La gran irreverente

La gran irreverente

La obra de Beatriz González es divertida, sin duda. Pero es, también, profundamente crítica.

26 de octubre 2020 , 09:25 p. m.

Ya sé que un solo calificativo a nadie define. Resulta siempre insuficiente. Por fortuna: no somos tan limitados, a pesar de todo. No nos basta una palabra para abarcarnos. Aun así, por terquedad quizás, o por la manía de andar calificando, pensé que tal vez el mejor adjetivo para aproximarse a la obra de Beatriz González es ‘irreverente’.

Y por supuesto que esta santandereana, sin duda uno de los nombres más potentes del arte colombiano, es mucho más que irreverente. Pero esta palabra le cae muy bien, y es un adjetivo del cual, a la larga, deberían gozar todos los artistas... los verdaderos: los que saben que el arte no es un asunto decorativo.

La de González es una irreverencia que se apoya en el talento, en la inteligencia y en esa virtud de ciertos artistas y ciertos pensadores de dudar de vez en cuando de todo lo que se da como cierto y como conveniente, de poner en duda las verdades que se decretan como tales, de mirar la realidad desde ángulos diversos.

La irreverencia de Beatriz González comienza con la reinterpretación de algunos de los grandes maestros: un ejercicio que parte de una mirada reverente –una evidente admiración–, que demuestra la necesidad de ubicarse en la historia del arte, de aprender de los que recorrieron con maestría el camino antes que ella. Pero es un ejercicio que no se limita a la contemplación ni se convierte en apología, sino que le sirve de impulso para encontrar su propia ruta.

Para el arte colombiano es una fortuna contar con una artista como Beatriz González, de quien el Museo de Arte Miguel Urrutia, del Banco de la República, exhibe por estos días una magnífica retrospectiva de su obra.

Allí están toda su maestría y toda su irreverencia: en las mesas de noche que le sirvieron de soporte para ofrecer una mirada popular de los pontífices, en el televisor o en las cortinas de baño en las que pintó a un decadente Turbay Ayala, en los papeles de colgadura en los que puso a varios expresidentes al nivel del Indio Amazónico, en las pinturas en las que ridiculizó a la realeza y otras formas del poder.

La obra de Beatriz González es divertida, sin duda. Pero es, también, profundamente crítica. Muchas de sus obras constituyen una denuncia o al menos un llamado de atención. Visitar esta retrospectiva es uno de los mejores planes ahora que empezamos a salir del encierro.

Fernando Quiroz@quirozfquiroz

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