Un aplauso para Alejandra

Un aplauso para Alejandra

Pongámonos de pie y démosles un gran aplauso a Alejandra Borrero y a sus buenos cómplices.

21 de agosto 2018 , 12:43 p.m.

¿Una sala de teatro? ¿Una suma de divanes para hacer terapia? ¿Un enorme e impresionante espejo? ¿Un recinto en donde se toman y se exhiben radiografías del país? ¿Un confesionario? ¿Un centro de diagnóstico? ¿Un aula para la experimentación? ¿Un espacio para la reflexión, para la diversión, para la meditación? ¿Un rincón para desahogarse? ¿Una casa convertida en laboratorio del arte? ¿Un lugar para hacerse preguntas? ¿Un púlpito para los artistas? ¿Un templo de la cultura?

Todas las anteriores.

Alejandra Borrero y Katrin Nyfeler lograron convertir una casa del barrio bogotano de La Soledad en todo eso. En un pequeño universo en el cual los planetas giran alrededor del arte.

Se llama Casa E y acaba de cumplir diez años. No se trata simplemente de una sala de teatro, sino de un centro cultural que ha logrado demostrar el poder transformador del arte, que a veces permite reconocernos, descubrirnos y cuestionarnos –o reconocer a los demás– y que muchas veces ayuda a sanar sociedades como la colombiana, sometida a tantas tensiones, a tantos fuegos cruzados, a tantos odios, a tantas necesidades.

Es cierto que en Casa E han presentado obras maravillosas –que suman ya más de 25.000 funciones–, comedias que le han permitido al público ignorar su estrés por un rato, clásicos que han llevado a confirmar la admiración por los maestros, monólogos que han exigido al máximo a actrices y actores que dan cuenta de su talento y de su oficio de décadas.

Pero, sin duda, lo más trascendental de Casa E han sido las apuestas para buscar la construcción de un mejor país con la ayuda de la cultura. Un ejemplo conmovedor es Victus, la obra que reunió a excombatientes de la guerrilla y el paramilitarismo y a policías y militares que participaron en esa guerra que le ha significado a Colombia tantos dolores, tantas enemistades, tantos temores, tantas muertes. Ellos representaban en el escenario la guerra que vivieron en la realidad: la narraban y la lloraban en primera persona. Pero lo más hermoso es que ya eran amigos cuando confesaron a qué bando habían pertenecido... y la reconciliación llegó sin problema.
Pongámonos de pie y démosles un gran aplauso a Alejandra Borrero y a sus buenos cómplices en este proyecto que ha enseñado, ha entretenido y, sobre todo, le ha permitido a Colombia entender mejor su esencia.

FERNANDO QUIROZ@quirozfquiroz

Columnistas

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