Al mirar atrás

Al mirar atrás

El mundo ha cambiado mucho más en las últimas tres décadas que en varios siglos.

16 de septiembre 2019 , 07:00 p.m.

Es divertido: les cuenta uno a los más jóvenes sobre aquellos tiempos en los que la forma más moderna y rápida de comunicarse era mediante una llamada entre teléfonos fijos –esos teléfonos negros, pesados, que había que mantener conectados a la fuente de energía y, casi siempre, al lado del sillón en donde el papá se sentaba a controlar conversaciones–, y se mueren de la risa.

Para ellos, lo que separa la prehistoria de la historia no es la aparición de la escritura, sino la llegada de internet. Ni siquiera su invención y sus primeros desarrollos al servicio de la Guerra Fría. No. Para estos jóvenes, la historia comienza cuando la tecnología permite acceder al mundo desde una pantalla. Cuando se hace posible comunicarse con alguien que no necesita estar en su casa o en su oficina al lado del teléfono.

Les fascina oír las historias de ese mundo en el que, cuando uno salía de viaje, debía hacer largas filas en la oficina de Telecom –o su equivalente en los diversos rincones del planeta– para esperar que la operadora lo comunicara con la casa y entregar un parte de tranquilidad. Cuando las tareas no se hacían preguntándole a Google la respuesta sino consultando en los gruesos tomos de las enciclopedias de papel.
Cuando enviábamos cartas escritas a mano o dábamos noticias luctuosas mediante un telegrama porque aún faltaban varias décadas para que apareciera WhatsApp.

Parecen tiempos muy lejanos, pero están acá no más, al girar un poco la cabeza y mirar atrás.

El mundo ha cambiado mucho más en las últimas tres décadas que en varios siglos. Y seguramente cambiará aún más en las décadas que vienen.

En medio del asombro permanente y en el afán por tratar de estar al día con tanto aparato nuevo, con tantos desarrollos sorprendentes, no hemos tenido tiempo de hacer un alto en el camino, de reconocer que la tecnología debe estar a nuestro servicio y no al contrario: nosotros sometidos por infinidad de aplicaciones que no necesitamos. Al menos no todo el tiempo.

Pienso en esto ahora que acabo de descender de un avión en el que me invitaban a mantenerme conectado con el mundo exterior mientras nos encontrábamos a varios miles de pies sobre la tierra. Una invitación que deseché porque había encontrado en los vuelos la oportunidad obligada de apagar los aparatos y mirar un rato hacia dentro.
Una oportunidad de lujo.

@quirozfquiroz

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