Que pasen los siguientes

Que pasen los siguientes

Que el ego y la torpeza de los hombres no nos confundan: no nos han dado la vida de manera exclusiva

03 de agosto 2020 , 09:25 p. m.

De vez en cuando se pronuncian los volcanes, se anegan los valles, se modifica el curso de los ríos, se extienden los mares, se desplazan las placas tectónicas. Cambia la geografía. Allí en donde había una laguna quizás se forme un desierto. De vez en cuando los navegantes descubren pequeños islotes que no figuraban en mapa alguno. La lava y el lodo han sepultado pueblos: hasta la víspera reían, celebraban la vida, oraban para pedir que nada malo sucediera.

Algunas veces hay quienes advierten las señales de alarma: las fumarolas, los cambios de temperatura, el crujir de la tierra. Hay animales que presienten la tragedia. Hay seres que interpretan los signos y los convierten en premoniciones. Algunas veces hay algo que hacer –pasar la voz, buscar refugio, huir–, aunque por lo general las desgracias –que no siempre los son– suceden de un momento a otro.

La majestad de la naturaleza no se hace sentir solamente por medio de su belleza sobrecogedora. Su fuerza impresiona, conmueve y, por momentos, asusta.

Que el ego y la torpeza de los hombres –de aquellos, por ejemplo, que juraban que el Sol giraba alrededor de la Tierra– no nos confundan: no nos ha sido dada la vida de manera exclusiva. Les pertenece por igual a las iguanas, a la hiedra, a los arándanos, a las palmas de cera, a los murciélagos que tanto despreciamos por estos días. Y después de que muera el último de los hombres, la vida permanecerá en otras miles de formas: en las montañas que un día tal vez se destapen como volcanes, en las aves que antes fueron dinosaurios voladores y que más adelante seguramente encontrarán la manera de adaptarse a las nuevas condiciones de un planeta que nos ha dado el privilegio de poblarlo, pero que a la postre no nos necesita.

Quizás se ría el planeta cuando algunos interpretan que aquellas acciones nefastas de los inconscientes van a acabar con él. No. Algún día escupirá los mares contaminados y eructará los aires que hemos ido llenando de hollín. También nos escupirá a nosotros. Y abonará el terreno para otros que probablemente aprecien mejor sus bondades. Lo merecen. Tal vez lleven miles de años esperando su hora, sentados en un palco, mientras contemplan los desastres de los que somos capaces.

Y cansados, probablemente, con la larga espera, inventarán un virus imbatible para acelerar el cambio de turno.

Fernando Quiroz@quirozfquiroz

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