Duque y la bandera de la contrarreforma

Duque y la bandera de la contrarreforma

Está claro que el gobierno Duque no ocupará un lugar destacado en la historia del reformismo.

20 de noviembre 2020 , 09:25 p. m.

Pocos hubieran creído, hasta hace poco tiempo, que el ocaso del uribismo llegaría de la mano de un presidente repetidor de eslóganes y lugares comunes. En los ocho años de gobierno Uribe y sus ocho años como opositor del gobierno Santos, sus defensores construyeron una narrativa sobre los valores que encarnaba como líder, “frentero” y de “mano firme”. Es muy poco lo que el presidente Iván Duque encarna de esos ‘valores’ que los electores uribistas exigen y que esperaban encontrar en su forma de gobierno cuando votaron por él en 2018. Muchos han dicho sentirse decepcionados por esto.

Sin embargo, el estilo uribista de Duque, a primera vista menos radical que el de su mentor, está lejos de ser un liderazgo “sin bandera” como algunos analistas erróneamente han señalado con simplismo. Si bien está claro que el gobierno Duque no ocupará un lugar destacado en las páginas de la historia del reformismo y que su nombre no sonará junto al de los grandes estadistas colombianos, está lejos de ser un gobierno sin objetivos claros. Desde los primeros días de su campaña hasta las más recientes semanas de su gobierno ha demostrado que el retroceso y la contrarreforma en temas cruciales como la paz, la tierra y la construcción de memoria son banderas de su cuatrienio.

Que Duque sea tímido públicamente en admitir esas banderas no significa que no las tenga. De hecho, su silencio ante algunos asuntos de interés nacional es un acto profundamente político y lleno de significado. Sin duda, el mayor ejemplo de esto puede encontrarse en la manera clara y deliberada en que su gobierno ha invisibilizado –aunque esté lejos de admitirlo– gran parte de los logros del acuerdo de paz con la guerrilla de las Farc. Desde su partido pidieron a gritos que los acuerdos fueran hechos ‘trizas’, y Duque ha respondido a ese deseo, no desde la destrucción más expresa, sino desde el abandono político de la paz y su lenta agonía.

De hecho, en pocos meses la construcción de paz pasó de ser la mayor prioridad a nivel de Estado a una de segundo o tercer plano. Los presupuestos para la JEP y para varios programas de paz han recibido cada vez menos prioridad e inversión, y el equipo de gobierno solo parece recordar el acuerdo en sus viajes internacionales (vaya conveniencia). Y aunque Duque no ofrezca discursos en la plaza pública justificando este tipo de abandono a la paz, condenada cada vez más al olvido, su silencio al respecto está lejos de significar una ausencia de banderas. Las acciones, vistas concretamente en hechos como su pelea pública con la JEP, la reducción de presupuestos y la baja visibilidad para programas presidenciales, hablan más fuerte que los discursos.

El silencio no significa pausa o falta de acciones y es ahí donde muchos analistas parecen equivocarse. Pocas cosas son tan silenciosas como las contrarreformas. Basta con apenas dejar de firmar unos cuantos documentos, reducir los presupuestos de proyectos ambiciosos o restarles importancia en los planes del gobierno. Mientras los discursos reformistas vienen acompañados de conmovedora retórica, de aplausos y de tarimas llenas, las contrarreformas rara vez ocupan un espacio en la agenda de gobierno, y solo necesitan un acuerdo privado y silencioso entre los actores más relevantes del caso, de espaldas a la ciudadanía. Este es el caso del gobierno Duque y su política de ahogar los logros del proceso de paz desde la reducción de presupuestos, la deslegitimación de la JEP y el retiro de la construcción de paz de las prioridades del Estado.

Otra de las más polémicas medidas de retroceso del gobierno Duque responde también al llamado de los más radicales miembros de su partido de volver a escribir –una vez más– la historia a su acomodo. Con el nombramiento de Darío Acevedo como director del Centro Nacional de Memoria Histórica, Duque y su partido político han insistido en redimir a sus colaboradores y aliados cuyos vínculos con los capítulos más oscuros del país han sido documentados. A la versión uribista de la historia le incomoda mucho la ampliamente demostrada responsabilidad en el marco del conflicto de otros actores distintos a las Farc, la guerrilla que culparon de todos los males del país –y que fue la responsable en muchos casos–. Pero a estas alturas el país es cada vez más consciente de lo ocurrido en el marco del conflicto y el intento autoritario por modificar la narrativa poco cambiará su estudio y, en cambio, ha aumentado la indignación ciudadana contra el gobierno.

Al silencio atronador de las contrarreformas hay que temerle, pero sobre todo hay que saberlo reconocer y jamás subestimarlo. Mucho menos debe ser confundirlo con la falta de acciones. Luego de dos años y medio en el poder, el gobierno Duque no le ha apostado a una sola reforma ambiciosa que pueda permitirle pasar a la historia como un presidente que pensó en el futuro del país. A lo que sí le ha apostado es a usar el poder presidencial para complacer a sus electores más radicales y a su partido, a derrumbar los logros en materia de paz de su antecesor y a reescribir la historia del conflicto armado a su acomodo. Duque debe entender, como bien lo demuestran todos los sondeos de la opinión pública, que la sociedad civil les ha dejado de creer a su partido y a su concepción de la historia. El presidente está cada vez más tarde para entender que el tiempo de su gobierno se agota mientras intenta complacer a sus más radicales electores.

Fernando Posada
En Twitter: @fernandoposada_

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