Homenaje a una abuela

Homenaje a una abuela

Fue ella quien me demostró que la pasión por el debate y la política nace en las entrañas del hogar.

28 de agosto 2019 , 07:00 p.m.

Mi abuela fue una mujer que hasta el último respiro adoró a su familia y creyó en Colombia, un país que vio transformar desde la primera mitad del siglo XX, en medio de las esperanzas y frustraciones de una generación que vivió el fin de una era de paz. Hoy, a raíz de la profunda reflexión que es propia de un adiós sentido, habiendo pasado pocas horas desde el momento de su partida, me tomo la licencia para cambiar los asuntos políticos que discuto en este espacio para hablar sobre su vida y su tiempo.

Porque están lejos de ser dos asuntos separados de manera irreconciliable: en mi caso, fue mi abuela Olga la primera persona a quien escuché hablar de política desde una mirada crítica y poco convencional. De manera enfática, argumentaba que Colombia no lograría saldar sus heridas más arraigadas mientras se siguiera evadiendo la inaplazable –y tantas veces aplazada– reforma agraria. En la mesa del comedor defendió todas las noches la necesidad de buscar la paz de manera negociada, sin importar la orilla ideológica de quienes intentaban alcanzarla. Y esas conversaciones extensas sobre la historia de Colombia y sus paradojas trajeron como resultado mi interés por entender la política y sus consecuencias en la sociedad, hasta el punto de convertir ese ejercicio en mi profesión.

Fue mi abuela quien me demostró que la pasión por el debate y la política nace en las entrañas del hogar, y que los valores democráticos se construyen en primer lugar desde las discusiones en familia. La apatía, para ella, era el peor de los defectos de un ciudadano y por eso se encargó de que a ninguno de sus hijos y nietos les faltara la voluntad de construir un criterio propio. Mi abuela también buscó de todas las maneras que su familia entendiera bien el contexto en el que ella había crecido y esperaba que muchas de esas condiciones no se repitieran, por el bien de un país que no se puede resignar a la derrota. Era una mujer que recordaba sus años más jóvenes con profunda nostalgia, pero también era la primera en reconocer que muchos rasgos de aquel país a blanco y negro merecían ser transformados con urgencia.

En la mesa del comedor defendió todas las noches la necesidad de buscar la paz de manera negociada, sin importar la orilla ideológica de quienes intentaban alcanzarla

Quizás por eso disfruté tanto preguntarle a mi abuela por la época en la que nació y por sus recuerdos más remotos. Hablar de eso era también observar a través de sus ojos una Colombia antigua y remota que de golpe se desdibujó. Mi abuela, que había nacido apenas trece días antes de la muerte de Gardel en Medellín, recordaba con perfección los años de una Bogotá bella y de antaño que sería destruida para siempre. Una Bogotá de jardines y de cachacos amables y elegantes que de repente fue derrumbada en medio de los alaridos de sus profesoras, que buscaban cerrar cada puerta de su colegio y evitar que la enfurecida muchedumbre les hiciera daño durante la noche del 9 de abril. Nunca olvidó los gritos de la turba ni el brillo intenso de las antorchas que desde las ventanas observaba esa noche que para siempre cambió su vida y el destino del país.

Por eso, despedir a mi abuela es también despedir un momento de la historia de Colombia del cual quedan cada vez menos testigos, capaces de hablar de esos tiempos en primera persona, con la misma nostalgia y con la misma capacidad de sintetizar las enseñanzas de un siglo tan turbulento. Pero me queda el consuelo de que mi abuela murió con la esperanza de que la suerte de Colombia parecía cambiar en sus últimos años y que quizás sus nietos tendríamos la suerte de vivir tiempos más pacíficos que los de ella.

Mi abuela, una mujer generosa en cada una de sus acciones, deseó hasta su última hora que su familia pudiera tener una vida de unidad, prosperidad y solidaridad, superando cualquier conflicto o división. Y siempre tuvo claro que esa historia debía tener lugar en Colombia, un país al cual nunca le perdió la fe, aun en sus peores horas. Su esperanza de que este sea algún día un país transformado, más justo y más diverso, es la mejor herencia que nos deja a sus hijos y sus nietos, quienes hoy celebramos su vida y agradecemos cada una de sus enseñanzas.

Gracias por el tango y la política, Olguita; gracias por enseñarnos sobre la perseverancia en las horas más adversas, por el cariño infinito y la generosidad desbordada. Aquí nunca te olvidaremos ni dejaremos de llevar tantas lecciones valiosas a la práctica.

@fernandoposada_

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