Las obsesiones del alcalde

Las obsesiones del alcalde

Que Peñalosa no quiera escuchar a sus críticos, ni a nadie, no es problema suyo, sino de todos.

05 de enero 2018 , 12:00 a.m.

Mi viejo e inseparable amigo, el Diccionario de la Lengua Española (actualizado en 2017), define así el vocablo obsesión: “f. del lat. Obsessio, -ônis “asedio”. 1. Perturbación anímica producida por una idea fija. 2. Idea fija o recurrente que condiciona una determinada actitud”.

La última entrevista del señor alcalde Mayor de Bogotá, Enrique Peñalosa Londoño, concedida a nuestro subdirector de opinión, Ricardo Ávila, en la edición de fin de año de este diario (EL TIEMPO, 31 de diciembre, 2017), me causó una impresión de susto, tanto por el lenguaje que emplea en sus respuestas el alcalde mayor, como por la fotografía desafiante que adorna la entrevista. No sé por qué esa imagen, la actitud del burgomaestre, me produjeron pánico. La mirada amenazadora, airada. En la boca un rictus de desprecio rabioso, y los índices despistados, a la ofensiva, como afirmando una de sus obsesiones: “Aquí el que piensa soy yo y lo que piensen los demás me tiene sin cuidado”.

La entrevista es larga, merece que los ciudadanos la lean completa, pero comentarla in extenso no es posible en el espacio de una columna.

Advierto, eso sí, que quien habla de las obsesiones del alcalde Enrique Peñalosa, no soy yo, sino él mismo. No se vaya a pensar que me las estoy inventando.

TransMilenio como la única posibilidad de transporte para Bogotá. Según el acalde, la actitud pesimista de los bogotanos, “que solo ven el vaso medio vacío”, “una actitud bogotana”, (cuando en las demás ciudades, que él recorrió en su fallida campaña presidencial, todos hablaban de la excelencia de sus ciudades), no les permite ver, a estos rolos de mentalidad chapineruna, que “el sistema TransMilenio ha sido copiado en 300 ciudades del mundo y aquí lo asociamos con nuestra desgracia”.

Es increíble que un urbanista tan famoso, no alcance a ver sino el TransMilenio como único medio de transporte para una ciudad que, mal contados, supera los diez millones de habitantes.

Supongamos que trescientas ciudades han copiado el sistema de TransMilenio (que a su vez fue copiado por el alcalde Peñalosa I del sistema similar implementado en Curitiba, Brasil), se le olvida al señor alcalde contarnos que el 80% de esas ciudades son bastante más pequeñas que Bogotá, y que en las grandes capitales el sistema de TransMilenio (como en Santiago y México) es un modo más dentro de un sistema multimodal de transporte urbano masivo que incluye metro subterráneo, como eje, buses eléctricos, tranvías, etc. Esas urbes han desechado definitivamente por obsoleto, inútil, antiestético y peligroso, el metro elevado, y se están preparando para los nuevos sistemas de transporte aéreo urbano que van a dominar en el siglo XXI, a partir de la tercera década. Si el alcalde Peñalosa quiere mirar hacia la ciudad del futuro, debería mirar por ahí. Es increíble que un urbanista tan famoso, no alcance a ver sino el TransMilenio como único medio de transporte para una ciudad que, mal contados, supera los diez millones de habitantes.

La presentación de obras que son obligación de cualquier alcalde, como cosa propia y exclusiva de su administración. Los éxitos en seguridad o en educación “superan con creces los de las demás ciudades”. Sin necesidad de cuantificar “con creces” podemos decirle al señor alcalde de Bogotá que para eso se elige a un alcalde. Para gobernar bien la ciudad, mejorar la educación, mantener limpias las calles, arreglados los andenes, y todo lo demás que es obligación de un alcalde, se llame Petro o Peñalosa.

Alardear de que es un mérito cumplir con sus obligaciones, no habla nada bien de un alcalde. No me consta que el alcalde mayor monte en TransMilenio, o que utilice el transporte público, ni me consta que no lo haga. Bien si lo hace, pero tampoco es un invento suyo. En las mil y una noches nos cuenta Sherazada cómo los visires y gobernantes de Persia y del mundo árabe se disfrazaban para mezclarse con el pueblo en los mercados y en las plazas, con el fin de conocer de primera mano lo que la gente pensaba. Esos gobernantes no se creían los dueños del pensamiento.

