Pulso por Bogotá

Pulso por Bogotá

Las elecciones dirán hasta qué punto aspiramos los bogotanos vivir en una ciudad del primer mundo.

26 de septiembre 2019 , 07:00 p.m.

Estamos a un mes exacto de las elecciones regionales más importantes de los últimos veinticinco años. Por supuesto, cualquier elección, regional, parlamentaria o presidencial, es importante como manifestación de la voluntad popular, siempre y cuando esa voluntad no se vea alterada por manipulaciones de distinto orden, como el trasteo o la compraventa de votos, la violencia, el constreñimiento al elector y otras.

Para los comicios del 27 de octubre confluyen factores contraproducentes que los medios de comunicación y organizaciones observadoras del proceso electoral en el país han venido denunciando. En el caso de Bogotá, la Misión de Observación Electoral (MOE) dice que “creció el riesgo electoral” (El Espectador, 25 de septiembre del 2019) y “señala que de 817 puestos de votación… 163 tienen algún grado de posibilidad de que se presente un fraude: dieciocho están en riesgo extremo; 51, en riesgo alto, y 94, en riesgo medio”. En semanas pasadas, el Consejo Nacional Electoral (CNE) anuló la inscripción de cerca de 900.000 cédulas sospechosas de trasteo fraudulento.

La conclusión de la MOE sobre “la falta de pedagogía electoral” como el ingrediente inicuo para facilitar el fraude es acertada pero inoperante. La pedagogía electoral no es una materia exclusiva de las épocas preelectorales. Esa pedagogía debería ser parte de nuestro sistema educativo. Los niños, desde sus primeros años en las aulas, requieren instrucción pedagógica incesante en el uso del que será uno de sus derechos y sus deberes elementales cuando, como ciudadanos, puedan ejercer su derecho a elegir y a ser elegidos, e influir en el destino de su país por medio de elecciones democráticas y limpias. El hecho de que la abstención ciudadana en las elecciones ronde siempre el sesenta por ciento indica la pésima calidad de nuestra educación pública y privada, y la necesidad de una reforma educativa total, que prescinda del academismo y del formalismo, y que vaya a las raíces de lo que está mal, para sanarlo del todo.

Empecemos por quietarle el título engañoso de ‘educación superior’ a la educación universitaria. Hasta ahora considerada con torpeza suprema como ‘educación inferior’, la ‘educación primaria’ es la verdadera educación superior. Esta ha de comenzar en la infancia. Si los educandos no llegan a la universidad con bases sólidas, el resultado será un fracaso y el sistema universitario solo generará ignorantes con diploma, no ciudadanos conscientes.

Así lo prueba, elección tras elección, el comportamiento de las campañas electorales en las que los argumentos razonados e inteligentes, la exposición de programas de gobierno que muevan a la discusión y el análisis entre los ciudadanos, al examen de las capacidades de los candidatos, de su honorabilidad e interés sincero en servir al bien común, son sustituidos por guerras sucias, insultos, maledicencia, chismes y demás artimañas que han terminado por hastiar al electorado. De aquí surge el riesgo máximo: la abstención, que les deja el campo libre a los captores de votos mediante promesas atractivas que jamás cumplirán.

Las elecciones del 27 de octubre tienen para la capital de la república un significado particular. Ellas van a decidir la ciudad que tendremos en el siglo veintiuno. Si continuamos con el modelo autoritario neoliberal de Peñalosa, o viramos a un modelo progresista que se base en la participación ciudadana, como el que propone Hollman Morris, candidato de Colombia Humana-Unión Patriótica-Mais. El pulso por Bogotá se ha centrado en el metro elevado, que promueve la administración actual (que apoyan los candidatos Claudia López, Carlos Fernando Galán y Miguel Uribe), y el metro subterráneo que abandera Hollman Morris. Muchos manifiestan en redes sociales y medios de comunicación tradicionales su deseo de que se debatan otros temas urbanos. Eso resulta innecesario. El metro, elevado o el subterráneo, así como el TransMilenio o el tranvía por la avenida Séptima van a ser los ejes de la transformación de Bogotá para el presente siglo. No tiene objeto presentar como programas de gobierno cosas que son obligatorias para cualquier administración. La lucha contra la corrupción pregonada por Claudia López es un deber permanente de las autoridades; decir que “conmigo temblarán los delincuentes” (Miguel Uribe) es una bobería. En toda época, los alcaldes están obligados no solo a poner a temblar a los delincuentes, sino a meterlos en cintura y a garantizar la seguridad de la ciudadanía.
Proponer a “Bogotá para la gente” (Galán) es una obviedad solemne. Los gobernantes son elegidos por la gente y deben gobernar para la gente. Si ninguna de esas premisas se cumple y la corrupción campea, los delincuentes no tiemblan o la gente se siente mal gobernada, es porque los gobernantes están haciendo mal la tarea e incumpliendo con sus obligaciones constitucionales.

Las propuestas de campaña tienen que ser de otro género, novedosas en lo posible. Y en esa categoría entra la formulada por Hollman Morris. Hacer de Bogotá una ciudad del primer mundo. Ello implica una mirada integral que abarca los problemas de la ciudad y una solución para todos y cada uno de esos problemas (que no son pocos), comenzando por implementar el transporte multimodal a partir del metro subterráneo, proyecto que se encuentra listo para entrar a licitación y para inaugurar su primera línea en los próximos tres años. En tal sentido, las elecciones del 27 de octubre decidirán si los ciudadanos le apuestan al metro subterráneo o prefieren el elevado, pero también los resultados dirán hasta qué punto aspiramos los bogotanos vivir en una ciudad del primer mundo, que Morris ha venido explicando en el curso de su campaña.

Tan importante como la elección del alcalde es la del Concejo. La lista de Colombia Humana-Unión Patriótica-Mais, que ha tenido escasa publicidad, está integrada por personalidades ilustradas, de elevados valores y amplio conocimiento de las necesidades de la capital. La componen once mujeres y once varones, y la encabezan Ana Teresa Bernal, Heidy Sánchez, Ati Quigua, Susana Muhamad y José Cuesta Novoa.

De importancia suma sería que el currículum y la trayectoria pública de los veintidós integrantes de la lista (cerrada) progresista tuvieran la máxima divulgación. El pulso por Bogotá se ganará con la fuerza de las convicciones.

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