Pelota de trapo

Pelota de trapo

Hay ganas de luchar, hay un sentido de pertenencia que se llama patria o camiseta.

11 de junio 2018 , 11:11 p.m.

Hay un deseo enorme de ganar, hay una tendencia a asociarse, hay ganas de luchar, hay un sentido de pertenencia que se llama patria o camiseta, hay un deseo de celebración, hay una admiración por la belleza que encierran los movimientos perfectos, hay una necesidad de encontrar motivos para la ilusión...

Hay tantas pasiones, tantas fuerzas y tantas sensaciones que se encuentran y se suman en el fútbol, ¡tantas!, que tal vez por eso el mundial genera tales expectativas y tal euforia.

En solo dos días volveremos a asistir a una de las más grandes fiestas del deporte, y los días señalados y a la hora señalada ante las pantallas de los televisores seremos una sola nación: esa patria que no logra ponerse de acuerdo en lo fundamental, que no ha sido capaz de construir una paz duradera, que apenas unos días atrás del primer encuentro de la tricolor, en torno a las elecciones presidenciales, andará dividida, destilando odio y echándoles vinagre a las heridas que se quieren cerrar.

Porque el fútbol une, reúne, tiende lazos, borra diferencias –o permite que se conviva con ellas–, genera esperanza.

Es cierto que hay quienes se han matado por una camiseta de fútbol: pero son muchos más, sin duda, los que se han acercado y se han reconciliado por causa de este deporte que también es arte y religión.

No me cabe duda. Hace poco fui invitado por el periodista Andrés Wiesner a escribir para el libro ‘La pelota de trapo’ una crónica sobre cómo un campeonato de fútbol logró reconciliar a los pueblos de los Montes de María luego de muchos años de muerte y de odio, mientras se acusaban unos a otros de guerrilleros o de paramilitares. Fue una lección conmovedora. El libro, promovido por la Fundación Tiempo de Juego –que nació en Cazucá y ha salvado la vida de miles de jóvenes–, narra conmovedoras historias de perdón, de reconstrucción y de convivencia en regiones azotadas por la violencia como Timbiquí, Ituango, Ciénaga, Macayepo, Quibdó y algunas comunas de Medellín. En estos lugares, el fútbol ha sido fuente de vida. Y es precisamente por lo que ocurre en estas canchas de tierra en donde se juega con pelota de trapo que tiene sentido un mundial como el que está a punto de comenzar en Rusia, a donde irán muchos deportistas que alguna vez soñaron con ser como sus ídolos en estos potreros rodeados de pobreza y de dolor.

FERNANDO QUIROZ
En Twitter: @quirozfquiroz

Columnistas

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