Sin tregua

Sin tregua

No acabábamos de celebrar la vida cuando volvió la muerte, sin tregua, esta vez por criminales.

14 de septiembre 2020 , 09:25 p. m.

Primero fue el silencio aterrador de la gente guardada en sus casas. De la gente escondida de un enemigo invisible. Se fue la algarabía de los niños en las esquinas, mientras esperaban el bus del colegio. Los parques, desiertos, parecían una escultura alusiva a la infancia robada. Se silenciaron los tableros de dominó que, en tantas plazas de pueblo, distraían a los pensionados. El paso de los aviones no volvió a obligarnos a hacer una pausa en las conversaciones. Dejó de sonar la música que animaba caderas y encendía corazones. Incluso, las confesiones y las propuestas que surgían de repente en los cafés dejaron de ser ese murmullo difícil de descifrar que tanto alborotaba la curiosidad de los vecinos de mesa. Y las mesas, por cierto, se fueron llenando de polvo.

Vinieron luego las voces de los que se quedaron sin sustento: sus lamentos cruzaban puertas, cruzaban ventanas, arrugaban corazones. Detrás de ellos llegaron los músicos, y los balcones estrechos de los apartamentos se convirtieron en palcos. Las trompetas de los mariachis les daban paso a los bajos de los roqueros. En las clínicas, en la soledad decretada por los protocolos de la cuarentena, algunos pacientes solo salían del letargo cuando se encendían las alarmas de los equipos que monitoreaban su corazón. Otros entendían que el final podía estar cerca cuando los acompañaba el sonido brutal de los respiradores.

No acabábamos de enterrar a los muertos de la pandemia –no acabamos aún– ni acabábamos de volver a una normalidad que quizás nunca lo vuelva a ser, no acabábamos de retomar las conversaciones suspendidas ni de recuperar los paisajes que estuvieron ocultos tantos meses... no acabábamos de celebrar la vida cuando volvió la muerte, sin tregua, esta vez por cuenta de manos criminales.

Y el silencio que luego fue lamento, que luego fue música de conciertos callejeros, que luego fue motor para llevar al aire a los pulmones, les dio paso al silbido de las balas, al estruendo de las motocicletas, al golpe de los bolillos, al ruego de los torturados, al clamor de los jóvenes, al llanto de un pueblo que a pesar de todo no se quiere acostumbrar a la muerte...

Y el silencio que fue lamento y fue crimen y fue agonía volvió a ser silencio: de aquellos que no podían callar, que debían señalar, que debían corregir... silencio cómplice, silencio que indigna.

Fernando Quiroz@quirozfquiroz

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