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El gran predicamento (3)

El gran predicamento (3)

La moralidad del aborto no puede legislarse. Siempre ha sido y seguirá siendo una trágica decisión.

04 de enero 2022 , 08:00 p. m.

Se estima que al principio del presente siglo el número de mujeres que en el mundo acudieron al aborto superó los 50 millones. Gracias a las políticas de planificación familiar aceptadas en casi todos los países, esa cifra ha decrecido de manera considerable, sin que el embarazo indeseado –que es el causante del problema– haya perdido su connotación conflictiva. Por eso, algunos gobiernos han decidido legalizar el aborto sin restricciones, o promulgando leyes más flexibles, dando por descontado que las personas indicadas para su solución somos los médicos. En los países gobernados por principios comunistas, el aborto es un imperativo social y político. Como ejemplos menciono a China y Cuba. El beneficio que la práctica del aborto puede derivar a la nación, a la familia o a la mujer es para sus médicos un deber prima facie, es decir, prioritario en su tabla de valores éticos.

(También le puede interesar: El conflicto moral del aborto (2))

Quien desee conocer a fondo lo que ha sido la planificación familiar en China comunista debe leer el impresionante relato que el premio Nobel de literatura Mo Yan hace en su libro Rana. Se calcula que como producto de la política oficial del "hijo único" impuesta en China, en los primeros 37 años se efectuaron 336 millones de abortos, 196 millones de esterilizaciones y se insertaron 403 millones de dispositivos intrauterinos.

El beneficio que la práctica del aborto puede derivar a la nación, a la familia o a la mujer es para sus médicos un deber prima facie, es decir, prioritario en su tabla de valores éticos.

La razón justificativa para tal política pública agresiva no ha sido otra que por "necesidades de Estado", es decir, necesidades sociales, al contrario de lo que ocurre en países de la esfera democrática, donde se considera que el aborto es un derecho sexual individual que hay que amparar.

Voy a relatar mi experiencia sobre lo que ocurría en Cuba en 1976. Ignoro si las cosas han cambiado. En enero de ese año se llevó a cabo en La Habana el VIII Congreso Latinoamericano de Obstetricia y Ginecología, uno de cuyos temas de fondo fue 'Mortalidad materna en América Latina'. A la sazón, yo era director del Instituto Materno Infantil de Bogotá, donde la causa primera de mortalidad era la infección por aborto provocado. Fui invitado al congreso por la Sociedad Cubana de la especialidad para que presentara el panorama de la situación en Colombia.

Durante las sesiones establecí amistad con una chica médica que, amablemente, se ofreció para guiarme por la ciudad. Me llevó a los alrededores del conjunto residencial donde vivía, advirtiéndome que no podíamos ingresar, pues estaba prohibida la presencia de extraños. La indagué sobre el sistema de vida que llevaba y me contó que en el conjunto donde residía –como en cualquier otro– había un representante del Gobierno con funciones de "inspector", que estaba al tanto de todo lo que allí ocurría, incluso de los asuntos más privados, a tal punto que si a una mujer no le llegaba la menstruación, debía avisarle para que este, a su vez, lo comunicara al Comité de Protección Materna.

En caso de tratarse de un embarazo indeseado, la mujer exponía sus razones a favor de un aborto. Si para el comité eran válidas, era remitida a un hospital para desembarazarla. Si era una gestación deseada, era admitida en el programa de protección materno-fetal. En Cuba, la mortalidad materna era envidiablemente baja. Explicable.

Centrándome en el papel que el médico puede desempeñar como instrumento de solución, y teniendo en cuenta el pluralismo moral introducido por la bioética, queda a criterio de su propia conciencia lo que debe hacer. En un congreso de las Sociedades de Ginecología y Obstetricia de la costa Pacífica de EE. UU., su presidente, Edward C. Gill, expresó estas palabras: "Una cosa acerca del aborto es cierta: es un asunto de vida, una realidad. La moralidad del aborto no puede ser legislada. Es, siempre ha sido y seguirá siendo una trágica decisión. Al igual que en otros juicios de la práctica médica, la decisión debe hacerse por la alternativa menos mala (...). Nuestra responsabilidad es reconocer la autonomía de la conciencia individual y ayudar a nuestras pacientes a considerar todas las implicaciones de su predicamento para que ellas escojan”.

FERNANDO SÁNCHEZ TORRES

(Lea todas las columnas de Fernando Sánchez Torres en EL TIEMPO, aquí)

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