las balas que acabaron con la vida del representante liberal Gustavo Jiménez e hirieron al patricio Jorge Soto del Corral, escribiendo con ello una de las páginas más vergonzosas de nuestro Parlamento. Desde entonces se adormeció el animal político que llevo dentro.

En una entrevista que se le hiciera a quien fuera presidente de EE. UU., Harry S. Truman, espetó esta confesión: “Mis metas en la vida fueron ser pianista en una casa de putas o ser político. Y para decir verdad, no existe gran diferencia entre estas dos ocupaciones”. ¿Qué lectura puede dársele a tamaña comparación? No es difícil imaginar cuánta bajeza se respira en un prostíbulo, donde no falta quien pida música para alegrar el ambiente.

Los electores, a fin de cuentas, somos los responsables de lo que pueda ocurrir, es decir, de definir la suerte, el futuro de la nación.

Acercándose las elecciones presidenciales, cuando Colombia se debate entre la incertidumbre y el desespero, inevitablemente afloran las inquietudes políticas. ¿Cuál es el candidato indicado, el mejor? Difícil respuesta frente a una baraja completa de aspirantes, donde hay de distintos colores y pelambres, preparados unos, ignorantes los más. Difícil asimismo entender cómo haya pretendientes a manejar un país tan convulsionado como el nuestro y tan agobiado de problemas. Quizás sea porque la mayoría de ellos no son candidatos sino ‘candidotes’, vale decir, políticos ingenuos, despistados. Lo que este país está pidiendo a gritos es un líder confiable, un conocedor del Estado, alguien que con mente iluminada dirija los destinos de la nación, cuyo discurso no sea un chorro de promesas populistas, demagógicas. Poquísimos son los que llenan los requisitos para inspirar confianza en los electores.

Los electores, a fin de cuentas, somos los responsables de lo que pueda ocurrir, es decir, de definir la suerte, el futuro de la nación. El momento se caracteriza por encontrarnos en una verdadera encrucijada, en el borde de un precipicio. Para la mayoría, el común denominador es la perplejidad frente a una decisión política inteligente. Acertar requiere ponderación, buen juicio.

Siempre he creído que la universidad es un emporio de gente pensante; casi que podría afirmarse que es el cerebro de la nación. Por eso no sería descabellado volver los ojos a ella en busca de alguien que sea el guía de perplejos. Ese alguien, estoy seguro, es el exrector Alejandro Gaviria Uribe, que no pertenece a rosca política alguna.

FERNANDO SÁNCHEZ TORRES

(Lea todas las columnas de Fernando Sánchez Torres en EL TIEMPO, aquí)

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