El poder del bachiller

El poder del bachiller

Se han convertido en claro ejemplo de quienes utilizan el poder al servicio de la mezquindad.

22 de julio 2019 , 07:06 p.m.

“De condición maliciosa y amigo de donaires y de burlas”. No son mis palabras para referirme al bachiller Macías, sino las de Miguel de Cervantes cuando describe la sensación que le produjo a don Quijote conocer al bachiller Sansón Carrasco.

Pensaba en el Quijote –y volví a algunas de sus páginas siempre reveladoras– a propósito de algunas de las escenas que en el pasado fin de semana nos hicieron sentir a los colombianos como en la ínsula Barataria, gobernada por Sancho Panza.

Como personajes de la picaresca –no de la literatura universal, sino de la desprestigiada escena política; no de la ficción, sino de la realidad colombiana–, hay bachilleres llegados a más que se han convertido en claro ejemplo de quienes utilizan el poder al servicio de la mezquindad, del oprobio, del exhibicionismo.

Exhibir el poder sin entender que les ha sido entregado en préstamo y acompañado de un mandato para utilizarlo en bien de la comunidad

Sí, exhibir el poder como exhiben los músculos los fisicoculturistas, como exhiben las cadenas de oro los que se han encontrado fortunas de la noche a la mañana, como exhiben las colecciones de armas los que solo hablan el lenguaje de las amenazas.

Exhibir el poder en vez de usarlo para lo que debe ser. Quizás porque no sepan cómo hacerlo. Porque les ha faltado formación –y corazón y nobleza y neuronas– para entender qué es el poder y cuáles son las responsabilidades de ostentarlo.

Exhibir el poder sin entender que les ha sido entregado en préstamo y acompañado de un mandato para utilizarlo en bien de la comunidad. En bien de todos, y no a favor solo de unos pocos, de un color, de una bandera.

Exhibir el poder como un diente de oro. Y atacar al contradictor a dentelladas.

Exhibir el poder como la posibilidad de negarles los derechos a los opositores, de manipular las leyes, de burlar la Constitución, de pasarse las normas por la faja, de acceder al atajo.

Utilizar el poder para atropellar. Y para sacar pecho por haber atropellado. Entender el poder como la carrocería que les permite llevarse por delante a los demás. Y sacar, después, la mano por la ventanilla y hacerles pistola a los atropellados.

Sentirse orgullosos de cuadrar la triquiñuela, de hacer la jugadita. Y asumirse como seres poderosos, absolutos, incomparables.

¿El poder para qué? El poder para sentarse encima.

Volvamos al Quijote, siempre oportuno, siempre profundo: “Los oficios y grandes cargos no son otra cosa sino un golfo profundo de confusiones”.

@quirozfquiroz

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