Siguen reprobando

Dejaron pasar el aprendizaje más poderoso de este año incierto: que la muerte no es asunto de otros.

07 de diciembre 2020 , 09:25 p. m.

Los hay –los he visto, los he oído– que andan en diciembre casi igual que como andaban en febrero. Y no lo creo. Casi igual: haciendo zancadillas aquí y allá, soñando y comprando nuevos relojes dorados para la colección de tiempos ajenos, pensando que de verdad tienen la vida comprada, que no hay revés posible, que el calendario es elástico, que la enfermedad y la desgracia y las malas noticias y los tubos en la tráquea y los obituarios del diario y las salas de velación son para otros.

Siguen reprobando las materias que de verdad importan. No tuvieron el tino, no tuvieron la valentía, no tuvieron ni siquiera la curiosidad para entender que la vida estaba hablando fuerte. Como cada tanto: gritando verdades, haciéndose sentir a las buenas o a las malas. Atravesándose en el camino. Se pusieron tapones en los oídos y siguieron mirando para el otro lado.

Les pareció que era una solemne tontería –al fin y al cabo, es una asignatura que no les interesa: solo les dedican su atención a aquellas en las cuales pueden acomodar los números a su antojo– y dejaron pasar el aprendizaje más poderoso de este año incierto que está llegando a su fin: que la muerte no es asunto de otros.

Eso, como si no fuera una de las pocas verdades que en realidad importan. Como si no fuera de verdad relevante que un día esta vida llega a su fin, que en cualquier momento pone el punto final, que todos estos músculos que ahora parecen incansables van a quedar cesantes. Y no, no es un asunto de otros.

Los hay que están viviendo este diciembre como si fuera alguno de los diciembres pasados. Como si no fuera el diciembre de uno de los años más rudos de la existencia… el año de la lección fundamental.

Y no entienden que al negar la muerte están negando la vida: porque una y otra son la misma cosa. Y la niegan aunque la han visto pasar muy cerca, como una sombra poderosa que se refleja por donde acababan de cruzar. O allí en donde estaban a punto de abrir otra puerta. Quizás no le han visto la cara, pero han sentido su aliento. Y saben de dos o tres realmente cercanos –de algunos, incluso, tienen fotografías en el álbum familiar– a los que les ha hablado de frente. A los que ha invitado a un viaje sin retorno.

Los hay, los he visto. Eran los mismos que pensaban que los finales los escriben los espectadores a su antojo.

¡Convencidos!

Fernando Quiroz@quirozfquiroz

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