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¿Adiós, corbata?

¿Adiós, corbata?

Se ha generalizado la costumbre de no usarla, sobre todo aprovechando el confinamiento por covid-19.

02 de agosto 2021 , 08:31 p. m.

Para escribir sobre un tema aparentemente baladí, me movió la curiosidad. Sé que a los lectores de periódicos les gusta leer de vez en cuando escritos que toquen lo curioso, lo entretenido. De manera alguna pretendo emular al veterano periodista Juan Gossain, quien suele divulgar, con mano maestra y con la complacencia de sus fans, sus crónicas sobre distintos tópicos curiosos, como el origen de las palabras o sobre costumbres idas.

La curiosidad me entró cuando en el sustancioso libro El cisne negro, del ensayista y matemático libanés Nassim Taleb, profesor de Ciencias de la Incertidumbre en la Universidad de Massachusetts, encontré un concepto burlón sobre la corbata.

Hablando de la capacidad de predecir el futuro dice que –a manera de ejemplo– para explorar el siglo XX habría que tener en cuenta la bomba atómica y el internet, “además de la introducción del masaje en los aviones y esa extraña actividad llamada reunión de negocios, en la que unos hombres bien alimentados, pero sedentarios, dificultan voluntariamente su circulación sanguínea con un caro artilugio al que llaman corbata”. Para Taleb, pues, la corbata es un costoso implemento que se anuda al cuello y dificulta el paso de sangre al cerebro, con todos sus inconvenientes: mareos, dificultad para pensar correctamente, rubicundez del rostro… Aguijoneado por la curiosidad propia del médico me puse a investigar cuándo, cómo y por qué se originó esa prenda tradicional.

La corbata se define como una banda larga y estrecha de tela que se coloca alrededor del cuello y se anuda por delante. No hay claridad sobre su origen. Algunos dicen que es de cuna croata, de estirpe militar; uno de los regimientos de Luis XIV, el “regimiento croata”, la usaba. Para otros fue un invento del rey Luis XV en Francia del siglo XVII. Los especialistas en prendas de vestir creen que, tal como la conocemos hoy, la corbata vino del magín de ese monarca; por lo menos, era muy adicto a ella, pues, dado al boato cortesano, creó el cargo de “portacorbatas”, que era la persona encargada de escogerla, anudarla y desanudarla.

La corbata adquirió tal estatus que fuera de la corte era el distintivo de clubes y sociedades exclusivos. Había expertos que dictaban clases acerca de la manera apropiada de lucirla. Mucho después, en las más importantes capitales del mundo fue la obsesión de la moda romántica. Aparecieron en el comercio corbatas de distintos estilos: oriental, es decir, en forma de medialuna; a lo Byron, con un enorme nudo; en cascada, en surtidor, a la moda rusa, a la amatoria… Para enriquecerla se añadieron alfileres, botones, y pisacorbatas o pasadores. Cuando la mujer quiso imitar al hombre comenzó a usar pantalón largo –en especial los jeans o vaqueros– y, por supuesto, la corbata.

Por comodidad, y por haberse comprobado que es una prenda innecesaria, se ha generalizado la costumbre de no usarla, sobre todo aprovechando el confinamiento a que ha obligado la pandemia covid-19. Antes era obligatoria, pues se consideraba que formaba parte de las buenas maneras y del buen vestir. Quién iba a pensar que en las altas esferas sociales y políticas quedaría fuera de juego. En las reuniones presenciales del gabinete ministerial se estila ahora la camisa de cuello desahogado, incluyendo al Presidente. Igual en las llamadas “reuniones de negocios” –citadas por Taleb–, lo cual redunda en mentes despejadas y en rostros descongestionados. Para ingresar a los clubes exclusivos ya no es una exigencia ir de corbata, como tampoco en las fiestas sociales. En otras palabras, ese artilugio está en vía de extinción, para mala fortuna de los industriales ingleses e italianos, que tuvieron fama de ser los mejores fabricantes.

Hay una acepción de corbata, muy tenida en cuenta entre nosotros, y que en el argot popular se llama “chanfa chévere”, es decir sinecura, que es recibir emolumentos sin hacer nada, o muy poco, como ocurre en el ámbito burocrático y que, por lo mismo, esa no desaparecerá.

FERNANDO SÁNCHEZ TORRES

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