Old Providence

Ahora que el huracán Iota hizo tantos y tan dolorosos desastres pienso en ellos, en los que conocí.

23 de noviembre 2020 , 09:25 p. m.

Sé que muchos de los momentos vividos en Providencia están entre los últimos que se borrarán de mi memoria. Sé que al final de mis días –y me pregunto por qué no ahora– querré que los relojes vuelvan a avanzar al paso lento al que se mueven en esta isla: y quizás añoraré andar, como allí, sin las ataduras del tiempo, calculando la hora por obra y gracia de las sombras.

Sé que la emoción de descender hacia ese mar de tantos tonos de azul, hacia las montañas tupidas en medio de las cuales aparecen sin aviso miradores fascinantes, permite descubrir otras fibras de las que también estamos hechos, pero que suelen andar anestesiadas por el estrés y las rutinas inútiles, por la estupidez y la obligación de atender necesidades inventadas.

Conocí en esta isla llamada Old Providence a un poeta que tenía como mascota a una serpiente inofensiva que vivía bajo su casa de listones de madera pintados de colores vivos. Conocí a un grupo de lectores llegados de mundos lejanos que establecieron allí, a la sombra de palmas despeinadas, terrazas estrechas en las que colgaban hamacas para entregarle sus tardes a la literatura. Conocí a un hombre que les enseñaba a nadar a los niños bajo el puente de los enamorados que lleva a Santa Catalina, al lado de rayas enormes que forman parte del paisaje. Conocí a un músico excepcional que tocaba en su guitarra una música hecha de reggae y de calypso, de soca y de folk, que llegaba al fondo del alma; a su lado, un niño de apenas siete años lo acompañaba con una quijada de caballo convertida en instrumento de percusión.

Ahora que el huracán Iota hizo tantos y tan dolorosos desastres pienso en ellos, en sus casas de puertas abiertas en donde siempre había alguien con una sonrisa para iluminar el día, en las terrazas que propiciaron tantos momentos de felicidad y ahora no son más que escombros. Pienso en este lugar en el que –al igual que el tiempo– el dinero funciona de otra manera: quizás por eso no se veían ni el lujo ni la mendicidad. El brillo verdadero está en los ojos de los raizales y en la imponencia de la naturaleza.

Tantas veces ignorados por los gobiernos, uno tras otro sin vergüenza, la gente maravillosa de San Andrés y Providencia necesita ahora de todos los compatriotas: es el momento de agradecerles de verdad, ¡con hechos!, que nos hayan hecho partícipes del paraíso.

Fernando Quiroz@quirozfquiroz

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