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Unidad, la opción mágica

Unidad, la opción mágica

Aunque el imperio haya causado nuestras desventuras, no podemos culpar por ellas a EE. UU.

El libertador Simón Bolívar tenía claro que para América Latina (nuestra América) la independencia y la libertad sin la unidad no eran más que un sueño. Así lo manifestó en cientos de sus proclamas y lo definió en su convocatoria al Congreso Anfictiónico de Panamá (1826), primer evento de carácter latinoamericano para adoptar una conjunción de naciones con diferentes gobiernos o modos de vida, pero con intereses comunes cuya defensa requiere, para ser exitosa, una acción asimismo común (ese es el significado de la palabra griega anfiction).

Dijo entonces el Libertador: “Una sola debe ser la patria de todos los americanos, ya que en todo hemos tenido una perfecta unidad”.

La expresión del Libertador no debe leerse sin tener en cuenta su sentido gramatical: “Hemos tenido”. Quiso señalar aquel hombre grande entre los grandes que la perfecta unidad que tuvimos para luchar por la independencia ya no la teníamos para sostener esa independencia en el tiempo. En consecuencia, estábamos en peligro de perderla.

En efecto, la perdimos. Francisco de Miranda, Antonio Nariño y Simón Bolívar, Bolívar, con su ojo de patriotas desinteresados anticiparon los fenómenos históricos que nos aguardaban, y que los falsos patriotas, o “patriotas de a medio” como los denominó Nariño, no podían ni querían ver en su ceguera oportunista y sus ambiciones personales.

Tres años antes (1823) del Congreso Anfictiónico, el presidente de los Estados Unidos, James Monroe (1817-1825), lanzó la doctrina que lleva su nombre, sintetizada en la locución “América para los americanos”. Mientras, los patriotas de a medio celebraron jubilosos la Doctrina Monroe como una prueba apodíctica de que en el norte una nación rica, poderosa, nueva, constituida sobre bases democráticas tendía su mano justa, liberal y generosa para brindar “protección y abrigo” contra cualquier amenaza exterior o calamidad interior a las repúblicas hispano y luso parlantes ubicadas al centro y al sur del continente.

Bolívar, ocupado en la útil fase de la guerra por la independencia, no conoció el documento hasta su ingreso en Lima con las tropas libertadoras, después de la victoria de Ayacucho que puso término a la guerra. Lo leyó, como acostumbraba, escudriñando el contexto y captó su sustancia. América para los americanos solo incluía a los americanos angloparlantes. En ese sentido, el norte era América, y el sur, el patio trasero que debía servir, sumiso y agradecido, los intereses de los Estados Unidos de América.

Obligado a permanecer en Lima para poner orden en el caos desatado allí por las ambiciones y las intrigas de militares y políticos que conspiraban contra el proyecto unitario, Bolívar encomendó al vicepresidente de Colombia, Francisco de P. Santander, las gestiones diplomáticas que garantizaran los medios de trasladar a Panamá a los delegatarios de los países latinoamericanos que aceptaran asistir al Congreso Anfictiónico. La misión encargada por el presidente-libertador a su vicepresidente incluyó una recomendación expresa y tajante: al Congreso de Panamá no deberá invitarse a los Estados Unidos “porque sus intereses son distintos a los intereses de los Estados Latinoamericanos”.

Aun con su agudeza superior, Bolívar no alcanzó a olfatear desde tan lejos, y absorbida su mente por tantas preocupaciones, que la hábil diplomacia estadounidense tenía en un puño al ‘vice’ Santander, a quien convencieron de que los intereses de la República Modelo (así reconocida entonces por haber sido la primera en adoptar esa forma de gobierno) eran los mismos de Colombia y de las “antiguas colonias españolas”, a las que nada les convenía tanto como recogerse bajo el ala protectora de la Doctrina Monroe.

Santander alucinó con el monroismo. Ignoró la recomendación de su jefe y cursó invitación al ministro plenipotenciario de Estados Unidos en Bogotá para participar, con voz y voto, en las sesiones del Congreso Anfictiónico. Los Estados Unidos supieron aprovechar la ocasión para poner en marcha su imperio incipiente. Los delegados del presidente John Quincy Adams (1825-1829) llegaron a Panamá con instrucciones concretas de sabotear las reuniones. Lo hicieron con eficacia admirable. El Congreso Anfictiónico resultó un fracaso y el proyecto unitario del Libertador quedó en estado cataléptico, hasta hoy.

La invitación obsequiosa del vicepresidente Santander les abrió a los Estados Unidos de América del Norte, anglosajona, blanca y protestante (supremacismo) la puerta para intervenir en los asuntos internos de los Estados Desunidos Latinoamericanos, pluriétnicos, católicos y perezosos. Al saboteo impecable del Congreso Anfictiónico siguió la destrucción de Colombia (1830), el despojo de la mitad del territorio mexicano (Tejas y California, 1848) y la parálisis del desarrollo económico y social de América Latina.

Aunque el imperio haya sido el causante de nuestras desventuras, no podemos culpar por ellas a los Estados Unidos, sino a nosotros mismos, que no supimos entender la grandeza del pensamiento de Simón Bolívar ni conservar con el cerebro lo ganado con el corazón.

¿Cuáles serán ahora, en medio de la crisis económica y social más grave de la historia mundial, nuestras relaciones con los Estados Unidos y la administración demócrata-progresista de Joe Biden? Abordaremos en la próxima columna la respuesta a ese interrogante y a otros relacionados con él, que surgen de las declaraciones de Álvaro Uribe y de Sergio Fajardo, publicadas por EL TIEMPO (11/10/2020 y 12/10/2020).

NOTA: la serie sobre Historia de la 7.ᵃ continuará y concluirá en diciembre.

Enrique Santos Molano

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