¿Paz? ¡Siempre!; ¿guerra? ¡Jamás!

¿Paz? ¡Siempre!; ¿guerra? ¡Jamás!

El Centro Democrático ha tratado de pescar en río revuelto con la renuncia truculenta del Fiscal.

23 de mayo 2019 , 07:23 p.m.

La convocatoria hecha por el presidente Iván Duque a los jefes de partidos políticos afines a su administración, o independientes no opositores, para un “pacto nacional”, destinado a garantizarle al Gobierno las mayorías parlamentarias que hoy no tiene, es quizá la actitud más abiertamente antidemocrática manifestada hasta el momento por el mandatario actual, como ya lo han señalado voces críticas en la prensa, comentaristas, ciudadanos, los mismos partidos independientes no opositores y los movimientos de oposición.

El joven presidente Duque propone mantener la vieja política de los conciliábulos y los cónclaves a puerta cerrada, en los que cuatro o cinco personas toman, a espaldas de los ciudadanos, decisiones que los afectan y de las que se les excluye por completo, sin dejarles otra alternativa que obedecer como rebaños ciegos y mansos. No debe estar enterado el presidente de que la tendencia mundial del siglo XXI no es la ultraderecha dictatorial disfrazada de democracia representativa, sino el avance hacia la democracia participativa y deliberante, como en Colombia lo ordena nuestra constitución.

Ahora, ni siquiera la deficiente democracia representativa le acomoda, aquí, en Colombia, a esa minoría prepotente, empeñada en destrozar (o “hacer trizas”) la paz y en negarles a los colombianos y colombianas la posibilidad de construir un país nuevo, un país para el siglo XXI, democrático, en el que sean realidad plena el estado social de derecho y el respeto a los derechos humanos.

Para conseguir esa meta no se requieren “pactos nacionales” entre cabecillas políticos, sino aplicar al pie de la letra la constitución. La minoría parlamentaria del partido de gobierno, Centro Democrático (CD), ha tratado de pescar en río revuelto con la renuncia truculenta del fiscal (hoy exfiscal) Néstor Humberto Martínez, para desprestigiar la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), pedir una asamblea constituyente e incitar al presidente Duque a declarar la “conmoción interior”, que le permita gobernar de manera dictatorial, si no despótica.

Muy preocupante la posición del Presidente de la República, quien se inclina peligrosamente más y más hacia terrenos belicosos en procura de desbaratar la JEP

Una constituyente a estas alturas, como lo expuso Germán Vargas Lleras en su columna del domingo pasado en EL TIEMPO, no es más que una fantasmagoría para engañar a los tontos. ¿Conmoción interior? ¿Qué conmoción interior puede declarar el Presidente de la República si en el país no hay ninguna conmoción interior? O tal vez sí. La única conmoción interior que ocurrió en estos días fue el lamentable desmayo de un senador oficialista que sufre descompensaciones orgánicas.

La campaña contra la JEP, el juego siniestro contra la paz y la construcción del posconflicto se han visto contrariados por dos hechos contundentes. El primero, que los guerrilleros desmovilizados no han caído en las trampas de provocación que constantemente les tienden los halcones del Centro Democrático. El asesinato de ciento veinte exguerrilleros, el insulto permanente de senadores energúmenos a los senadores de Farc, que se abstienen de responder la agresión verbal, el hostigamiento judicial y el montaje contra Santrich, con pruebas de dudosa ortografía que el fiscal renunciante ocultó durante un año, no han podido destruir la decisión inconmovible del Farc de mantener la paz por sobre cualesquiera circunstancias adversas en las que se le pretenda colocar. La carta de Rodrigo Londoño en respuesta a la aseveración desatinada de Iván Márquez (“Entregar las armas fue un error”) demuestra que, para la Farc, el camino de la guerra y de las armas es una opción desechada para siempre y enterrada en lo más profundo.

El otro aguafiestas del festival guerrerista del CD es el informe de The New York Times sobre una nueva temporada de ‘falsos positivos’, estructurada en directrices del Ejército colombiano. El informe del NYT, muy preciso e imparcial, ha desatado la histeria de los halcones, réplicas incoherentes del Gobierno y la respuesta grosera de una senadora oficialista, que se ha valido de fotos falsas para desacreditar al periodista autor del informe.

Muy preocupante la posición del Presidente de la República, quien se inclina peligrosamente más y más hacia terrenos belicosos en procura de desbaratar la JEP. ¿Tanto le temen a que se revele la verdad? La postura del presidente, más que contradictoria, es inconsecuente. Por un lado, sus palabras son las de un hombre de buena voluntad, de buenas intenciones. Por otro, un zapador contra la paz y un ejecutor del mandato de terceros que lo traen por mal camino. Podría decirse de él, suavemente, que nunca se vio a un presidente tan bien intencionado ni tan mal aconsejado.

La campaña contra la JEP, el juego siniestro contra la paz y la construcción del posconflicto se han visto contrariados por dos hechos contundentes.

Esa ambivalencia presidencial (paloma verbal, halcón fáctico) ha generado en los últimos días dos documentos trascendentales en apoyo a la paz. Uno, de las fuerzas de oposición, con la vocería de Gustavo Petro, para replicar a las declaraciones del presidente Duque en las que se refiere a la renuncia del fiscal Martínez Neira, a la JEP, desdeñosamente, y amenaza con la conmoción interior. Hablando en nombre de la oposición, Petro cierra su intervención con estas palabras: “Póngase del lado de la reconciliación y de la paz, presidente Duque, que nosotros, aquí, desde la lucha por la paz, lo acompañaremos en este paso”.

El otro documento es una Carta abierta al presidente Duque, firmada por doscientos sesenta académicos de universidades de Colombia, América Latina, Europa y Estados Unidos, fechada el 21 de mayo, en la que se enumeran las distintas acciones de tipo oficial que se han ejecutado contra los acuerdos de paz y contra la JEP, así como el asesinato sistemático de líderes sociales, la persecución a sindicalistas, docentes, defensores y defensoras de los derechos humanos, y el desprecio por la opinión ciudadana. La carta de los académicos concluye:

“… Dada la falta de acción de su gobierno [del presidente Duque], y la magnitud del problema, consideramos necesario y urgente que entidades internacionales como Human Rights Watch y Amnistía Internacional organicen comisiones de investigaciones de fondo sobre el particular [los hechos denunciados] para que podamos tener información veraz que permita prevenir nuevos casos y hacer justicia para los hechos ya ocurridos.

De su parte, esperamos que reconozca que estamos en un momento histórico en el que es posible cambiar el rumbo de la economía nacional y de la política social, por una opción de protección de la vida y del medioambiente con réditos traducidos en buen vivir para las generaciones venideras.

Lo invitamos a que responda abiertamente a esta carta y nos cuente cuáles han sido los avances y decisiones para evitar este derramamiento de sangre y cuáles las nuevas medidas para esclarecer esta dolorosa e inaudita situación humanitaria. A la espera de su respuesta, los abajo firmantes le seguiremos apostando a la paz mundial, a la paz territorial integral, una paz anhelada en cualquier lugar del mundo y en esta Colombia sufrida”.

Por si para entonces no ha llegado todavía la respuesta del presidente Duque a los académicos, vale anticipar que las elecciones de octubre próximo serán la oportunidad “única y feliz” para, además de renovar alcaldes, gobernadores, diputados y concejales, los colombianos digan, griten, con una votación que despeje cualquier duda: “¡La paz, siempre!; ¡la guerra, jamás!”.

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