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Deformidades

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Jamás me oculto tras los telones negros de estas aplicaciones que remplazaron las salas de reuniones

Hablo con unos y con otros, a veces en vivo y atento a los protocolos y otras veces sin esta especie de bozal que deprime más que lo que aprieta. Hay semanas en las que siento que hablo más de la cuenta con aquellos con los que poco quisiera hablar, y, en cambio, me quedan faltando tiempo y buen café para oír las historias de unos pocos que se me han ido refundiendo en medio de esta pandemia que se tomó por asalto los planes y nos alejó de los amigos.

En todo caso, me reúno con unos, me reúno con otros, pero casi siempre, sin remedio, a través de este mismo aparato en el que ahora tecleo. Algunos días me oculto tras una sonrisa que pretende disimular la ansiedad de un encierro que ha pasado a ser más mental que cualquier otra cosa –porque a fin de cuentas nos hemos escapado, hemos recorrido carreteras, nos hemos asomado a la ventanilla de algún avión–, pero jamás me oculto tras los telones negros de estas aplicaciones que remplazaron las salas de reuniones y las mesas de los desayunos de trabajo.

Bastante tenemos con la imposibilidad de ver el movimiento de los labios de los conocidos con los que hablamos a metro y medio de distancia cuando los encontramos a la salida del supermercado o en los callejones que alguna vez fueron peatonales.

Me niego a hablar con aquellos que no veo, que no sé si en realidad están leyendo a Tintín o a Condorito mientras dicen “sí”, automáticamente, al final de mis frases. Aquellos que no sé si andan aún con la camiseta agujereada que usan de piyama, si me están haciendo muecas o sacando la lengua porque no les gusta lo que digo, si están viendo ese partido que también yo quisiera ver en ese instante.

Hace poco intenté reunirme a través de la pantalla con seis personas a las que no conocía... ¡A las que no conocí! Seis nombres en letras blancas sobre los telones negros que ocultaban sus caras. Y unas voces que aparecían de repente, como si vinieran de ultratumba. Quise indignarme y recordarles ciertas normas de educación (mientras oía la voz de mi madre en la infancia: mira a los ojos a aquellos con los que hablas). Al final, encontré otra manera de calmar mi enojo: ponerles caras a aquellas voces, imaginar la fealdad y las deformidades que los llevaban a ocultarse. Fue mucho más divertido que el tema originalmente propuesto para una reunión que no cumplió con los objetivos.

Fernando Quiroz@quirozfquiroz

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