Temporada en el infierno

Temporada en el infierno

Basta leer 'Una temporada en el infierno' para rendirle el mejor homenaje al poeta Arthur Rimbaud.

18 de enero 2021 , 09:25 p. m.

“Gana la muerte con todos tus apetitos, y con tu egoísmo y con todos los pecados capitales”. Eso escribía Rimbaud hace casi siglo y medio, convencido, tal vez, desde la desesperanza que marcó su vida y tiñó su obra, de que aun pasados los años y estudiadas las filosofías y expuestas a la luz las mentiras de las religiones no sería posible decantar la estupidez humana que se alborota en torno a la muerte.

A estas alturas de la historia de la literatura y de la historia de Francia –“a los galos les debo la idolatría y la afición al sacrilegio”, decía el poeta–, Arthur Rimbaud reside en las páginas de las antologías y en la memoria de quienes declaman sin pausa El barco ebrio y en los versos de tantos poetas consagrados y aprendices de poeta que se han inspirado en los suyos, y en las estanterías de las bibliotecas públicas y en la irreverencia de quienes piensan, como él, que “el infierno no puede atacar a los paganos” y en los delirios de los homosexuales que celebran la locura que lo unió a Verlaine y que lo animó a escribir algunas de sus páginas más célebres.

Es allí en donde residen la verdad de su obra y la memoria de su vida: y es allí, por lo tanto, en donde habita su inmortalidad. No es en la tumba de su natal Charleville ni lo será en el pomposo panteón parisino, a donde un grupo de intelectuales lo quiere llevar para rendirle homenaje perpetuo. Y a donde Emmanuel Macron se niega a dejarlo entrar... ¡Quién lo creyera: el presidente de la arrogante república tiene la potestad de decidir en dónde se entierran sus muertos!

No hace falta, por fortuna, que lleven lo que queda del cuerpo de Rimbaud –acaso unos cuantos trozos de hueso y unos gramos de cenizas– al monumental cementerio en donde también se hospedan los restos de Rousseau, Victor Hugo, Marie Curie y Jean Monnet, entra tantas otras celebridades.

No hace falta: como no la hace visitar a los muertos en sus tumbas para traerlos a la memoria, para agradecerles su herencia, para celebrar su obra.

Y en el caso de Rimbaud, ese poeta enorme al que llaman maldito, que dejó de escribir a los veinte años en medio de los tormentos de una existencia vivida al extremo, basta con sentarse cómodamente a la sombra y leer Una temporada en el infierno, ¡monumental!, para ofrecerle el mejor homenaje... del que en todo caso no se va a enterar.

Fernando Quiroz@quirozfquiroz

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