De lo animal

De lo animal

El ser humano ha retomado lo peor de su animalidad para volcarlo contra la propia naturaleza.

15 de febrero 2019 , 07:00 p.m.

En el libro Lo abierto, el hombre y el animal, el filósofo italiano Giorgio Agamben cuenta que la Biblia hebrea del siglo XIII está ilustrada con preciosas miniaturas en las que se muestra cómo en la antigüedad existía una fusión entre el hombre y el animal, entre el ser humano y la naturaleza.

Agamben destaca el cuadro de la última página, en cuya parte superior están pintados el pájaro Ziz, el buey Behemot y la ballena del Leviatán.

En la parte inferior están sentados los justos en la cena mesiánica, devorándose los tres animales antes mencionados, pero sus cabezas no son humanas sino de animales. En el grabado se alcanza a ver que los justos tienen un pico rapaz de águila, una cabeza de buey y unos rasgos grotescos de asno.

El animal es violento cuando tiene hambre o es atacado por otro de su especie. El problema central del hombre es que es violento de una manera racional y deliberada.

Hoy, en pleno siglo cibernético, la fusión entre el ser humano y el animal, entre el Homo sapiens y la naturaleza, está escindida.

¿Cómo se produjo esta fractura del ser humano con el animal? ¿Cuándo el ser humano decidió abandonar su naturaleza animal y ponerse en una frontera peligrosa que raya con lo inhumano?

El propio Agamben afirma que estamos viviendo en el epílogo del fin de la humanidad y el comienzo de la inhumanidad.

El comienzo de humanidad se inició en el Renacimiento, y el inicio de la inhumanidad comenzó en Auschwitz.

Al separarnos de la naturaleza, el ser humano ha retomado lo peor de su animalidad para volcarlo contra él mismo y contra la propia naturaleza.

No obstante los avances científicos y tecnológicos, el ser humano está volviendo a la época de las cavernas, cuando para defenderse era necesario portar un mazo o un fémur.

El animal es violento cuando tiene hambre o es atacado por otro de su especie. El problema central del hombre es que es violento de una manera racional y deliberada.

Nos jactamos de decir que asistimos a la gran revolución digital, que estamos en vías de curar el cáncer y el alzhéimer, que tenemos la fórmula mágica para ser jóvenes, bellos y eternos, pero a diario nuestros arcontes de la política global muestran sus dientes de hiena y claman por la guerra.

¡La guerra! Se grita desde Siria hasta Venezuela, sin comprender que la guerra es el fracaso de la política.

Los ministerios de Ambiente ponen el grito en el cielo cuando un ama de casa corta una rosa de su jardín, pero se hacen los ciegos cuando las empresas mineras, legales e ilegales, destruyen el planeta, y la codicia humana construye diques y represas, secando ríos y generando desastres ambientales.

En el libro, Agamben cuenta que el ensayista francés George Bataille quedó impresionado cuando vio en la sección de medallas de la Biblioteca Nacional de Francia que los arcontes tenían cabeza de animales.

En la cultura gnóstica, los arcontes eran entidades demoníacas que gobernaban el mundo, y se caracterizaban por avivar la guerra y destruir el planeta.

www.fabiomartinezescritor.com

Sal de la rutina

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