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Reflexión sobre Bogotá

Reflexión sobre Bogotá

Los problemas de Bogotá no estriban en su condición de capital de la república.

30 de enero 2020 , 05:00 p. m.

Como si Bogotá y el país no tuvieran problemas suficientes, se les ha ocurrido uno muy original a un representante y a un ministro sin oficio. La idea ‘supercool’ de cambiar la capital por una ciudad distinta a Bogotá que no esté ubicada en Cundinamarca.

(Vea: PROPONEN CAMBIAR LA CAPITAL)

Los argumentos son peregrinos. Para salvar a Bogotá de la contaminación que hoy la agobia, detener la sobrepoblación urbana y rural (sabana de Bogotá) y sacar a Bogotá del embrollo de movilidad en que se encuentra, entre otros males urbanos, la solución supuestamente es trasladar la capital a otra ciudad, o, por lo menos, sacar de Bogotá los ministerios para conseguir una verdadera descentralización. Sencillo ¿no?

Cuando el presidente Tomás C. de Mosquera propuso a mediados del siglo XIX reubicar la capital del país en Panamá para evitar la pérdida del istmo, el sabio geógrafo Agustín Codazzi explicó en un ensayo por qué la capital de Colombia (entonces República de la Nueva Granada) no podía ser otra distinta a Bogotá, debido a su ubicación geopolítica privilegiada y estratégica, que la constituía en la única ciudad con capacidad para cohesionar el país y conjurar su disolución. Mosquera, hombre sagaz, no insistió en su propuesta, ni encontró apoyo en las provincias. Entendió que el traslado de la capital a Panamá no impediría la separación, que habría de ocurrir tarde o temprano, como lo estipuló veladamente uno de los artículos del Tratado de Amistad y comercio de 1848 con los Estados Unidos, que otorga a dicha nación la franquicia para ocupar los terrenos del istmo que considere convenientes para construir un canal interoceánico. (Véase mi libro ‘1903, adiós Panamá’, Villegas Editores, Bogotá, 2004).

Como si Bogotá y el país no tuvieran problemas suficientes, se les ha ocurrido uno muy original a un representante y a un ministro sin oficio

¿Solucionará el cambio de capital los problemas de Bogotá, o mejorará las condiciones sociales, políticas, económicas rurales y urbanas del resto del país? Pensarlo es una idiotez del tamaño de las tres cordilleras. Los problemas de Bogotá no estriban en su condición de capital de la república. Son los mismos que, en grado mayor o menor, enfrentan las demás capitales del país, y que podemos reducir a esto: los malos gobernantes y la indiferencia de los ciudadanos, que en Bogotá es arraigada como una mala yerba.

El único efecto que tendría el avanzar en una propuesta de cambiar de capital sería el de dar principio a la desarticulación del país y poner en pie de guerra a treinta ciudades capitales que se pelearían por ser escogidas como la nueva capital. Tendríamos desmembrado el país en menos de lo que se piensa.

Bogotá ha tenido muchos alcaldes malos, muchos regulares y unos cuantos buenos. A esos buenos alcaldes les debemos las cosas buenas que ofrece la ciudad, y no son pocas, aunque los ciudadanos no las aprecien ni mucho menos las defiendan. Así, por ejemplo, gracias a los presidentes y alcaldes de la República Liberal (1930-1946) se contrató al urbanista y arquitecto austriaco Karl Brunner para elaborar el primer Plan científico de desarrollo urbanístico de Bogotá. Cualquiera puede comprobar en las colecciones de prensa, en las memorias de los ministros, en los álbumes fotográficos, en el Archivo Distrital, e incluso en las guías telefónicas, la transformación asombrosa de Bogotá gracias a la buena gestión de alcaldes virtuosos y con alto sentido del servicio público. Si no se pudo hacer más para realizar a cabalidad el plan Brunner, cúlpese a los intereses privados de los transportadores, los urbanizadores y los contratistas que obstruyeron obstinadamente numerosas obras de utilidad y necesidad, por ejemplo, el metro. Después vino el plan, bastante desatinado, del famoso Le Corbusier, que no le aportó nada al desarrollo de Bogotá. Merced a la gestión del alcalde Gaitán Cortés, y a su plan de veinticinco años, pudo Bogotá recuperar el ritmo armónico que traía hasta finales de los años cuarenta, y pudo también el alcalde Virgilio Barco hacer una alcaldía excelente.

Por tratarse de un tema que exige más espacio, dejo para la columna siguiente la segunda parte de esta reflexión sobre Bogotá, que ojalá incite a los ciudadanos a tomar parte activa y entusiasmada en el destino de la ciudad donde viven.

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