Su desprecio obsesivo por la opinión pública. Al alcalde Peñalosa no le quita el sueño que la gente no lo quiera, porque lo van a querer cuando dentro de no se sabe cuántos años comiencen a beneficiarse de sus obras. “… a diferencia de la inmensa mayoría de políticos que ven los cargos como un escalafón de poder, o un trampolín para otro, a mí lo que me mueve es lo que hay que hacer, para mí es una pasión, una obsesión. Yo decidí ser alcalde para hacer lo que creía que se necesitaba y se necesita en esta ciudad”. Para Peñalosa esa obsesión “es un medio no un fin”. El fin “es cambiar el modelo de ciudad, la manera de vivir.” “Es que a diferencia de los políticos profesionales yo no le digo a la gente lo que quiere oír, sino lo que pienso”.

A Peñalosa no le quita el sueño que la gente no lo quiera, porque lo van a querer cuando dentro de no se sabe cuántos años comiencen a beneficiarse de sus obras.

Resulta difícil saber qué piensa el alcalde mayor, porque él no le dice a la gente lo que piensa, sino lo que quiere que la gente oiga, y lo dice con un baturrillo de frases rimbombantes, vacías, incoherentes y arrogantes. Sería bueno que nuestro alcalde, en trance de ser revocado, pensara en diferenciarse de actitudes neronianas y hitlerianas, diciéndole, sí, a la gente lo que él piensa, pero también escuchando lo que la gente piensa de él y de su administración, le agrade o le desagrade. Dicen los que le han tratado con alguna cercanía, que “Peñalosa no escucha a nadie”.

Agrega el alcalde en otro párrafo: “No soy oligarca, ni politiquero, ando sin escolta cada vez que puedo, uso el transporte público, me muevo en bicicleta, pero la imagen es otra. La verdad es que me resulta incomprensible saber que mueve positivamente a la opinión. La visita del papa salió impecable, todo el mundo feliz, y bajamos en las encuestas. También bajamos después de la noticia del metro y la descontaminación del río Bogotá”.

Si el alcalde Peñalosa no abrigara un desprecio manifiesto por la opinión, y la escuchara, tal vez podría comprender qué la mueve. Tal vez podría comprender que lo que él piensa no es necesariamente lo que la opinión desea. La noticia del metro elevado no es una buena noticia para nadie, excepto para los que se van a beneficiar con los contratos. La descontaminación del río Bogotá no existe sino en el papel. Peñalosa cree que la gente es boba, pero la opinión no come cuento más de una vez y aprende rápido a conocer cuando la están engañando.

Sobre la visita del Papa Francisco habrían hecho una obra de caridad sugiriéndole al alcalde mayor que no dijera esa tontería. ¿Acaso no era impecabilidad lo que se esperaba? ¿No era la obligación del alcalde, del presidente de la República y demás autoridades hacer que la visita del Santo Padre fuera impecable? Fue impecable igualmente en las demás ciudades del país incluidas en el itinerario papal, y sus alcaldes no se están ufanando por eso ni reclamándolo como un éxito personal. El que no escucha a los demás, no puede tener capacidad para comprenderlos, ni para ser comprendido.

Se me quedan en el computador (sería un arcaísmo hoy decir que en el tintero) muchas otras obsesiones del alcalde Enrique Peñalosa, pero cerraré con estas: “Aquí” (en la descripción de las obras que da por hechas sin haberlas empezado) “hay una visión de ciudad, no un listado de obras”; no obstante lo que ahí aparece es un listado de obras y no una visión de ciudad, como puede comprobarlo el que lea. “Otra de mis obsesiones es el sendero de los cerros”.

El alcalde describe un paraíso en el que la igualdad, la equidad, la fraternidad entre los ciudadanos brotarán como por encantamiento en los 70 kilómetros de senderos que piensa hacer o dejar “lista” para futuros alcaldes. No dice que estudios se han hecho, que implicaciones ecológicas podría tener para los cerros, y para la ciudad, ese sendero fantástico que suma al catálogo de sus obsesiones, y que podría terminar en un nuevo botadero de basura y desperdicios, a semejanzas de las piletas de la Jiménez, frustrado eje ambiental.

Cuando Peñalosa habla del Transmilenio por la séptima, habla como si él fuera el propietario de la vía que es la columna vertebral de la ciudad. Como no escucha, ignora que los vecinos a lo largo de la Avenida, de sus alrededores y del resto de la capital están formando un movimiento de resistencia civil contra las tres obras que obsesionan al señor alcalde.

Podrían definirse las declaraciones del señor Peñalosa a EL TIEMPO con la célebre respuesta de Hamlet cuando Polonio le pregunta que está leyendo: “palabras, palabras, palabras”. De cualquier forma, la entrevista será de enorme utilidad en el gran debate del 2018: TM por la 7ª, metro elevado y Reserva Ecológica Thomas van Der Hammen. Que el alcalde Peñalosa no quiera escuchar a sus críticos, ni a nadie, porque él es el único que piensa, no es problema suyo, sino de todos. La ciudad está de por medio y es preciso escucharla.

ENRIQUE SANTOS MOLANO

Columnistas

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