Secciones
Síguenos en:
América Latina: ¿condenada a un pasado sin fin?

América Latina: ¿condenada a un pasado sin fin?

Los latinoamericanos seguimos aferrados a un pasado oscuro que sigue determinando nuestro futuro.

27 de abril 2021 , 09:25 p. m.

Las recientes elecciones en Ecuador y Perú, así como las de hace un par de años en Argentina, Brasil y Colombia, recuerdan con preocupante claridad que el peso del pasado sigue determinando el futuro de América Latina. El nocivo legado del personalismo y el caudillismo en la política lo continúan pagando los países latinoamericanos con un saldo de polarización y atraso.

¿Qué tienen en común, más allá de sus tendencias políticas, liderazgos como el de Chávez en Venezuela, Fujimori en Perú, los autodenominados ‘peronistas’ de la familia Kirchner en Argentina, Correa en Ecuador, Morales en Bolivia y Uribe en Colombia? Por encima de sus agendas, diferentes unas de otras, a todos los caracterizaron sus ansias de permanecer en el poder y la manera en que vieron en las reglas de juego de la democracia un obstáculo para sus proyectos políticos.

Hoy es posible separar en al menos dos grandes categorías los programas de los líderes populistas de los últimos treinta años en América Latina, entre quienes buscaban mantener un statu quo (Uribe y Fujimori) y quienes buscaban transformarlo basados en discursos de justicia social y redistribución de la riqueza (Chávez, Correa y Morales). Pero a pesar de las profundas diferencias entre los contextos y los debates de los países que gobernaron, sus liderazgos tuvieron en común el deseo de reformar las reglas establecidas para permanecer en el poder más tiempo del permitido. Y cuando los límites constitucionales o jurídicos no les permitieron mantenerse más tiempo al mando de sus países —afortunadamente—, acudieron al viejo sistema de nombrar sucesores para delegar su poder.

A estas alturas, si hay un rasgo común que ha caracterizado a América Latina luego de la década de los noventa, tras la caída de las dictaduras militares y el regreso de la democracia, es precisamente el surgimiento de fenómenos caudillistas de izquierda y de derecha que acabaron con el orden de los partidos tradicionales. Y a pesar de que los gobiernos de los más importantes caudillos han llegado a su final, sus voluntades siguen pesando inmensamente en la política de cada país. Hoy los peruanos están muy cerca de escoger a Keiko Fujimori como su próxima presidenta, reivindicando el nefasto legado de su padre, más de veinte años después de su salida del poder. Y hace dos semanas, los ecuatorianos eligieron frenar el deseo de Rafael Correa de gobernar en cuerpo ajeno, escogiendo a su más radical contrincante: el ahora presidente electo, Guillermo Lasso. En las elecciones de América Latina, el pasado pesa más que los proyectos del futuro.

En Colombia, el panorama está lejos de ser más esperanzador. La era del uribismo, que suma los años de Uribe como presidente, jefe de oposición contra el gobierno Santos y
poder detrás del poder durante el gobierno Duque, alcanza por ahora 20 años. Se trata, a pesar de lo poco que se ha escrito sobre el tema, de una era aun más larga que el mismísimo Frente Nacional (1958-1974). Lo que resulta inaudito es que aún un sector amplio de la ciudadanía colombiana planea votar por el próximo elegido del expresidente, incluso proponiendo que sea su hijo el nuevo candidato, desconociendo los daños que ese sistema con ínfulas de dinastías ha causado a toda la región. ¿Cuántos más años deberá nuestra república soportar el peso de un proyecto construido sobre el culto a la personalidad de un solo líder? ¿Hasta cuándo seguirán los colombianos entregándole al mismo jefe político la infinita capacidad de determinar desde su mirada, sus obsesiones y sus caprichos el futuro de una nación entera?

Colombia y la región han pagado un precio muy alto tras décadas de haber caído en los discursos empalagosos y tentadores del populismo. Mientras unos pocos líderes concentran inmenso poder en sus manos, los sistemas de partidos, necesarios en cualquier democracia para construir programas de gobierno hacia el largo plazo y para rendir cuentas a la ciudadanía, se han visto reducidos a su mínima expresión. Así mismo, significa un estruendoso fracaso para las democracias que el poder político en la región se vea hegemonizado hasta el punto de que líderes desconocidos puedan llegar repentinamente a la presidencia de sus países por el solo hecho de haber sido elegidos ‘a dedo’ por sus jefes.

Los latinoamericanos seguimos aferrados a un pasado cada vez más oscuro que sigue determinando nuestro futuro desde los odios y las rivalidades de líderes que hace décadas deberían haberse jubilado. Cuanto más pronto salgamos de esta espiral de megalomanía y deseos de revancha, más podrán las democracias recuperar la credibilidad y estabilidad deseadas. Colombia está advertida, aunque lo estuvo muchas veces ya e, igualmente, eligió caer en viejas trampas.

Fernando Posada
Twitter: @fernandoposada_

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.