Belisario Betancur

Belisario Betancur

El hijo de Amagá no hacía alarde de su erudición –que era mucha– en los campos de la cultura. 

09 de diciembre 2018 , 11:32 p.m.

Tuve el privilegio de estar cerca del presidente Betancur durante los dos primeros años de su gobierno. Por generosa distinción me designó rector de la Universidad Nacional, cargo este que tenía casi rango ministerial, pues, a más de ser de nominación presidencial, disponía de línea directa para comunicarme con él y yo era tenido en cuenta para asistir a los eventos culturales que con frecuencia realizaba en la Casa de Nariño, como también a otros actos oficiales. Como se recordará, el doctor Betancur se caracterizó por darles un trato especial a los escritores y los artistas, muy superior al que les otorgaba a los políticos. De seguro, tan ostensible tratamiento no era bien visto por la burocracia tradicional.

Con la Universidad Nacional, y en general con la universidad pública, fue muy considerado. Siempre estuvo pendiente de los problemas financieros que suelen aquejar el sector educativo oficial. Como algo inusual, en dos ocasiones presidió el Consejo Superior para escuchar de primera mano las necesidades de la institución. Por intervención suya, el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) facilitó un préstamo que, junto con la contrapartida asignada en el presupuesto nacional, alcanzó la cifra de 4.500 millones de pesos, es decir, 45 millones de dólares, que para la época era una suma bastante considerable.

Tal inyección financiera se destinó a programas básicos que consultaban los intereses del país: recursos agropecuarios y forestales, recursos marinos y de aguas continentales, recursos energéticos, desarrollo social e investigación en ingeniería.

La personalidad de Belisario –como se lo solía llamar en consonancia con su modestia– era ciertamente admirable, atractiva.

De sencillez campechana, el hijo de Amagá no hacía alarde de su erudición –que era mucha– en los diversos campos de la cultura. Amante de la paz como el que más, padeció la frustración de no haberla logrado en su gobierno, no obstante los empeños puestos para ello y la extrema generosidad con que lo intentó, de lo que pueden dar fe los supérstites del M-19. Ajeno a odios o envidias de cualquier tipo, era difícil que tuviera enemigos.

En alguna ocasión, desde esta columna me atreví a afirmar que Belisario era un hipomaníaco, basándome en la definición que de esta condición de la personalidad hiciera mi profesor de psiquiatría, el inolvidable Edmundo Rico: “En la hipomanía –decía– todo es ímpetu vital, facilidad de ideas y de expresión; alegría dinámica, amor por la existencia, infatigabilidad; imaginación saturada de ingenio e imágenes profusas, gracejos, ironía fina o mordaz; proyectos realizables o irrealizables; audacia sin valladares; fuerza expansiva; anhelos de superhombre y sintonía con el medioambiente”.

Releyendo ahora esa definición maestra del hipomaníaco y repasando su talante, no me queda otra alternativa que reafirmarme en el concepto de que, en efecto, era un hipomaníaco, entendiendo como tal no un estado de enfermedad mental, sino el estado permanente de un individuo que vibra y se agita orgánica y psicológicamente. Atacado de dromomanía, era un viajero incansable; trabajador infatigable, hablador cautivante, sujeto soñador...

No fue afortunado desde la posición de jefe de Estado. Bien hubiera podido decir –como lo dijo Bolívar– que él era “el hombre de las calamidades”. No por falta de capacidades físicas o intelectuales ni por ausencia de voluntad para ejecutar, el suyo fue un gobierno signado por la fatalidad, por la desgracia.

Le tocó afrontar el terremoto de Popayán, la avalancha de Armero, el asesinato de su ministro Rodrigo Lara Bonilla y la más absurda de todas: la toma demencial del Palacio de Justicia por el M-19.

El paso del tiempo, que es el depurador de los acontecimientos, dirá a ciencia cierta lo que fue su gestión de gobernante. En su condición de expresidente dio muestras de patriotismo, de ejemplar sentido de prudencia y respeto por sus sucesores, virtudes estas ausentes en el pasado reciente.

FERNANDO SÁNCHEZ TORRES

Sal de la rutina

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