Periodismo para incomodar el dogma

Periodismo para incomodar el dogma

Las rivalidades a título personal entre políticos y periodistas poco favor le hacen a la democracia.

28 de abril 2019 , 11:18 p.m.

En los últimos días, por cuenta de la más reciente columna del periodista Daniel Coronell en la revista 'Semana', tuvo lugar un nuevo debate entre él, uno de los máximos expositores del periodismo nacional, y el senador Gustavo Petro. La discusión llevó a miles de colombianos a tomar partido en el asunto y dio lugar a un acalorado enfrentamiento.

La columna de Coronell, titulada ‘Petroleaks’, ofrecía detalles sobre un cable de WikiLeaks, el cual revelaba que, en el año 2008, el senador Petro entregó información a funcionarios de la embajada norteamericana sobre una posible “relación inapropiada” entre dos congresistas —con nombre propio— de su entonces partido, el Polo Democrático, y la guerrilla de las Farc. En pocos minutos, el senador Petro salió en defensa propia a través de la red social Twitter, dando lugar a un debate en tiempo real con Coronell, a quien tildó, entre otras cosas, de haber incluido en su columna afirmaciones “maliciosas”. El periodista respondió a los trinos de Petro y se mantuvo en cada una de las tesis de su publicación, dando lugar a un debate acalorado, pero respetuoso, entre ambos.

Twitter, una red social de la cual soy usuario cotidiano y que cumple una especie de función de termómetro de la sociedad, permitió conocer la reacción de miles de seguidores del senador Petro, quienes de inmediato salieron en su defensa, en muchas ocasiones, poniendo en duda la calidad del trabajo realizado por Coronell en ese artículo.

Al mismo tiempo, muchos de los ofendidos dejaron ver que lo grave del asunto no era la documentación señalada por el periodista sino su protagonista. Aunque muchos apoyaron a Petro desde el respeto y la argumentación sólida, otros manifestaban haber perdido la credibilidad en el periodismo de Coronell luego de leer ese artículo, como si se tratara de un jefe político intocable —algo que no puede existir en el periodismo— y dándole a la discusión un carácter personal que recuerda otros episodios de debate entre líderes políticos y periodistas que terminaron enfrentando a la ciudadanía.

Esto merece algunas reflexiones sobre el rol del periodismo frente al ejercicio de la política en una sociedad democrática. En primer lugar, debe decirse que es una característica propia del dogmatismo creer que el buen periodismo —o la literatura o la filosofía— solo es el que se ajusta a la creencia propia. Y una terrible, pero frecuente, costumbre propia de estos tiempos en los que la información y los contenidos ilimitados están disponibles de manera universal es, paradójicamente, cerrarse a la lectura de publicaciones con las que existe una mayor afinidad.

En ese sentido, son muchos los que asumen rivalidades personales con escritores, periodistas y analistas políticos por el solo hecho de tener perspectivas distintas frente al acontecer nacional. Pero apreciar y admirar únicamente los puntos de vista de quienes comparten las visiones propias del mundo y la política servirá de poco más que para reforzar los dogmas. La lectura siempre requerirá un inmenso espacio para la crítica y las opiniones divergentes, sin que por eso deban asumirse rivalidades a título personal. La lectura de voces más diversas y la construcción del criterio desde el respeto por la diferencia deberían ser tareas fundamentales en estos tiempos.

Así mismo, debe decirse que no todos los periodistas o escritores que opinen de manera diferente a la propia son malos, ni comprados por el poder ni aduladores de sectores de la política, como tantos señalan a la hora de abordar las discrepancias cotidianas. Tampoco están confabulados de manera conspiracionista y absurda para hundir a un líder político y favorecer el surgimiento de otro, por el hecho de plantear opiniones e investigar. Asumir lo peor de un periodista para defender a un sector político con el cual se sostienen afinidades está lejos de ser una actitud democrática. Otros líderes de la política, siguiendo el camino de asumir la crítica a título personal, han tomado acciones aún menos democráticas y mucho más peligrosas, como la persecución y la difamación de los periodistas que se han puesto en la tarea de investigarlos. Ya conocemos los riesgos y las amenazas que algo así implica para la libertad de prensa.

Es por eso que las rivalidades a título personal entre políticos y periodistas poco favor le hacen a la democracia y sí afectan gravemente su credibilidad en sus respectivas arenas. El ejercicio de la crítica merece ser entendido como un derecho y una libertad que trasciende el ámbito personal, aunque debe respetarlo, desde luego. Igualmente, debe recordarse que diferir en una opinión política con un periodista, como con cualquier otro ciudadano, no debe entenderse como una rivalidad personal ni como un motivo para poner en duda su credibilidad o su honra.

Incomodar las mentalidades más dogmáticas es, sin duda, una tarea esencial para el periodismo independiente y libre.

FERNANDO POSADA
En Twitter: @fernandoposada_

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