De analistas políticos y los Nostradamus de las redes

De analistas políticos y los Nostradamus de las redes

Es crucial insistir que kilómetros enteros separan el análisis político del activismo.

15 de mayo 2020 , 06:10 p.m.

Un manual de reglas del análisis político jamás ha sido redactado, para suerte de quienes creemos que una labor puede cumplirse con rigor desde la ética y sin imposiciones por parte de manos autoritarias. Y no sería necesario porque, en buena parte, el conjunto de normas que rigen este oficio al que tantos nos dedicamos es precisamente saber lo que jamás debe hacerse.

Sin embargo, es mucho lo que la tantas veces decepcionante calidad del debate público evidencia que debe mejorarse en materia de análisis político desde distintas arenas de discusión en Colombia. Señalar algunas de sus mayores fallas es un primer paso hacia la construcción de un mejor análisis político en espacios de debate.

En primer lugar, la labor del analista debe entenderse desde el andén opuesto al activismo político y su más radical forma: la adoración casi religiosa de líderes de todas las orillas. Está claro que un analista puede –y no solo puede: también debe– poner sobre la mesa sus preferencias políticas, sus gustos y disgustos. Por honestidad con sus lectores, un analista debería dejar claro que, como todas las demás personas, está sujeto a opiniones que sin duda tendrán influencia en su producto final. Empero, su mayor diferencia con el resto de comentaristas y opinadores radica en su inusual capacidad de ejercer la crítica hacia todos los lados de la balanza, incluso con los partidos que más afecto le merecen. Aunque existan proyectos de su entera simpatía, un analista político tiene que ser capaz de pronunciar su desacuerdo con estos en momentos en que se cometan errores y se incumplan las premisas que crea fundamentales.

Esa es, quizás, la mayor diferencia entre el análisis y el activismo, otro campo fundamental para el debate público, orientado por distintas búsquedas y métodos. Y esta aclaración se hace necesaria, en gran parte, ya que en Colombia se ha vuelto costumbre que muchos candidatos derrotados en la carrera por cargos de elección popular terminen haciendo uso de la etiqueta de analistas políticos para figurar en debates y discusiones, dejando la naturaleza propia de este oficio envuelta en una ambigua confusión. Es, entonces, crucial insistir que kilómetros enteros separan el análisis político del activismo.

También tendría que dejarse claro que la labor del analista debe ser mucho más que la producción de contenidos permanentemente indignados y de conclusiones destinadas a quienes quieren reiterar, como sea posible, siempre, que todos los políticos roban, que todos son corruptos, menos los de su fanática predilección. Alimentar la casi automática indignación desde las generalizaciones va en contra de lo que debería ser un objetivo permanente de los analistas: la construcción de lecturas sobre situaciones actuales desde lo específico y lo creativo, evitando siempre los lugares comunes de la generalización.

Cito apenas un ejemplo entre muchos que han surgido en las redes sociales durante las últimas semanas, de la cuenta del consejero presidencial Hassan Nassar, quien antes, desde la arena del análisis político, fue un fuerte crítico del gobierno Santos. “Pagando impuestos para que se lo gasten en publicidad”, trinaba en 2014 el entonces analista político y ahora consejero presidencial, como si eso no hicieran gobiernos a lo largo y ancho de la historia (y como si no fuera necesario que los gobiernos hagan uso de la publicidad para mostrar sus logros). ¿Qué de nuevo presentaba un análisis tan general y universal, que prácticamente podría aplicar para cualquier gobierno del mundo moderno? Generalizar y llamar a la permanente indignación no solo aporta poco al análisis político: también en ocasiones se devuelve al pie de la letra contra los antiguos indignados.

Está claro que los métodos facilistas de la generalización jamás serán el camino hacia el desenlace que la mayoría de analistas deberían por instinto perseguir: la creación de lecturas sólidas e innovadoras de una realidad particular, que faciliten su entendimiento por parte del público. Hacer uso de la generalización solo convertirá a los analistas, como bien lo recuerdan con sarcasmo en las redes sociales, en verdaderos Nostradamus indignados, capaces de criticar una práctica cuando proviene de un sector que se cuestiona y de defenderla cuando existe una afinidad política con quienes la utilizan.

Pero sin duda se hace cada vez más necesaria otra claridad en el debate público. Recurrir a la grosería, a las ofensas y a los ataques personales, como tantos insisten en hacer en la era de las redes sociales, representa una falla en la labor de un analista político. Un buen análisis jamás necesitará ofensas personales, pues no solo no aportan nada, sino que desvían del tema central y ponen en duda el compromiso del analista con la ética profesional. Aceptar y aplaudir las ofensas contra algún político solo porque con él se difiere conlleva al poco deseable escenario de un debate público cada vez más flojo y carente de argumentos. Y aceptar estas prácticas viscerales, tan comunes en estos tiempos, es conformarse con muy poco.

Fernando Posada
En Twitter: @fernandoposada_

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