La tempestad de Trump

La tempestad de Trump

Por más que sus palabras demuestren rabia y determinación, su liderazgo cada vez se hace más débil.

11 de junio 2020 , 11:37 a.m.

La doble crisis que atraviesa Estados Unidos bien puede cambiar el rumbo político de ese país en medio de una incertidumbre económica, social y sanitaria sin precedentes. Las casi 110.000 muertes por el coronavirus y la inmensa protesta social luego de la muerte de George Floyd a manos de un policía han puesto en duda la gobernabilidad de Donald Trump y sus posibilidades de reelegirse.

No deja de ser increíble la forma tempestuosa en que dos inmensas crisis coincidieron en sus tiempos y se agravaron de sobremanera por cuenta de la enorme terquedad del presidente Trump. En primer lugar, porque esa inmensa crisis sanitaria que hoy vive Estados Unidos difícilmente habría ocurrido —al menos en esas mismas proporciones— sin su rotunda negación de la amenaza devastadora del coronavirus. A pesar de tantas lecciones que podían ser aprendidas de países europeos y asiáticos, que previamente habían padecido la pandemia desde la sorpresa y la falta de información, Trump decidió no creer en los consejos de muchos expertos. En cuestión de dos meses, Estados Unidos terminó siendo el país más afectado por el coronavirus en el mundo entero.

Se sumó a la horrible noche del coronavirus la tormenta de las protestas masivas y la violencia en gran parte del territorio estadounidense luego de la muerte del ciudadano George Floyd a manos de un policía en Mineápolis. La respuesta de Trump, represiva y cerrada ante cualquier posibilidad de diálogo frente a los justificados reclamos, estuvo lejos de llevar a una solución.

Resulta verdaderamente incomprensible que en un país donde un ciudadano afrodescendiente tiene 2,5 más posibilidades de morir a manos de un policía que un ciudadano blanco (fuente: Mapping Police Violence), la respuesta del presidente sea reprimir a quienes protestan. Se trata de una discusión que merece ser dada desde todas las arenas, en busca de transformaciones sociales profundas, en un país en el que hasta hace cincuenta años el racismo era practicado por ley. Como en muchos otros países del mundo, las prácticas racistas se han desinstitucionalizado de los marcos legales, pero siguen siendo evidentes en muchas instituciones de la sociedad y de la política.

Reprimir y amenazar con un mayor uso de fuerza a los millones de manifestantes pacíficos, igualándolos a unos cuantos vándalos, jamás será un camino de solución y solo hará más profundas las divisiones y los reclamos históricos. Precisamente la terquedad y la inflexibilidad características de Trump le han causado a su país una innecesaria cantidad de momentos de crisis y tensión que en manos de un gobernante sensato y mesurado a la hora de tomar decisiones podrían haberse evitado.

Es un hecho que a estas alturas, hasta los más radicales defensores de Trump han entendido que su discurso de mano dura ha sido insuficiente para enfrentar la profunda crisis social que crece a lo largo y ancho de Estados Unidos. Y la consecuencia es cada vez más clara ante el mundo entero: por más que sus palabras demuestren rabia y determinación, su liderazgo cada vez se hace más débil y su popularidad cae más bajo. Aquel estilo autoritario que desde el comienzo causaba desconfianza y preocupación ha demostrado ser incapaz de llamar a la unidad en tiempos de crisis, y mucho menos de encontrar caminos que conduzcan a una resolución.

El fracaso de Trump en el manejo de la reciente tempestad —y su insólita capacidad de profundizarla y de hacerla solamente peor— debería enviar un mensaje a todos los rincones del mundo (y en esto incluyo, desde luego, a Colombia) donde tantos se han dejado seducir por su forma incendiaria de liderazgo, y ante tantos jefes políticos que siguen insistiendo en emularlo. Los senderos autoritarios solamente conducen a destinos de oscuridad.

Y aunque el margen de popularidad de Trump está bien por debajo del 50 % y tantas condiciones están sentadas para su posible derrota electoral, es paradójico que aun con tanto en juego para el futuro de Estados Unidos, los norteamericanos estén obligados a escoger entre dos opciones tan desgastadas y poco capaces de llamar a la esperanza.

Fernando Posada
Twitter: @fernandoposada_

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