Sin reguetones ni fanfarrias

Sin reguetones ni fanfarrias

El silencio es un ejercicio que no parece estar fácilmente al alcance de cualquiera.

11 de noviembre 2019 , 11:57 p.m.

Disfrutaba de una sinfonía maravillosa por los caminos del Tayrona: el mar anticipaba su presencia con el golpe de las olas en las playas de Cañaveral, el viento que bajaba de la Sierra Nevada se encontraba de golpe con el que subía del océano, lagartijas de un verde eléctrico alborotaban las hojas secas al serpentear bajo los matorrales, los monos aullaban desde lejos y aves de mil colores cantaban en el oído…

En medio de aquellos sonidos que a veces se aceleraban, que por momentos alcanzaban elevado volumen y luego descendían como si pretendieran exigir concentración para revelar sus tonos y ofrecer sus contrastes, el silencio reclamaba su papel protagónico y durante algunos tramos del recorrido dominaba la partitura.

Sí, allí, en medio de aquella sinfonía de la naturaleza de la cual forma parte integral.
Sí, el silencio, compañero ejemplar, que nos permite acceder a increíbles dimensiones, como si se tratara de una llave secreta que se ha conseguido por cuenta de algún privilegio y no de una posibilidad que a todos nos ha sido dada.

Se ve distinto con el silencio como telón de fondo. Y, en ocasiones, el silencio es el gran aliado para mirar hacia adentro: un ejercicio que no parece estar fácilmente al alcance de cualquiera, porque a veces asusta encontrarse con ese otro que somos sin maquillajes ni disfraces.

Quizás sea esa la razón por la cual hay tantos que le huyen al silencio. Que requieren el ruido tanto como el oxígeno. Que han diseñado –y actualizan con frecuencia– una banda sonora que los acompaña y al amparo de la cual recorren los caminos cotidianos, llevan las horas, viven la vida… y a veces la viven como si fuera la vida de otros.

Debe ser ese –más que la estupidez– el motivo por el cual de repente suenan reguetones y fanfarrias en medio de paraísos como el Tayrona, mientras se recorren caminos que no requieren más música que aquella que ofrece la naturaleza, incluida en ella el silencio. Debe ser.

Hay momentos para la bulla, por supuesto. Para las celebraciones con palmas y coros y tambores. Hay momentos para la risa y para las carcajadas. Incluso, hay momentos para los gritos: y resultan indispensables aquellos que conducen a la independencia y algunos de los que le dan forma a la rebeldía. Se oirán unos cuantos el próximo 21 de noviembre: y quizás convenga oírlos.

FERNANDO QUIROZ
@quirozfquiroz

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