El nefasto legado de Trump

El nefasto legado de Trump

El mensaje que dejó fue que quienes son malos, patanes y vengativos están en capacidad de gobernar.

21 de enero 2021 , 09:25 p. m.

Esta nueva era, en medio de una gravísima pandemia y de una crisis económica de escala global, solo podría haber sido peor de una sola manera: si el 20 de enero el presidente Donald Trump hubiera vuelto a asumir la presidencia de Estados Unidos luego de una reelección que para la fortuna del mundo no se dio. La posesión de Joe Biden como presidente de Estados Unidos parece prometer el final de una época en la que la decencia y el respeto por los principios democráticos fueron relegados a un segundo plano.

Sin embargo, a pesar del moderado optimismo por el comienzo de la era Biden, el mal ejemplo de Trump y sus formas tan contrarias a los valores democráticos han empoderado a líderes políticos del mundo entero a asumir estilos copiados de Trump. Las consecuencias de las prácticas y el discurso de Trump tardarán décadas en ser remediadas, así como la división social que profundizó durante su presidencia tomará muchos años en ser reconciliada. De la agenda y las formas de Trump pueden derivarse al menos cinco nefastas características que definen su legado –oscuro, desde luego– para la democracia norteamericana y todas las democracias occidentales, que no son ajenas a los debates y a los estilos de liderazgo surgidos en Estados Unidos.

Quizás el más profundo de los daños ocasionados por Trump a los sistemas democráticos es también el más reciente. Se trata de su decisión de irrespetar y desconocer los resultados democráticos de la elección en la que fue derrotado. No solo Trump pasó de elegirse cuatro años atrás con ese sistema a cuestionarlo ante la derrota por un supuesto fraude: también minó la confianza en las instituciones electorales e hizo creer a sus seguidores que, en efecto, había sido víctima de una trampa. Aunque las autoridades electorales, el Congreso y las cortes han establecido que no hubo fraude alguno en las elecciones de noviembre, Trump convenció a sus votantes de lo contrario; suficiente para debilitar de manera grave la credibilidad en instituciones democráticas que suman casi 250 años de historia. Si los aprendices de Trump en el mundo entero –incluyendo a Colombia, donde los hay– deciden desconocer los resultados de las elecciones al ser derrotados, los sistemas democráticos enfrentarán una gravísima amenaza en los años que se avecinan.

Por otro lado, la actitud vengativa e intimidante de Trump contra la libertad de prensa marcó un antes y un después para la relación entre medios de comunicación y líderes políticos en Estados Unidos. En una gravísima afrenta a las libertades de opinión, expresión e información, Trump les declaró la guerra a sus críticos y usó el poder de la presidencia para atacarlos. Así, acabó con acuerdos históricos entre prensa y poder, que permitieron durante décadas el acceso de los medios de comunicación a eventos y entrevistas del presidente, acusando de promover noticias falsas (“you are fake news”) a los medios que se atrevieron a cuestionarlo. El odio de Trump contra los medios de comunicación libres y críticos se ha extendido a lo largo y ancho del mundo por medio de líderes que llegaron a verlo como un ejemplo y ha traído como consecuencia numerosas agresiones contra periodistas en el cumplimiento de sus labores. Con inmensa preocupación hoy puede decirse con certeza que de la mano de Trump llegó una de las eras más oscuras para la libertad de prensa de los tiempos modernos.

Pero los ataques de Trump no solo fueron contra la prensa. Su discurso, tristemente premiado por sus electores, fue también un retroceso enorme en materia de relaciones interpartidistas. En una democracia como la norteamericana, en la que los derrotados reconocen desde el primer día la victoria de su contrincante y buscan acercamientos con ellos, Trump nunca se interesó por trabajar en conjunto con los demócratas, a quienes derrotó en 2016. Su relación con algunos de los más visibles líderes demócratas, como el nuevo presidente Biden, estuvo caracterizada por mentiras y ataques personales, carentes de respeto alguno. Para cualquier democracia –y más para aquella que se precia de ser la más antigua y estable– es una derrota notable en materia de valores políticos que el presidente llame ‘La loca’ Nancy (Pelosi), ‘La bandida’ Hillary (Clinton) o ‘El dormilón’ Joe (Biden) a sus adversarios, como hizo Trump durante cuatro años. Devolver la diplomacia a la política y sustraer de ella los ataques personales tendrá que ser una urgente tarea del nuevo gobierno.

Otra de las más nefastas características del estilo de gobierno de Trump fue su determinación divisiva de gobernar para el sector que lo eligió, lejos de procurar acercamientos con sectores más diversos como muchos otros presidentes consiguieron hacer en su momento. Esto es aún más grave si se tiene en cuenta que entre los electores de Trump se encontraban algunos de los sectores más racistas de la sociedad norteamericana, y que, a diferencia de otros jefes republicanos a lo largo de la historia, fue incapaz de condenar sus discursos. Su actitud ambigua en los debates presidenciales a la hora de referirse a las organizaciones racistas dejó ver con claridad que se trataba de un presidente incapaz de rechazar los discursos racistas con tal de conservar el apoyo que recibía de parte algunos de sus promotores.

Pero, sobre todo, el gobierno de Trump fue nefasto para el mundo entero porque envió el mensaje de que quienes son abiertamente malos, patanes y vengativos están en capacidad de gobernar y determinar el rumbo de sus naciones. No solo cabe esperar que con la era Biden regrese la decencia a la política, sino también será necesario que la venganza, la rabia y la división promovidas por Trump sean sustraídas de los libros de prácticas de republicanos y demócratas.

Fernando Posada
En Twitter: @fernandoposada_

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