Por qué Hollman

Por qué Hollman

Ha venido exponiendo su proyecto para convertir a Bogotá en una capital del primer mundo.

15 de agosto 2019 , 07:00 p.m.

Supongamos que Claudia López gana en octubre la alcaldía mayor de Bogotá, o que la ganan Carlos Fernando Galán o Miguel Uribe Turbay. No habría ninguna diferencia. Los tres son candidatos de la baraja peñalosista y cualquiera de los tres que resulte elegido va a continuar con el modelo Peñalosa. El único candidato alternativo a ese modelo es Hollman Morris.

El modelo Peñalosa ha conseguido darle al burgomaestre actual los índices de impopularidad más altos en la historia de las administraciones capitalinas, que en un esfuerzo de publicidad desesperada él quiere contrastar con una eficiencia ilusa, anidada solo en la imaginación desbocada de sus asesores de perfil.

¿Por qué esa impopularidad del alcalde Peñalosa? Arranca desde su primera administración. Saboteó entonces, ilegalmente, el metro subterráneo para vendernos el TransMilenio bajo el supuesto de que tal sistema superaba al subte y era la solución definitiva para la movilidad de los ciudadanos en Bogotá. Como el culebrero hábil que embauca con palabrería distractora a los transeúntes desprevenidos para engrupirles chucherías como productos baratos de alta calidad y primera necesidad.

Un ejemplo gráfico es el de vendedores ambulantes que, en la séptima y otras arterias, durante las décadas de los ochenta y los noventa, si no recuerdo mal, tenían botados sobre el suelo una cantidad de pequeños artículos y a pulmón abierto gritaban ‘todo a cien, todo a cien’, lo cual traducía que cualquiera de esos artículos que el ciudadano les comprara, costaba cien pesos. Un regalo que todos deberían aprovechar, bobos si no. Alguna vez vi, entre esos ‘todo a cien’, unos borradores que el día anterior había visto en Febor (el nunca bien lamentado almacén del Fondo de Empleados del Banco de la República), donde solo costaban diecinueve pesos. Esa es la historia del TransMilenio del alcalde Peñalosa. Nos lo vendió como un ‘todo a cien’ cuando su valor real no sube de diecinueve.

En otras palabras, los ciudadanos fuimos engañados. TransMilenio resultó una baratija de culebrero que no arregló el problema de movilidad de la ciudad, pero frustró, dos veces más (porque en su segunda administración, con el cuento del metro elevado repitió la hazaña culebrera), el metro subterráneo de Bogotá y la posibilidad de que la capital de Colombia pudiera contar con un sistema multimodal de transporte público urbano masivo, como ya en el país lo tiene organizado, por ejemplo, Medellín, ciudad de gentes sensatas que la aman, la cuidan y con sabiduría han evitado elegir alcaldes modelo Peñalosa.

Si cualquiera de los tres candidatos, Claudia, Uribe o Galán, que continuarían con el modelo Peñalosa, es elegido, se va a encontrar en una capital semicolapsada, si no es que colapsada del todo, atrasada, amenazada por un POT que solo busca favorecer los negocios de la rosca inmobiliaria y que fatalmente conduce a la pavimentación o cementación de la Sabana. Ninguno de los tres mencionados posee los conocimientos administrativos, urbanísticos, ni la experiencia para enfrentar los desafíos urbanos múltiples del siglo XXI y reparar las falencias de una ciudad capital que, si no se supera el modelo Peñalosa, está condenada a no salir del tercer mundo, ni en este ni en muchos siglos.

Mientras que dichos candidatos continuistas no han podido presentarles a los ciudadanos de Bogotá programas claros de gobierno que tiendan al bien común, el candidato alternativo de la coalición progresista Colombia Humana-Unión Patriótica-Mais, Hollman Morris, ha venido exponiendo su proyecto para convertir a Bogotá en una capital del primer mundo. Ambicioso, pero posible y sostenible, ‘Bogotá, ciudad del primer mundo’ abarca la estructuración del transporte público urbano multimodal: primera línea del metro subterráneo y diseños de las líneas dos, tres y cuatro para ser construidas antes del 2038; tranvía eléctrico, primera línea ida y vuelta por la carrera séptima; inicio de la conversión del TM diésel en TM eléctrico, hasta su completa electrificación antes del 2035. Ferrocarril de cercanías, y estudio de los nuevos sistemas de transporte urbano que comenzarán a generarse en el mundo en los próximos treinta años; arborización masiva y limpieza del aire para eliminar la contaminación ambiental, hoy en niveles muy peligrosos para la salud humana; adecuación de la educación primaria, secundaria y superior a las nuevas tendencias científicas y tecnológicas: nanociencia, nanotecnología, robótica, inteligencia artificial, etc. Conservación y mantenimiento de los barrios tradicionales; reorganización científica de la nomenclatura y la señalización pública. Apoyo en grandes recursos para todas las actividades culturales y las de entretenimiento y deporte; fomento al turismo y a los eventos de carácter internacional. Y, por descontado, el cumplimiento cabal de las actividades y deberes propios de cualquier administración, de modo que los ciudadanos no tengan motivo de queja, y si lo tienen, que se les pueda resolver al instante. Además, una acción coordinada con los representantes de Bogotá en el Congreso, para estructurar el Estatuto Orgánico del Distrito Capital que le dé el estatus de gobernación y disponga la transformación de las actuales localidades en veinte distritos urbanos dotados con sus concejos y planes autónomos de desarrollo, en coordinación, eso sí, con la Secretaría General de Planeación.

No más alcaldes abusivos que vayan entrando a saco en las comunidades con el pretexto de proyectos de renovación urbana inconsultos y que los moradores rechacen. Es preciso también liquidar la institución perniciosa, inoficiosa y corrupta de los curadores urbanos.

Tales son, expuestos ‘grosso modo’, los elementos de revolución urbana que plantea Hollman Morris para hacer de Bogotá una ciudad del primer mundo. No es que semejante tarea se vaya a cumplir en solo cuatro años, pero se podrá adelantar en ellos con la tenacidad, la inteligencia y la actividad infatigable que caracterizan a Morris (de las que dio prueba apodíctica en la Bogotá Humana al transformar el humilde Canal Capital en uno de los de mejor programación y ‘raiting’ más elevado), y dejar sentadas en su administración las bases sólidas para mostrar a Bogotá, en los quinientos años de su fundación, como una gran ciudad cosmopolita, del primer mundo.

Hacen falta uno o varios debates televisados, amplios y a profundidad, entre los cuatro candidatos, para darles oportunidad a los ciudadanos (cada vez más apáticos y escépticos) de pulsar quién está verdaderamente capacitado para trabajar por el bienestar general y el desarrollo armónico de la capital de Colombia.

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