Una democracia imperfecta

Una democracia imperfecta

Aun en medio de tanta imperfección, la democracia colombiana ha logrado mantenerse viva y estable.

21 de octubre 2019 , 11:34 a.m.

Hace pocos días escribí una reflexión en la red social de Twitter que a primera vista habría resultado casi una obviedad: que la democracia colombiana ha sido una de las más estables del continente —quizás la más—, aun en medio de un contexto turbulento y de monumentales adversidades.

Y aunque creí que la tesis de mi publicación parecería obvia y casi irrelevante, suscitó un debate grande entre cientos de usuarios de esa red. Pero las reacciones no ponían en duda la estabilidad histórica de la democracia colombiana en contraste con las del resto de la región, y en cambio apuntaban más profundamente a la propia naturaleza del sistema político colombiano. Hasta el día de hoy me sorprende la inmensa cantidad de lectores, entre quienes se encuentran destacados opinadores, que argumentaron en respuesta que el sistema político colombiano no puede ser definido como una democracia.

Lo anterior está lejos de ser una discusión únicamente de las redes sociales. El Barómetro de las Américas del Observatorio para la Democracia, de la Universidad de los Andes, ha documentado una preocupante pérdida de confianza en las instituciones liberales por parte de los colombianos en años recientes. Para el año 2016, ninguna de las tres ramas del poder público alcanzaba una confianza superior al 30 por ciento entre la población encuestada. El mismo estudio evidencia que mientras en 2004, el 45,6 por ciento de los colombianos manifestaba creer en el sistema electoral que rige en la política, para el año 2016, ese indicador se había desplomado al 24 por ciento.

Uno de los mayores factores que llevan a los colombianos a dudar de las instituciones democráticas es la suma de decenas de escándalos de corrupción e inoperancia en el sector público, así como la violencia que a diario golpea al país. La suma de tantas tragedias humanas y políticas lleva a muchos a concluir que el sistema colombiano no puede ser considerado una ‘verdadera’ democracia. Pero ¿cómo es acaso esa forma de organización que muchos esperan que lleguemos a ser, argumentando que todavía estamos lejos de alcanzarla?

En su definición más abstracta y básica, una democracia es un sistema de organización política en el que los ciudadanos —una categoría propia de la democracia que iguala en derechos a todos los habitantes— tienen el derecho a elegir a sus representantes, a postularse como candidatos a los cargos públicos y a exigir resultados y rendición de cuentas a sus representantes. Los derechos humanos de todos los ciudadanos deben ser respetados en una democracia, así como en el sistema de justicia deben existir las mismas garantías para todos. Una democracia se caracteriza por la incertidumbre sobre el futuro, y, en ese sentido, la antítesis de la democracia está en los sistemas en los que los cambios son previsibles, advierte el teórico de la ciencia política Adam Przeworski.

Desde luego que en Colombia muchos de esos derechos están lejos de ser cumplidos en su entereza, aunque en el papel —en la Constitución— todos están garantizados. El problema es que quedarse con una lectura fracasómana de la democracia, es decir, una perspectiva concentrada únicamente en los numerosos fracasos del régimen político colombiano, nunca permitirá analizar los aciertos y los alcances logrados en la historia reciente. No conozco la primera democracia del mundo perfecta o libre de los problemas propios de la realidad de cada país, de modo que desde esa mirada en ningún Estado del mundo funcionaría una ‘verdadera’ democracia. “La democracia es más un objetivo que una realidad única”, argumenta con razón el académico Laurence Whitehead.

En ese sentido es innegable que Colombia es una democracia funcional a pesar de sus enormes problemas, y también es una realidad que en muchos aspectos el sistema político ha atravesado procesos de democratización que han permitido la representación y la entrada al sistema electoral de nuevos actores. Basta con observar la composición del Congreso durante más de un siglo, hasta el final del Frente Nacional, en manos de dos partidos políticos, y compararla con la de hoy. La diversificación del panorama y la llegada de nuevos agentes a la política, incluyendo a la históricamente excluida izquierda y los antiguos combatientes de guerrillas como el M-19 y las Farc, son logros inmensos de un proceso de democratización que hace a la Colombia de hoy un Estado mucho más democrático de lo que era hace cincuenta o cien años. Eso es innegable.

Pero el mayor éxito del sistema democrático colombiano ha sido su propia conservación en medio de contextos adversos que en muchos otros países vecinos fueron la causa de transiciones a sistemas autoritarios. La guerra de los Estados latinoamericanos contra el comunismo fue determinante para la instalación de regímenes militares como los de Chile, Argentina y Uruguay. Y aunque en pocos países del continente las guerrillas de izquierda alcanzaron la misma fuerza que obtuvieron en Colombia, capaz de poner al Estado en jaque en más de una oportunidad, el sistema político colombiano no cayó ante la terrible tentación de las dictaduras militares que lograron inicialmente seducir a casi todo el continente.

Si bien el sistema democrático colombiano ha logrado sobrevivir a las amenazas del conflicto armado y de la guerra contra los carteles del narcotráfico, todavía está lejos de ser perfecto. Ciertamente ha sido una forma de gobierno capaz de sobrevivir y adaptarse, pero aún enfrenta retos mayúsculos, como el resurgimiento de grupos armados, un crimen organizado cada vez más vinculado a las clases políticas regionales y el asesinato de líderes sociales que han abanderado causas civiles en casi todas las zonas del país. También la sofisticación y la institucionalización de la corrupción en el sistema electoral es uno de los mayores desafíos que enfrenta la democracia moderna y que a diario le resta credibilidad entre un electorado cada vez más escéptico.

La ciudadanía debe saber que aun en medio de tanta imperfección, la democracia colombiana ha logrado mantenerse viva y estable luego de un siglo en el que las adversidades no dieron lugar a una pausa. El reto ahora y siempre será extender los derechos democráticos a la totalidad de la ciudadanía y vencer cualquier fuerza que desde la ilegalidad intente ponerla en jaque.

@fernandoposada_

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