El club de los ‘proustáticos’

El club de los ‘proustáticos’

El cáncer no es una cuestión personal. Convive en una población amplia invadida por la enfermedad.

10 de febrero 2020 , 07:17 p.m.

Puedo decir que a lo largo de mi vida he gozado de buena salud. Aparte de una gripa, un dolor de cabeza, o la bendita ‘literatosis’, que suele atacar por temporadas a quienes escribimos, he sido una persona saludable.

Esta condición privilegiada otorgada por la diosa naturaleza me ha evitado visitar clínicas y hospitales, hacer largas filas y sufrir los incumplimientos permanentes a que nos tienen sometidos las entidades prestadoras de salud, llamadas EPS.

En el devenir de mi existencia me jactaba de esta situación, hasta cuando el doctor Andrés Felipe García me detectó un cáncer de próstata.

La primera conclusión que tuve fue que el cuerpo humano es frágil. Llamé a Gustavo Álvarez Gardeazábal para decirle que si me quedaba en el trance, me reservara una parcela de tierra en la tumba que él separó en el cementerio de San Pedro de Medellín, donde reposan los restos de don Jorge Isaacs y Tomás Carrasquilla.

Llamé a mi amigo Juan Manuel Roca para contarle mis penas, y el poeta, que sufre de gota y vive en La Soledad de Bogotá, me dijo que, de ahora en adelante, yo hacía parte del club de los ‘proustáticos’.

La generación ‘proustática’ es aquella que a lo largo de su vida ha leído a Marcel Proust, el autor de ‘En busca del tiempo perdido’. Y me aconsejó que cambiara de lecturas y me acercara a Céline, Colette y Michel Houellebecq.

Toda intervención quirúrgica está precedida por un sinnúmero de exámenes y citas médicas. A medida que visitaba clínicas y laboratorios, me daba cuenta de que el síndrome del cáncer no era una cuestión personal, sino que convivía en una población amplia que estaba invadida por la enfermedad.

El cáncer es una pandemia del mundo contemporáneo. Por primera vez descubrí que el servicio médico de la Universidad del Valle, al que pertenezco, es el mejor del país.

Mientras otros pacientes hacían largas filas y rogaban para que los atendieran, yo tenía prioridad y era bien atendido. Allí conocí de cerca el gran negocio de muchas entidades de salud, que se lucran con las cotizaciones de sus miembros, dejando morir a sus pacientes. Ojalá las EPS del país funcionaran como la de Univalle, que conserva un espíritu humanista.

Al ingresar al ‘pasillo de la muerte’ me encontré con el poeta Julián Malatesta, quien me contó que estaba allí porque se le había incrustado un poema a la altura del apéndice. Unos metros más adelante se encontraban los escritores Antonio Correa y Jaime Galarza, quienes tenían una tertulia literaria con las enfermeras de turno.

Antes de ingresar al quirófano, el doctor Antonio Joaquín García, médico y literato, quien escribe con bisturí, se acercó y me dijo que yo estaba en buenas manos. “Mi hijo Andrés Felipe y yo vamos a sacarte ese pequeño monstruo que llevas en tu vientre. Para ver si mejora tu escritura”. Dijo.

Luego, un anestesiólogo me dopó literalmente con una dosis de morfina. En el sueño casi eterno, recordé el libro ‘Reseña de los hospitales de ultramar’, de Álvaro Mutis, y poco a poco comencé a pensar, en medio de este mundo de narcisista y vanidoso, en la profunda fragilidad del ser humano.

Fabio Martínez
www.fabiomartinezescritor.com

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