… y la reserva

… y la reserva

La solución es implantar un sistema capitalista liberal y democrático, basado en la justicia social.

23 de enero 2020 , 07:26 p.m.

La reunión anual número 50 en Davos (Suiza), donde se dan cita los grandes capitalistas de todos los países para analizar la situación de la economía y estudiar la forma de sacar más provechos y privilegios para sus intereses, y en contra de los intereses del resto de la humanidad, por primera vez quizá está marcada por un grado de confusión absoluta. El discurso de una joven de diecisiete años, la activista Greta Thunberg (que viene diciendo desde hace un lustro verdades tan evidentes como incómodas, o incómodas por evidentes) acerca del peligro ya palpable e inminente de extinción en que se encuentran la raza humana y las distintas formas de vida del planeta por causa del cambio climático, del abuso despiadado de los recursos naturales y la consiguiente devastación de la naturaleza.

Greta no inventa nada. Sus palabras describen hechos comprobables a la vista; pero no únicamente son las palabras de Greta las que han sembrado el pánico en Davos entre los plutócratas asustados que asisten al Foro. Otra mujer, la búlgara Kristalina Georgieva, presidenta (recién posesionada) de la entidad que carga sobre sus hombros buena parte, si no toda, de responsabilidad en la crisis económica mundial que ha generado corrientazos de escalofrío entre los privilegiados de la fortuna, descrito por el corresponsal de Rusia Today (RT) como “un ambiente apocalíptico”, ha dicho, Kristalina, que llegó la hora, así no sea bienvenida, de ponerle fin al modelo económico (neoliberal) y encaminar la economía hacia la justicia social, la remuneración digna del trabajo y la puesta de los avances científicos al servicio de la humanidad y no solamente de los poderosos.

Hace doscientos años lo advirtió Adam Smith en su ensayo prodigioso sobre la riqueza de las naciones: “No es difícil –dice– empero prever cuál de las dos partes se impondrá habitualmente en la puja y forzará a la otra a aceptar sus condiciones. Los patronos, al ser menos, pueden asociarse con más facilidad, y la ley, además, autoriza, o al menos no prohíbe sus asociaciones, pero sí prohíbe las de los trabajadores. No tenemos leyes del parlamento para las uniones que pretenden rebajar el precio del trabajo; pero hay muchas contra las uniones que aspiran a subirlo”.

Agrega el fundador de la economía política que los intereses creados son la valla impenetrable que se atraviesa en el camino del progreso humanos y la causante principal de la desigualdad social y económica, que extiende la pobreza a la mayoría y concentra la riqueza en pocas manos. Para el 2020, la organización Oxfam reveló en Davos la ampliación escandalosa de la brecha entre ricos y pobres. El dato es escalofriante: el 1% de la población mundial posee tanto o más poder económico (y en consecuencia político) como el 99 %, es decir que siete millones de personas en el mundo conforman una élite que reúne tanto dinero como los seis mil novecientos millones restantes de la cifra de siete mil millones de seres humanos que hoy habitan la Tierra.

“La desigualdad extrema se salió de control” concluye Oxfam. “Cientos de millones de personas viven en la pobreza extrema, mientras que las élites más ricas reciben enormes ganancias. Nunca ha habido tantos milmillonarios y su riqueza ha alcanzado un record histórico. Mientras tanto, las personas en mayor situación de pobreza del mundo se han empobrecido aún más”.

Se les olvidó anotar que también hay una superélite, que no sobrepasa las doscientas personas. La de los billonarios, el verdadero poder que hoy maneja el mundo, y cuya preocupación no es, precisamente, ver cómo alivian la situación de los más pobres, sino cómo les quitan lo poco que les queda, según manda la doctrina neoliberal.

Sin embargo, la confusión de carácter apocalíptico que reina en Davos permite deducir que las élites han aguzado las narices y olfateado el peligro, y quitándose los tapones que se ponen en los oídos para no escuchar las quejas de “los de abajo” están meditando en las advertencias de los sabios. Al menos, así parece.

Aunque nadie lo crea, Adam Smith no es el autor favorito de los ricos. Lo odian casi tanto, o acaso más, que a Carlos Marx, porque en su libro, que hace la apología del capital, lanza al mismo tiempo una crítica feroz de los capitalistas y de los empresarios.

La verdad es que el sistema capitalista liberal y democrático, tal como lo plantea Adam Smith, basado en el trabajo, la equidad social y la justicia distributiva, no se ha practicado sino en escasos momentos de la historia moderna. Por ejemplo, durante los gobiernos laboristas de Inglaterra en el siglo XX, los de Franklin D. Roosevelt, y John F. Kennedy en Estados Unidos, o los de la República Liberal, especialmente el de López Pumarejo en Colombia.

El fenómeno que ocurrió con la primera revolución industrial y la Revolución francesa es que los grandes señores feudales, y todo el sistema feudal, se camuflaron en la nueva era disfrazados de burgueses, y continuaron manejando los hilos del poder. Se modernizó e instaló la doctrina económica del libre cambio, que hoy conocemos como neoliberalismo, y que ha desembocado en la crisis mundial que empezó en 2008, sin la menor traza de terminar bien.

La ultraderecha feudal ha tratado desesperadamente de mantener el control, pero cada día lo pierde más, y si no se aviene a una reforma cardinal del sistema económico, lo perderá todo.

La solución es implantar un sistema capitalista liberal y democrático, basado en la justicia social y en la equidad distributiva de la riqueza, adecuado por supuesto a las condiciones actuales de la cuarta revolución industrial y a las innovaciones de la ciencia y la tecnología. Se requieren gobiernos como los de Roosevelt, MacDonald, Kennedy y López Pumarejo. El enemigo no es un fantasma comunista que no existe y que no existirá antes de dos o tres siglos. El enemigo, como lo advirtió Adam Smith, son los intereses creados y la avaricia sórdida de los empresarios.

Habrá que ver.

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