Sin fórmulas

Sin fórmulas

Si el presidente Duque entiende su deber, la fórmula es sentarse con el Comité Nacional del Paro.

28 de noviembre 2019 , 07:00 p.m.

“Un presidente no es un rey”, le recordó una jueza a Donald Trump, al amonestarlo por la actitud de monarca absoluto que ha asumido desde su elevación al mando de la patria de Franklin, Washington, Jefferson, Lincoln, Roosevelt (Franklin D.), Kennedy y Martin Luther King, entre otros muchos y muchas que forjaron la grandeza democrática de los Estados Unidos, hoy menguada, tristemente.

La misma sentencia es aplicable al presidente colombiano Iván Duque. Él no ha hecho esfuerzo por disimular su creencia profunda de que es un monarca con poderes absolutos, como un Fernando VII, o como cualquiera de esos reyes misántropos que tan bien retrata Shakespeare. ¿Para él los colombianos no son ciudadanos, sino vasallos, y hay que tratarlos como tales?

No ha entendido, o no se ha dado cuenta, o lo ha ignorado siempre, el presidente Duque, que él no es sino un servidor público, nada más. No importa que desempeñe el alto cargo, de jefe de la administración, su carácter incuestionable es el de servidor público, y entre más alto el cargo que ocupe, mayor su responsabilidad frente a los ciudadanos que (le guste o no) son sus mandantes.

Nuestras jóvenes y nuestros jóvenes recorren las calles conscientes de lo que hacen y resueltos a no ceder un paso hasta que sus demandas sean atendidas

Las intervenciones del presidente no pueden ser más erróneas ni errátiles. Propone “seis grandes ejes” para una conversación nacional sin pies ni cabeza. Esos ejes están ordenados en la Constitución, y el presidente debe aplicar la Carta, en cumplimiento de sus obligaciones como servidor público. La propuesta de los “seis ejes” y la negativa de sentarse a un diálogo serio y de fondo con el Comité Nacional del Paro demostraron la ninguna intención que este servidor público tiene de servirle al público.

Tan desconectado del país está el presidente que cambia la grafía del nombre de Colombia y dice que se escribe con P mayúscula. Cualquiera puede cometer un lapsus verbal, pero en este caso es un lapsus significativo. Aun si Duque hubiera dicho correctamente “que queremos una Colombia con C mayúscula”, sería una perogrullada. Hace dos siglos que Colombia se escribe con C mayúscula. Tal vez Duque quiso decir que deberíamos construir una Colombia en mayúsculas (COLOMBIA), y ni eso supo decir.

Después hizo unas propuestas “sociales” igual de inocuas a sus “seis ejes”. Todo eso está contemplado en el Estado social de derecho que ordena nuestra Constitución. Lo pertinente es que los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial dejen de violar la Carta Magna y pongan en práctica lo ordenado por ella.

El presidente Duque tampoco entiende a los jóvenes, no los conoce ni por el forro. Con malévola intención busca confundirlos con los vándalos a sueldo que se mezclan en las manifestaciones para ensuciar la protesta. No, señor presidente. Los jóvenes de hoy que están marchando en las calles y pueblos del país entero son millennials (o generación del milenio) y están cambiando el mundo, aquí en Colombia y en todas partes. Y lo están cambiando porque tienen la fuerza, la conciencia, la capacidad, el conocimiento, la inteligencia y la alegría para hacerlo. El cacerolazo sinfónico del miércoles en el parque de la 60 (parque de los Hippies) le dio la vuelta al mundo, como ejemplo de civilización y democracia, contrastado con los gases del Esmad. Las denuncias de la concejal de Medellín Luz María Múnera Medina sobre los desmanes del Esmad contra los estudiantes que manifestaban pacíficos en la Universidad de Antioquia, y la lesión ocasionada a la joven Yuri Camargo en un ojo por los gases, son más que elocuentes. No hablemos del dolor que a todos nos ha causado la muerte del joven Dilan Cruz.

La juventud de hoy no está marchando en las calles, enfrentando con música, creatividad, sin violencia, y con coraje invencible, los gases tóxicos del Esmad y la represión brutal del gobierno, porque Petro les dijo que “salieran”, como lo ha expresado torpemente el primer mandatario. Nuestras jóvenes y nuestros jóvenes recorren las calles conscientes de lo que hacen y resueltos a no ceder un paso hasta que sus demandas sean atendidas.

El presidente está sin fórmulas para solucionar la crisis. Esas fórmulas reposan en el Comité Nacional del Paro, representante de los ciudadanos (estudiantes, docentes, profesionales, afrodescendientes, indígenas, líderes sociales y comunidades urbanas y rurales). Si el presidente Duque entiende su deber, la fórmula es sentarse con el comité. Y sentarse dispuesto a escuchar, no a que lo escuchen.

Como al principio de esta columna cité a algunos de los padres fundadores de los Estados Unidos de Norteamérica, no sobra rematarla con el pensamiento que uno de ellos, Thomas Jefferson, plasmó en el preámbulo de la Declaración de Independencia de 1776:

“Siempre que una determinada forma de gobierno implique la destrucción de la vida, de la libertad y de la búsqueda de la felicidad, el pueblo está en el derecho de transformarla o abolirla, para constituir un nuevo gobierno basado en tales principios y organizando sus poderes de la manera que considere idónea para lograr su seguridad y felicidad…

“Cuando una interminable cadena de abusos y usurpaciones, que invariablemente persiga el mismo objetivo, revele su propósito de someterlo al despotismo absoluto, será derecho y deber del pueblo derrocar a dicho gobierno, y procurarse nuevas garantías para su futura seguridad”.

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