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La gran recesión y la crisis del covid-19

La gran recesión y la crisis del covid-19

De allí surgió la determinación de que dichos errores no se iban a repetir con la pandemia.

06 de diciembre 2021 , 08:00 p. m.

Vislumbrando el posible final de la crisis originada por la pandemia del covid-19, con mutaciones y todo, comienzan a aparecer reflexiones comparativas sobre las respuestas de las autoridades a esta crisis y las diferencias con la reacción a la Gran Crisis Financiera (GCF) del 2008.

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Comenzando por la GCF, la reducción de la demanda agregada y el aumento del ahorro de empresas e individuos, junto con tasas relativamente altas de desempleo y baja inflación, persistieron por varios años más después de concluida la GCF, resultando en economías operando muy por debajo de su potencial. De esta experiencia emerge un consenso de que la principal razón de esta falla estuvo en el limitado uso de los instrumentos de la política fiscal (gracias al bloqueo de los republicanos en el Congreso americano al presidente Obama), en particular la renuencia a aumentar el gasto público, ya fuera para financiar inversión o apoyar los ingresos de los hogares en dificultades (ver N. Irwin, ‘How America’s Pandemic Economic Response Fought the Last War’; NYT, noviembre 17, 2021). Ello influenció la respuesta de política económica a la pandemia con la determinación "de esta vez pecar por exceso y no por defecto", como lo dijo la Sra. Yellen, secretaria del Tesoro de los Estados Unidos, refiriéndose a la gran expansión fiscal y monetaria.

El resultado esta vez ha sido una rápida recuperación y un aumento de los ingresos de los ciudadanos americanos, aun por encima de su tendencia antes de la pandemia. La respuesta fiscal deficiente a la GCF a nivel federal condujo también a una contracción prolongada de los gobiernos subnacionales (estados), profundizando y prolongando en el tiempo la recesión económica. En síntesis, el limitado uso de los instrumentos de política fiscal para responder a la GCF prolongó innecesariamente el shock de la demanda y el desempleo, a un gran costo humano y económico. De allí surgió la determinación de que dichos errores no se iban a repetir con la pandemia del covid.

La enorme expansión fiscal y monetaria del 2020 ha llevado a un exceso de demanda y, por ende, a una deficiencia del lado de la oferta que no ha podido responder a la recuperación del 'paciente' después del ‘coma inducido’ de comienzos del año pasado, como resultado de los cierres mandatorios de empresas y las restricciones para contener el contagio a la movilidad de los trabajadores y los ciudadanos, doméstica e internacional.

Derrotar la deficiencia de demanda ha traído otra serie de problemas, en particular un aumento enorme en la deuda pública, una explosión del tamaño de los balances de los bancos centrales (¡con compras de activos financieros por US$ 120 billones por mes por parte del FED de los Estados Unidos!) y una aceleración importante de la inflación (pasando de alrededor del 1 al 6 por ciento este año), al haberse generado un exceso de demanda por encima de la capacidad de respuesta de la oferta agregada (agravada por los problemas de respuesta de las cadenas productivas, la carencia de componentes electrónicos vitales para algunas industrias –como la automotriz– y los cuellos de botella en los puertos y el transporte marítimo y terrestre).

Derrotar la deficiencia de demanda ha traído otra serie de problemas, en particular un aumento enorme en la deuda pública.

Retrospectivamente, la crisis de la pandemia se inició con un shock dramático de demanda, seguido de una rápida recuperación en ‘V’ del PIB, que más que llenó la brecha entre la demanda y la oferta. Dada esa secuencia (contracción pronunciada de la demanda, seguida de inelasticidades por el lado de la oferta), en un ámbito de gran incertidumbre, las autoridades optaron por dar una respuesta a lo Mario Draghi, de hacer todo lo que fuera necesario para evitar los errores de la crisis anterior, con la convicción de que es más costoso en el largo plazo errar por defecto que por exceso.

Reflexionando sobre la respuesta a las crisis, el gobernador del Banco Central del Canadá ofrece tres excelentes lecciones para su manejo (T. Macklem, ‘Central banks will stay on the alert as they steer the recovery’, FT, noviembre 16, 2021). Lo primero es ser ambicioso en la respuesta inicial a las crisis, ya que es imperativo no optar por "aguas tibias" y dar confianza, pero teniendo el ojo puesto en cómo salir, ya que, si bien es difícil lograr la aprobación de medidas de política económica excepcionales, puede ser aún más difícil desmontarlas. Segundo, que es preferible en una crisis excepcional enfocarse en los resultados que en plazos artificiales, afirmando que las decisiones adoptadas se mantendrán hasta que se logren los resultados que se buscan (por ejemplo, restaurar en pleno el empleo), si bien no sabemos cuándo ellos se lograrán. La tercera lección es estar preparados para enfrentar lo inesperado, pero sin la arrogancia de un “sabelotodo”, y conscientes de que se enfrentan situaciones complejas en un ámbito de gran incertidumbre. Estas sabias lecciones se aplican para enfrentar crisis económicas, así como nuestras propias crisis personales.

FERNANDO MONTES

(Lea todas las columnas de Fernando Montes en EL TIEMPO, aquí)

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